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Historias de doulas y parteras

Revista FUCSIA

Historias de doulas y parteras

Estos son los perfiles de tres mujeres muy distintas entre sí pero que comparten su compromiso por devolverle al parto su calidez, naturalidad y carácter íntimo, condiciones que en ocasiones son esquivas en las salas de los hospitales.

La palabra doula significa “sierva” y aunque esa definición puede tener cierto matiz de “servilismo”, María Victoria Moreno no ve problema en reconocerse como tal: “Una persona que está para servir, que apoya a otra mujer durante el embarazo, el parto y la crianza”. Por otro lado, en su página web Carolina Zuluaga describe a las parteras como “mujeres sabias con habilidades específicas para atender a la madre y a la criatura”. Tengan el oficio de acompañantes o de recibir a un bebé, para Alice Trouve, quienes desempeñan estas labores, deben destacarse por “la calidad y la calidez a la hora de hacer este trabajo. Tenemos que darnos al ciento por ciento”.

Cada vez más familias escogen la opción de darles la bienvenida a sus hijos no de la manera convencional sino con la ayuda de estas figuras, bien sea por medio de partos en casa, en un ambiente muy personal, en medio de rituales, quizás en posición vertical; o en clínicas para garantizar que la experiencia sea más natural. “La tendencia está en sintonía con el movimiento de ‘lo sagrado femenino’, que entiende que las mujeres somos las alquimistas del hogar, que somos cíclicas, que nos regimos por la luna. Y al mismo tiempo invitamos a los padres para que desde el inicio se conecten con todo el proceso y que así se logre un equilibrio energético”, opina Carolina. Para ella, el auge de este tipo de prácticas también obedece a las voces de protesta en contra de la llamada violencia obstétrica: “Que a uno le digan ‘mamita, no llore’ es una agresión tierna. Prefiero ser firme cuando toca porque no se puede parir desde la niña pataletuda, esa que dice que ya no quiere seguir. Por ahí pasamos todas”.

Alice está convencida de que la búsqueda de estas alternativas se debe a las carencias en la formación de los profesionales de la salud: “Si desde las facultades a los médicos no les enseñan lo que son los partos humanizados, ¿cómo van a practicarlos? Muchos terminan creyendo, por ejemplo, que las episiotomías* son la norma y que cuando una mujer rompe fuente no puede moverse. O diciendo al ojo que alguna es muy estrecha y que va a necesitar cesárea. Así mismo, nosotras también somos víctimas de los estereotipos… hay miles de niños que nacen en casa con la ayuda de una matrona, pero los doctores solo conocen los casos que infortunadamente terminan en una emergencia”.

Por experiencia María Victoria sabe que “a la hora de pujar”, no importa la raza, ni el idioma. “Es algo universal, no es un asunto de indigenistas ni de personas esotéricas. Sin importar si somos hippies o escépticas, todas las mujeres necesitamos apoyo en el momento de dar a luz”.

"Hay que dar gracias a la panza y a la placenta”

Carolina Zuluaga

"A mi abuela todavía le cuesta decir que soy partera. Ella prefiere presentarme como obstetra”, confiesa Carolina, quien en 2014 fundó Parto ConSentido, una empresa que acompaña a las familias en la aventura de crecer. Seguramente tampoco se ha acostumbrado a la naturalidad con que su nieta usa la palabra parir, que hasta hace poco parecía en desuso… anacrónica.

Y es que lo ancestral, lo tradicional en temas médicos, hace mucho dejó de ser lo convencional y se ganó el calificativo de “alternativo”. Títulos académicos no le faltan, ni tampoco otros menos ortodoxos: además de fisioterapeuta, está certificada como doula, sanadora de úteros y educadora en salud materna.

Pero en lo que más confía es en la sabiduría intuitiva. Lo tiene claro desde hace ocho años cuando acababa de estrenarse como mamá y fue ayudante en un primer parto: sus pechos se llenaron de leche al oír el llanto de otro recién nacido. “Se activó esa memoria comunitaria”. Como destaca en su página web: “No soy indígena, no soy afrodescendiente… Soy una mujer que ha estudiado, ha gestado, ha parido, ha menstruado, y acompaña hoy un promedio de cuatro partos al mes”.

Al describir su oficio usa expresiones como partería urbana y espiritual. “Hago esto en la ciudad, con cuerpos citadinos, un entorno en el que se ha perdido el sentido de clan, de esa red de apoyo, por eso construyo un vínculo afectivo con quienes acuden a mí”. Su ambiente de trabajo es la propia casa de cada futura mamá, donde Carolina se encarga de recibir al bebé. Las herramientas típicas de una escena clínica como guantes, gasas y oxígeno cohabitan con la campana de Pinard, para oír los latidos fetales, y un altar de gestación adornado con objetos de poder, creado a lo largo del embarazo: “Algunos padres ponen fotos de sus ancestros para honrar su linaje. Otras mezclan budas con vírgenes. Es tan personal, que tuve una pareja que lo armó con una vela, caretas y aletas porque ambos son buzos”.

Los rituales son parte esencial de su práctica. En la semana 37 de embarazo se realiza la entrega de la panza y la siembra de la energía, acto en el que se hace un molde de yeso de la barriga. “Es la manera de decir que estamos listos. Los asistentes le damos a ese ser que viene un regalo con la palabra, por ejemplo, la capacidad de ser valiente. También es la oportunidad de despedirse del vientre, de darle gracias, porque no solo sirve para evitar las filas de los bancos”. En el posparto, al finalizar la cuarentena, se hace la siembra de la placenta, “el gemelo idéntico del recién nacido”, como ella la llama: “Esta se guarda en una olla de barro con sal y a partir de ella elaboro elíxires que sirven para aliviar cólicos pues carga toda la información genética del niño y le recuerdan al cuerpo que tiene sus propias respuestas de sanación. Ese día hacemos un pagamento al nutrir la tierra y plantar un árbol”.

Carolina solía bromear con que los nacimientos la dejaban con antojo de bebé. “Es culpa de la oxitocina y mi esposo y yo aguantamos bastantes años. Pero ya viene el segundo hijo y sé que necesitaré una guardiana porque voy a parir desde la mamá, no desde la partera”.

Información: Cel: (316)6295422

Parteracarolinazuluaga.com

“Ninguna mujer quiere pasar sola por el parto”

María Victoria Moreno Abecasis

A Vito, como la llaman sus pacientes, se le acelera el corazón cuando recuerda el primer parto que presenció. “Fue en una ambulancia. Trabajaba en un centro de salud y estaba junto a esta mujer campesina sin saber qué hacer. ‘Deme la mano’. ‘Tranquila, no llore’… ‘mejor llore’. Finalmente le dije: ‘aquí estoy yo’… eso sí la calmó”. Aquel episodio se convirtió en su imagen iniciática, pues para ese momento todavía no era oficialmente doula. “Nací siéndolo. Es cuestión de vocación, solo que a veces uno se distrae en el camino”.

Todos los conocimientos que adquirió antes de dedicarse a esta labor hacen parte de la “caja mágica” que la acompaña en sus jornadas: en su adolescencia su mamá la llevó a meditar para combatir la rebeldía. Luego se graduó como fisioterapeuta, aunque lo suyo no era la bata blanca. Estudió sanación con cristales, medicina floral, psicoterapia transpersonal y masaje shantala. Trabajó en ancianatos y fue parte del equipo que atendió una emergencia social en Santa Marta protagonizada por 10.000 familias desplazadas debido al conflicto paramilitar. Gracias a esa experiencia recibió los saberes de los mamos arhuacos.

Sin embargo, su gran maestro en la materia fue su hijo Matías. “Era infértil, pensaba que había venido al mundo a servir, no a ser mamá. Tenía planeado un viaje a India y resultó que en contra de todos los pronósticos, estaba embarazada. Experimenté un renacer. Fue tan fuerte lo que sentí como mujer, pues incluso tuve ataques de pánico, que así supe que debía ayudar a otras”. Todavía llena las páginas de un diario que empezó a escribirle a su hijo desde cuando se enteró de su existencia. “Eres bienvenido, gracias por elegirme”, anotó en la primera. En otra desahogó su frustración debido a la inminencia de una cesárea y le explicó todo el proceso... “Ese es un ejercicio que incentivo en las futuras mamás, hacer su propio libro de los secretos”.

Vito comenzó dictando clases de yoga prenatales, pero le daba muy duro despedirse de sus alumnas cuando llegaba la hora del nacimiento. “Me preguntaba: ‘¿por qué me estoy perdiendo de esto?, ¿por qué las dejo?’ El parto no es una poesía, uno puede desbordarse emocionalmente. Nadie quiere ir al lugar más tenebroso solo”. Por eso se siente orgullosa de realizar un oficio que implica no separarse de la mamá una vez inician las contracciones, para no llegar a la clínica antes de tiempo; sostenerla para que vomite, mimarla y también regañarla cuando se deja invadir por la adrenalina. Admite que se encomienda a la Virgen para que todo salga bien.

En los días posteriores su función puede consistir en pagar un recibo de luz con tal de aliviar la carga de la nueva familia. “Soy una buena amiga. Además enseño sobre lactancia pero no con una ‘teta imaginaria’ como se hace en los cursos, sino con el bebé en brazos. En Colombia esta práctica no es muy aceptada. Yo me certifiqué en Doula Caribe y trabajo con un grupo de ginecólogos que me ven como un apoyo”.

Y definitivamente lo es. Prueba de ello es el sinnúmero de veces que ha oído salir de la boca de una mujer aún exhausta la frase: “No sé qué habría hecho sin ti”.

Información: Cel.: (317)8861320 vitomoreno@hotmail.com

“Por mi profesión aquí me han llamado bruja”

Alice Trouvé

Lo que más le impactó a Alice al llegar a Bogotá fue que al mostrar en una clínica su carné en el que se identifica su título de partera alguien le preguntara medio en broma medio en serio: “¿Dónde está tu olla de matas?”. “En Europa el término que se usa es matrona, pero en Colombia suena peor pues hay muchos estereotipos y los médicos no sienten que estén hablando de profesional a profesional”. Reconoce que por su acento, que delata su origen francés, recibe algo de respeto: “Aun así, la mayoría de los especialistas no tienen ni idea de a qué me dedico, porque solo se gradúan ginecólogos y enfermeras… De entrada tengo que defenderme y justificarme”.

Alice estudió en Bélgica cuatro años de carrera para cumplir con una labor que en ese país es muy valorada por los obstetras. “El 80 por ciento de los partos son de bajo riesgo, perfectamente podrían ser fisiológicos y una partera estaría en capacidad de recibir al bebé”. Ella tiene conocimientos en anatomía, nutrición y psicología; es una apasionada por los temas de salud sexual y reproductiva, además de practicar la homeopatía y la aromaterapia. “No tendrían por qué aparecer en la escena ni pediatras ni ginecólogos. Si hay una complicación y uno los llama en la madrugada saben que de verdad se trata de una urgencia”.

Pese a esto, reconoce que no en todas las regiones europeas sus colegas gozan del mismo respaldo. “En Francia para atender partos en hogares hay que pagar un seguro que es excesivamente costoso”. Ella le dio la bienvenida a su hija mayor, Iahra en el agua en una de las tantas casas de nacimientos aledañas a los hospitales en Bruselas. A la segunda, Eulalia, la tuvo en su residencia con la ayuda de una especialista porque estaba nevando. “Pero el debate no debería girar en torno al lugar. Yo ejercía mi labor en un hospital belga en el que atienden tanto a hijas de ministros como a inmigrantes y campesinas y la experiencia para las madres es muy humana porque no las separan de sus bebés, hay tinas y hasta salas de duelo. Esta es una cuestión de políticas de salud pública. Abogo por la profesionalización de la partería y también por una formación más amplia y holística en las facultades”.

En este país, al que llegó para acompañar a su esposo, siente que se encuentra en medio de la pelea entre parteras versus comunidad médica: “Las primeras acusan a los doctores de hacer cesáreas sin necesidad. En parte tienen razón porque he asistido, junto a un equipo interdisciplinario, partos naturales de pacientes que tienen bebés de nalgas, con el cordón umbilical enredado, que están infectadas de VIH o que esperan gemelos. Sin embargo no se puede generalizar. Por su parte los médicos nos tildan de brujas, y la verdad es que he conocido niñas de 20 años que creen que pueden responsabilizarse de mujeres embarazadas solo porque hicieron un curso de un fin de semana”.

En la actualidad Alice está dedicada a realizar consulta prenatal y posnatal. “Para desempeñar este oficio hay que hacerlo ciento por ciento de corazón. Es tan importante lo que está en juego… y tenemos un impacto que dura toda la vida. Una vez en la calle me detuvo una señora que me reconoció porque la había atendido. Todavía conservaba en su billetera una foto mía con su recién nacido”.

Información: parteralice@gmail.com

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