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En ‘el tercero’ no va la vencida

En ‘el tercero’ no va la vencida Editorial Lila

La buena voluntad no basta para que una pareja perdure. A veces las tensiones superan el amor.

 
Uno se imagina que en el transcurso de la vida aprende de sus errores y que, en teoría, está exento de volverlos a cometer. Pero parece que esa presunción no siempre es correcta. Acabo de leer una encuesta acerca de la tasa de divorcios, y la sorpresa ha sido grande. En el primer matrimonio el porcentaje de divorcios es de 43 por ciento, en el segundo de 60, y en el tercero de 75 por ciento. O sea que en este caso las cosas son al revés, entre más experiencia se cree tener en cuanto a las relaciones de pareja, más fracasos hay.

¿Por qué será? Yo tengo mi propia teoría al respecto. Cuando uno se casa por primera vez es inocente y no tiene prejuicios sobre la vida de pareja. La relación se construye desde cero y es fácil solidificar los lazos, pues no hay demasiada interferencia ajena. El amor es ‘nuevo’ y uno piensa que la expresión “para siempre” existe, claro está, si se casa enamorado. Las probabilidades de que dos jóvenes envejezcan juntos son muy altas habida cuenta de que, más que una pareja, los dos forman un equipo con un proyecto de vida.

En el caso de un segundo matrimonio las cosas empiezan a complicarse desde el primer día, sobre todo cuando hay niños de por medio. En ese momento ya se cuenta con dos suegras y por lo menos dos juegos de cuñados, es decir, doble número de personas dando opiniones, que demandan el doble de paciencia para manejar la complejidad de las relaciones que aquí se plantean. La buena voluntad no basta para que una pareja perdure y el hecho de educar niños que no son de uno hace que las cosas se compliquen.

En un segundo matrimonio los niños se la pasan haciendo maletas, cambiando de cuarto y de juguetes, sin contar con el hecho de que se tienen que acostumbrar a otra persona que no es su papá o su mamá biológicos, asunto que de por sí es uno de los mayores retos de un ser humano. Digan lo que digan, los niños sufren, y si en el primer matrimonio el hombre no tenía paciencia frente a los asuntos domésticos, en el segundo mucho menos. Si antes estaba buscando su propio espacio porque el suyo ya estaba congestionado con tanta gente, imagínense lo que puede ser duplicar el número de personas alrededor y, fuera de eso, de un día para otro, adaptarse a ese nuevo mundo que nos aterriza como un meteorito en la cabeza en el instante en que empieza la convivencia.

Las historias son infinitas, pero vale la pena mencionar la de una amiga que no tenía hijos y se casó con un hombre que tenía tres. Pensando en hacer lo correcto, consiguieron dos apartamentos, uno para ellos y otro para los hijos, y comunicaron los dos espacios. Al poco tiempo pusieron una tapia para cerrar la conexión y un poco más tarde fracasó el matrimonio. Las tensiones superaron al amor y su malograda unión entró a formar parte de 63 por ciento de las estadísticas de divorcio. Las mujeres no somos muy buenas en el papel de madrastras, por algo nos pintan en los cuentos como las brujas del paseo. No quiero generalizar, pues desde luego hay muchas excepciones, pero no nos olvidemos de la mamá de Griselda, la hermanastra de la Cenicienta.

En el caso del tercer matrimonio las cosas son todavía más complicadas. Si lidiar con dos suegras era difícil, ¿se imaginan lo que será hacerlo con tres? Si la entidad del segundo matrimonio se llama ‘familia binuclear’, en este caso la ‘trinuclear’ es, ni más ni menos, la ‘guerra de los mundos’. Como decía un conocido mío, esta familia en la que convergen tres núcleos “es un desafío al triunfo del optimismo sobre la experiencia”.

No obstante, y aunque suene un poco deprimente, es claro para mí que siempre vale la pena luchar por un amor, por tener unas relaciones estables y por rodear a los hijos de una familia. Por más difícil que sea relacionarse con tanta gente tan diferente, es mas fácil, y sobre todo más valioso, luchar por entenderse y tener paciencia para manejar las dificultades diarias que quedarse sólo toda la vida llevando a los hijos a pensar que el matrimonio no tiene sentido.

Sí, es mas fácil querer a las tres suegras, a los hijos del otro, a los cuñados y a sus cónyuges y, lo más importante, entender que nadie reemplaza a un papá o a una mamá. Se puede ser amigo de los hijos ajenos, pero nunca un reemplazo de sus verdaderos padres. Que nunca se nos olvide esto.

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