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Enredos de oficina Enredos de oficina

Parece que la única forma que tienen hoy las parejas para pasar más tiempo juntas es trabajar en la misma oficina.

 
Por: Odette Chahin
 
De lunes a jueves para ir a la oficina, muchas mujeres se enganchan la pinta de combate, se amarran el cabello sucio y piensan que quitarse las lagañas es suficiente para verse bien, aunque en realidad parecen recién liberadas de un secuestro. Los viernes, en cambio, se transforman en portadas de 14 Cañonazos ventaneando escotes y regalando degustaciones de pierna, todo con miras a levantarse al futuro esposo o, en el peor de los casos, un buen revolcón en algún bar de moda, pero al final de la noche, el balance es de sólo pérdidas, desilusiones y maquillaje desperdiciado. Tal vez es por esto que hoy en día el mejor lugar para conocer a alguien decente, con potencial para esposito ya no es el bar, ni el café, ni el gimnasio… sino la oficina.

Cuánta secretaria frustrada no entonaría después de unos tragos el himno de la traga oficinesca cantada por Daniela Romo y su cabellera: “Fíjate, fíjate en tu secretaria. ¡Ay, señor, qué dolor! Pobre secretaria. Pídele que copie mil veces ‘yo te amo’”. Y es que muchos amores han nacido entre memos, reuniones de trabajo y cubículos, después de todo uno pasa el mayor tiempo de su vida clavado en una oficina, así que es apenas normal desarrollar alguna clase de atracción con el tipo que se sienta al lado suyo, el jefe o hasta el mensajero. Un estudio realizado por Elsa Aalmas, sexóloga noruega, determinó que uno de cada cinco empleados ha tenido romances en la oficina y una de cada diez parejas se conoció allí.

Existen empresas cuyo reglamento prohíbe las relaciones entre empleados, tanto de superiores con subordinados como con compañeros del mismo rango, y todo por temor a que bajen los rendimientos, se afecte el entorno laboral y existan favoritismos con la pareja. En mi humilde opinión, a nadie le debe importar con el culo de quién se acuesta uno, si uno cumple bien con su trabajo. La vida personal debe ir separada de la vida laboral, aunque algunas sepan cómo se ve su gerente/pareja en calzoncillos.
Las parejitas recién horneadas en la oficina, deben sentir por un rato lo que sienten Brad y Angelina todos los días, que la gente habla, especula y chismosea detrás de sus espaldas. Éstos deben lidiar comportándose como si estuvieran en la típica visita de novios en la sala de la casa, bien portaditos, guardando la distancia, pendientes de no ser demasiado afectuosos. Pero lo verdaderamente importante para evitar conflictos es no llevarse trabajo a la casa ni llevarse los asuntos de la casa a la oficina.

Pero el amor no es lo único que se despierta en los pasillos de la oficina, la lujuria también, el cuarto de fotocopiado se utiliza más para machuquear que para sacar copias. Y las fiestas del año son como un ácido sulfúrico, que destapan cañerías y todas las pasiones ocultas de la oficina que dejan al descubierto quién anda con quién, quién le tiene ganas a quién y no falta los que pelan el cobre perreando y sandungueando, que a no ser por la ropa de por medio, más de una quedaría inseminada en plena pista de baile. En la cama no es lo mismo estar arriba que abajo y en el organigrama empresarial tampoco, por eso hay personas que se han dedicado a escalar a punta de favores sexuales y, si el currículo fuera fiel a su experiencia laboral, tendría los nombres de todos los polvos que se han echado para estar en el puesto que tienen, esas son las personas que tienen muy claro que la hora de almuerzo no es para ir a comer corrientazos, sino para ir a comerse la polla del que le dará su próximo aumento o ascenso. Como sabemos, no todas las relaciones que surgen en la oficina son por amor, muchas son por interés.

Los sicólogos coinciden en que cuanto más feliz, más productivo es uno, un dato que deben tener en cuenta las empresas antes de prohibir de quién se puede o no enamorar uno. No importa dónde haya nacido el amor, lo importante es saber trabajar bien con la pareja y lograr que no lo echen a uno ni de la oficina ni de la casa.

 

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