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“Decidí mandar la pobreza y los estereotipos pa’l carajo”

Julia Alegre

“Decidí mandar la pobreza y los estereotipos pa’l carajo” “Decidí mandar la pobreza y los estereotipos pa’l carajo”

Acaba de hacerse con el reconocimiento Mujer Cafam 2015 por su proyecto de ecoturismo sostenible en el Pacífico colombiano. A sus 50 años, Josefina Klinger lleva más de 25 trabajando a favor de los derechos de los chocoanos y del respeto al territorio.

**Por Julia Alegre

Mujer, chocoana, afrodescendiente, cabeza de familia y pobre. Josefina Klinger creció creyendo que todo lo que la define como ser humano, la condenaba. “Me enseñaron que había ciudadanos de primera clase que merecían más y otros de tercera; que la mujer negra no es la bonita, que me tenía que casar con un blanco para que la raza se arreglara… Yo me tragué el cuento hasta que decidí mandar la pobreza y todos los estereotipos pa’l carajo”.

Han pasado 25 años desde entonces y otros 25 desde que inició su labor a favor de los derechos de su comunidad y de la protección del territorio. Hoy, a sus 50 años, la líder de Nuquí, en el departamento del Chocó, es la ganadora del Premio Mujer Cafam 2015, que anualmente reconoce la labor de una mujer en la construcción de país.

A mí no me gustan los pobres, porque se quedan en el papel de víctima. La pobreza es un estado mental tan tenaz que te hace mezquino y te crees con el derecho a ser mezquino y replicar esa malicia”. Con esa filosofía fundó el proyecto Corporación Mano Cambiada “para promover el ecoturismo como una herramienta para generar desarrollo local”.

La organización opera en el Parque Nacional Natural Utría, donde pescadores, artesanos, transportadores, hoteleros, restauradores y guías de la región intercambian sus oficios para ofrecer al visitante una experiencia turística de calidad y sostenible con el medio ambiente. “Un día entendí que el problema es estructural y que no se trata de ir a reivindicar los derechos de pobres o hacer asistencialismo. Los oficios tienen relaciones horizontales, solidarias y de doble vía: doy y recibo. Darles dinero sin iniciativas, sin ayudarles a cambiar su realidad, perpetua su situación”.

Como asegura Klinger, hay destinos más fáciles y otros más elaborados, y en su caso, la vida no se lo puso fácil. Nacida en Nuquí y abandonada por su madre a los 5 años, vivió gran parte de su niñez y adolescencia en Quibdó, donde quedó embarazada con tan solo 17 años. A pesar de tener pareja estable en ese momento, tuvo que encargarse sola de la crianza de su hijo. “Fue muy complejo porque tuve que hacer de papá y mamá, sin apoyo, sin ninguna persona que me diga ‘Venga, esta fue una decisión poco inteligente, pero yo voy a ayudarle con esto’”. Años más tarde repetiría su experiencia como madre soltera con su segundo y tercer hijo.

Con tres pequeños a su cargo, retornó a su Nuquí natal, donde “solo vuelven los fracasados, la idea predominante en el imaginario de los que se marchan del territorio”. Klinger no fue la excepción y reprodujo esta actitud. Con el paso del tiempo fue transformando esa mentalidad y apropiándose de un territorio del que se enorgullece.

Para esta líder es imprescindible que cada colombiano se responsabilice de su situación y deje de considerarse una víctima, especialmente en el caso de las mujeres. “Nosotras somos las que construimos tejido social, somos las que parimos vida. Este país es femenino. La vida misma es femenina porque el universo pare vida. Pero no nos damos cuenta del papel trascendental que tenemos”.

Sin embargo, es consciente de que sin la ayuda de los hombres, sin su compromiso, la idea de una paz duradera y de un país próspero no puede materializarse. “El universo nos entregó la enorme responsabilidad de gestar cambios, somos expertas en ponerlos en práctica, pero los hombres tienen que construir con nosotras y hasta que se consiga eso, no va a haber equilibro ni va a haber nada”.

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