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Expectativas dispares

Revista Fucsia

Expectativas dispares Expectativas dispares

Muchas veces la talla de nuestras expectativas le queda grande o pequeña a las demás personas… ¿Cuánto calza usted en expectativas?

 
Por: Odette Chahin
 
En cierta época tuve una roommate que todas las mañanas se sentaba en mi cama para contarme que la noche anterior había conocido al amor de su vida. Se habían visto en un bar, se hicieron ojitos, se empinaron unos tragos y luego se entregaron como conejos. Ella siempre me decía que este sí era “the one”, pero luego, conforme transcurría el día, “the one” nunca la llamaba. Su paranoia escalaba el Everest y me ponía a mí a que le marcara su celular para ver si es que estaba dañado. Obvio que funcionaba. Para ella, esa noche había sido el inicio de una gran historia de amor donde había conocido a su futuro esposo, el padre de sus hijos, pero para su supuesto príncipe azul ella había sido tan sólo un one night stand.

Si nos ponemos a echar cabeza, muchas de nuestras frustraciones y hasta génesis de depresiones se remontan a situaciones donde el tamaño de nuestras expectativas no se ajustaban al de las de otras personas –llámese papás, novios, amigos, jefes y hasta empleadas del servicio–. Ellos esperaban que usted se casara virgen, usted pensó que ellos entenderían que los condones no son infalibles. Su amiga pensó que usted ya había superado a su ex, usted pensó que los ex eran como las obras en los museos: “intocables”. Su jefe le dio más responsabilidades por berraca, usted pensó que le iban a subir el sueldo, pero le subieron sólo el camello.

Es muy fácil caer en estos juegos donde cada persona interpreta el mismo hecho de una manera diferente. Un compañero del trabajo nos contó que había comprado apartamento, yo le pregunté si era para vivir con su novia de cinco años y me dio un “no” rotundo, que el apartamento se lo había comprado para él. Mientras tanto, su novia le contaba a las amigas que con el apartamento seguramente vendría el anillo, la pedida de la mano y el cambio de apellido. Pero eso nunca pasó. Este tipo de malos entendidos suceden cuando, en lugar de hablar, se deja que el silencio susurre alocadas conjeturas, un tipo de teléfono roto sin siquiera haber hablado.

Hay algo que nos rige a todos, y es que somos observadores selectivos, sólo vemos lo que queremos ver y nos metemos unas películas con más neurosis que la colección completa de Woody Allen. Pensamos que alguien nos ama con loca pasión sólo porque nos hizo un guiño, jamás pensamos que fue que se le metió una basurita en el ojo. Creemos que si algún amigo no nos saluda en el centro comercial es porque nos odia, jamás pensamos en la posibilidad de que sean miopes o simplemente despistados. Todo depende del cristal con que se vea…

Lo ideal sería hablar antes de cualquier cosa: hablar antes de meterle lengua a ese desconocido, hablar antes de que le rapen el brasier, hablar antes de aquel punto de no retorno cuando se está bajando el zipper. Seguramente, esta técnica sería algo matapasiones, pero por lo menos no habría malos entendidos ni frustraciones. Esto, o aprender telepatía.

Cierta amiga que había tenido un verano eterno decidió aventurarse e intentar conocer a alguien por Internet. Un día le llegó un mensaje a su Facebook junto con la foto de la remitente, una chica muy simpática que salía abrazando a su peludo perro. Mi amiga estaba emocionada, era una chica bonita y además le gustaban los perros. Decidieron conocerse en persona, pero el día de la cita, la chica que se sentó frente a mi amiga no era la misma de la foto, ésta era Doña Cleotilde a los 20, enclenque y no tenía perro, sin embargo, se los echó todos. Mi amiga, quien estaba esperando charlar con la chica de la foto, se desinfló al ver que le habían metido gata por liebre, y desde entonces prefiere conocer liebres en los bares que gatas por Internet.

A veces, y aunque suene loco, lo más sano es ser un poco pesimista para no decepcionarse tanto.
 
 
 
 

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