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Los hombres que redefinen el éxito en Colombia

Revista Fucsia

Los hombres que redefinen el éxito en Colombia Fotos: Andrés Espinosa

No tiene que ver con el dinero, el poder ni la fama. Estos son los emprendedores que redefinen el amor por lo que se hace, la ayuda que se pueda dar a otros y salirse de la zona de confort.

No tiene que ver con el dinero, el poder ni la fama y menos con cuán poco se fracase en el entorno laboral. Para estos emprendedores ser exitosos se relaciona directamente con el amor por lo que se hace, la ayuda que se pueda dar a otros y salirse de la zona de confort. 

Joshua Mitrotti

Director de la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR)

“Solo se construye país a partir de propósitos colectivos y no de logros individuales”.

Éxito = Empatía

De todas las historias de desmovilizados de las que ha sido testigo en sus dos años a la cabeza del Programa de Reintegración Nacional, hay una que Joshua Mitrotti cuenta con una emoción contagiosa. “En Medellín conocí a una mujer que había perdido a su esposo y a sus hijos en el conflicto, y que adoptó a un joven huérfano desmovilizado que precisamente había formado parte del grupo armado que la dejó a ella sin sus seres más queridos. En su proceso de reconciliación, ambos decidieron darse una nueva oportunidad y formaron una verdadera familia... Al verlos, se sentía su amor de madre e hijo”, relata.

Por eso, antes que mencionar cifras, como las más de 49.000 personas que han ingresado al programa de la ACR, explica que su mayor satisfacción es darse cuenta de que pueden convertirse en ejemplos de transformación y compromiso con Colombia.

A sus 40 años su hoja de vida incluye instituciones como la Alcaldía de Bogotá y el Ministerio del Interior, experiencia que lo hizo un convencido de que la visión egoísta del éxito es responsable de muchos de los problemas de la sociedad: “No se trata de logros individuales, es cuestión de construir pensando en el bienestar general, con un propósito colectivo en mente”. De lo único que se queja es que por cuenta de sus cargos le tocó renunciar a su estilo relajado, que lo hacía acreedor del apodo “el man del arete”: “Me tocó quitármelo y también aprender a usar corbata para que me llamaran por mi nombre”, se burla.

Hoy sabe que uno de los mayores retos de su trabajo es combatir la discriminación y dejar de hablar en términos de “buenos” y “malos”: “Yo fui estigmatizador; me sentía más cómodo del lado de las víctimas”, confiesa.

De hecho, luego de estudiar historia y ciencias políticas se desempeñó como Defensor del Pueblo en Bojayá, después de la masacre de 2002. “Incluso, en una oportunidad, una agencia de cooperación internacional me ofreció dedicarme a los desmovilizados y mi respuesta fue que no estaba listo, pues no quería acompañar a los que habían participado en el ejercicio de la guerra”. Advierte que la madurez y conocer mejor el país lo hicieron entender que juzgar es un desperdicio de tiempo: “Es más fácil pararse desde el odio y entrar en el círculo vicioso de la venganza. Los que no hemos sido tocados por la violencia a veces tenemos la opinión más radical frente a la imposibilidad de construir escenarios de encuentro, mientras que los que han tenido pérdidas irremplazables están dispuestos a echar para adelante en su deseo de que, ojalá, nadie pase lo que a ellos les tocó”.

Recuerda que desde niño siempre tuvo clara su intención de dedicarse a las causas públicas. Y cuando hace memoria para pensar de dónde viene tal vocación, menciona con especial cariño el nombre de su nana: “Alcira Duarte, una gran mujer a quien le agradezco haberme mostrado lo que son las inequidades. Yo era muy afortunado por tenerla en mi familia; pero ella, que se dedicaba a cuidarnos con mucho amor, no podía disfrutar tanto de la suya. Esa experiencia despertó en mí la conciencia de que existían personas que habían nacido el mismo día que yo y aun así no habían nacido con los mismos privilegios”.

En la actualidad, como suele suceder con los papás, su inspiración son sus hijos: Gael y Celeste. Entregarles una versión mejorada de país, “en el que los niños que nacieron el mismo día que los míos tengan iguales oportunidades a ellos. El diferencial no puede ser la plata ni el colegio en el que estudien, sino el esfuerzo”.

Si esto te interesa, es posible que quieras conocer estos hábitos que tienen en común las personas exitosas. Nunca sobra una manita extra en tus objetivos.

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Juan Pablo Gaviria

Creador del proyecto “La huella social Motto Dots”

“Si lo que haces no involucra el bienestar de otras personas, no tiene sentido”.

Éxito = Servicio

Lo primero que Juan Pablo Gaviria ve cada vez que entra a su casa es la imagen de una niña de Tumaco que le sonríe.

La ubicó en ese lugar estratégico para que nunca se le olvide que cada persona, con gestos pequeños, tiene la capacidad de mejorar la vida de los demás. Y es que desde esa consigna opera “La huella social Motto Dots”, una iniciativa que impulsa, a quienes así lo deseen, a iniciar la búsqueda del propósito de su existencia y, de paso, cambiar el mundo.

Tal lección la aprendió en un viaje en moto por los rincones de Colombia al que él llama su “detonante”, una aventura en la que conoció a la pequeña de la foto. “Cuando revelé todas las tomas, noté que antes ella estaba como apagada. Empezó a reír simplemente porque le regalé una colombina. Entonces me di cuenta de que solo con ese detalle, que para mí era insignificante, le había transformado el día.

También me topaba con gente que no tenía nada pero era más alegre que quienes supuestamente lo tenían todo”. De hecho, él formaba parte del segundo grupo. Había forjado una carrera prometedora en la televisión: a los 23 años comenzó a dirigir, a los 26 alcanzó la vicepresidencia creativa de producción... Entrado en los 30, estaba en la cima. Cumplía con cada uno de los requisitos de la tradicional definición de éxito: “Ser uno de los mejores en tu área de desempeño laboral y ganar buena plata. De ñapa me estaba separando, así que otra vez tenía la oportunidad de disfrutar de la soltería. Pese a esto, me sentía vacío. Cuando lograba el mejor rating, por ejemplo, la emoción era fugaz, como cuando uno compra un teléfono y al día siguiente ya venden otro mejor”.

No faltaron los que lo tildaron de loco cuando renunció para volver a esos cuestionamientos típicos de adolescentes acerca de por qué había nacido, “esos que en el colegio se castran muy rápido pues son cosa de rebeldes”. También volvió a su esposa, “a la que había dejado en la locura de que las personas tienen que ser como uno quiere”, y llegó su segundo hijo.

Aunque no parecía el mejor momento de tomarse sies meses sabáticos, en su cabeza retumbaba una frase de Benjamin Franklin: “Dicen que la persona promedio muere a los 25... Pero es enterrada a los 75”. Así dio a luz a un método que invita a que los usuarios se autoevalúen y entiendan que el cambio empieza en cada uno.

Como explica en sus talleres, “Despertar de la conciencia” y “Diseñe su propia vida”, con la elocuencia que quizá ganó en sus años de teatro, hoy tiene claro su propósito: “Usar la creatividad para motivar compromisos de transformación en las personas”. Con esto en mente, ha logrado lo mismo en desmovilizados, líderes comunitarios, madres cabeza de familia y hasta jefes de empresas a quienes Juan Pablo les advierte que es posible que sus subalternos renuncien después de escuchar su “lora”, que reconoce puede parecer hippie o hasta esotérica. “Suelo preguntarles a mis clientes: ‘Si la plata no existiera, y no tocara pagar cuentas, ¿usted mañana iría a trabajar?’.

Yo no estoy cerca de ganar mi sueldo de antes y aun así me levanto satisfecho de hacer lo que hago y cuando me toque moriré pleno. Se trata de encontrar qué hace que los ojos te brillen, porque cuando te dedicas a eso, no solo eres feliz tú sino que tienes un impacto positivo en los demás y le das un sentido más profundo. De ese modo se deja huella”.

Más información: www.mottodots.org - info@mottodots.com

El testimonio de Juan Pablo nos hace pensar en las cosas que aprendemos al llegar a los 30 y que aquí te contamos, porque realmente algunas nos cambian la vida.

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Martín Morris

Director general de YogaSpace, Bogotá

“Cuando se tiene una causa que es más grande que uno, esta lleva a la excelencia”.

Éxito = destino

Quería ser diplomático, viajar por el mundo y cambiarle la vida a las personas. Estudió derecho en una de las universidades más importantes de su país, tomó cursos de arte en México y Estados Unidos, y trabajó como actor en diferentes compañías de teatro en Europa. El yoga era uno de sus hobbies, pero nunca pensó que esta disciplina se convertiría en la razón de ser de su existencia.

A los 20 años empezó a sufrir ataques de pánico. Su vida parecía fluir sin problemas hasta que algo cambió. “Tuve una secuencia de golpes emocionales muy fuertes que no esperaba; esto revolcó totalmente mi vida y no tenía las herramientas para enfrentar tanto cambio”. Acudió a todo tipo de especialistas y terapias, hasta que se dio cuenta de que la solución no estaba afuera, la tenía al alcance de la mano: el yoga. “Esta disciplina me enseñó a manejar la respiración, controlar mis emociones, cuidar mi propio cuerpo y dominar mi mente. Así que me propuse continuar su práctica para el resto de mi vida”.

Esto fue solo el detonante, pero que tomara la decisión de entregarse por completo fue obra del destino. “Pasaron años antes de que me diera cuenta de que me quería dedicar a esto profesionalmente. No estaba esperando formarme como profesor, incluso había rechazado algunas propuestas en Australia, pero sucedió algo peculiar: estaba haciendo la maestría en derecho en Estados Unidos y terminé un periodo muy movido de trabajo, así que me fui de vacaciones a Tulum, en México. Cuando llegué allá no sabía que era un sitio de retiros de yoga; un día caminando me tropecé con la persona que sería mi maestro y me formaría en Power Yoga, y entré en el retiro que estaba dictando sin darme cuenta y por cosas que van más allá de la pura circunstancia.

Me encontré en la formación que nunca había buscado, y a los pocos días supe que toda mi vida me había preparado para ese camino, todo se volvió claro. Pude ver todas las conexiones de lo que había hecho y estudiado antes y para qué me iban a servir en este nuevo camino. Fue un momento de mucha luz y emoción. Había encontrado, por fin, el yoga que me gustaba”.

El Power Yoga es un método que desarrolla la mente y el cuerpo; fue creado por su mentor Baron Baptiste –con el que tropezó en Tulum– en 2004. “Antes de encontrarlo solo había desarrollado el cuerpo y calmado la mente. Había sentido paz y tranquilidad por momentos breves después de la práctica, pero Power Yoga es un entrenamiento de liderazgo, un trabajo de desarrollo personal y empoderamiento, combinado con ejercicio físico, que tiene un efecto positivo en todas las áreas de la vida. Eso me enganchó, porque a diferencia de cualquier otro que había explorado –y había explorado muchos– abrió mi mente a lo que es posible en la vida y no solo para mí sino para otras personas. Ahora viajo el mundo, enseñando en Estados Unidos, Australia y América Latina; viajo más de lo que hubiera viajado como diplomático”.

Hoy día, Martín no solo es un renombrado profesor de Power Yoga, es embajador del método en América Latina. En Colombia fundó YogaSpace, un centro en el que se practica esta disciplina y se ofrecen terapias alternativas innovadoras, pero tiene una causa más profunda: “Creo que este sistema que enseñamos es la herramienta más importante para transformar a Colombia y a América Latina en el país y la región más prósperos y ricos del mundo, no solo económicamente sino también en valores, en personas, en seguridad, en todo lo que es importante para un ser humano. Creo que es posible y Colombia está posicionada para ser el núcleo de esa transformación y líder en la región. Y el Power Yoga es una herramienta que va a contribuir a eso”.

Para lograrlo, su compañía forma parte de una fundación llamada Ahimsa Veleza que apoya y empodera a individuos y organizaciones que quieren o ya están haciendo una diferencia social por aumentar exponencialmente su impacto. Además, lleva a cabo iniciativas sociales en salud, educación, yoga, conservación ambiental y emprendimiento. Su programa estrella es Langar, una cocina comunitaria que reúne voluntarios que donan alimentos, los preparan y los entregan. “No me considero por naturaleza mejor que cualquier otra persona, ni más inteligente ni más afortunado en ningún aspecto, pero mi fortuna ha sido conectarme con una causa grande que me hala a desarrollarme personalmente, que me reta todos los días a ser mejor porque la causa lo requiere”.

Más información: www.yogaspace.com.co - info@yogaspace.co

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Camilo Sarmiento y Nicolás Pinzón

Emprendedores y fundadores de Argento & Bourbon, marca de lujo de marroquinería y calzado para hombres

Cuando hay pasión, los miedos pasan a un segundo plano. Esta se encarga de encontrar siempre un camino para que las cosas se den”.

Éxito = Pasión

Nicolás y Camilo se conocieron cuando tenían cuatro años, y desde entonces han sido amigos, colegas y socios. Comparten gustos similares, como su pasión por el polo, los caballos, la moda y los negocios. Incluso, hace unos años –como es normal en los jóvenes–, los dos creían que el éxito radicaba en el dinero, en tener un buen cargo y poder darse “unos gustos”. De ser así, se podría decir que ya lo eran: vivían en Francia y tenían puestos con los que muchos sueñan. Camilo trabajaba con el grupo LVMH, más específicamente en la rama financiera de Dior, mientras que Nicolás, especialista en mercadeo de lujo, en el grupo L’Oréal.

Su regreso a Colombia fue igual de triunfante. “Nos iba muy bien. Teníamos unos trabajos que nos gustaban, nos retaban. Eran muy buenos en realidad”. Sin embargo, siempre han creído que hay dos clases de personas en el mundo: aquellos que quieren emprender y los que buscan hacer carrera en una empresa; Nicolás y Camilo forman parte de los primeros.

Su vida, de repente, dio un vuelco cuando en junio de 2014 decidieron dejarlo todo atrás para llevar a cabo su sueño: crear la primera marca de lujo de marroquinería y calzado para hombres, hecha en Colombia.

Pocos podrían entender su decisión, pues cambiaron la estabilidad que les brindaban sus trabajos por un futuro incierto en el que lo único claro era la pasión y la locura que los embargaba. “Renunciamos porque nos empezó a ir muy bien”. Su mayor motivación es un amigo francés que, según ellos, es la persona “más emprendedora del mundo”; sin embargo, cada vez que quería hacer algo propio, la empresa en la que trabaja lo amarraba de alguna forma. Simplemente, no estaba dispuesto a sacrificar esas cosas. “Antes de llegar a ese punto, dijimos ‘hagámosle’, pues estábamos seguros de que si no lo hacíamos en ese momento, en seis meses tendríamos otra excusa y así sucesivamente.”

Hoy miran atrás y no pueden creer por todo lo que han pasado desde el momento en que tomaron la decisión más grande de sus vidas: cuentan que les tocó aprender a hablar el argot de los cueros para no parecer novatos, aunque lo fueran; lo cansados que llegaban luego de andar “maletiando” con sus productos de empresa en empresa para ir agrandando su catálogo de clientes; cómo el miedo, aunque siempre los acompañaba, pasaba inadvertido gracias a la enorme ambición que tenían, y la felicidad que sintieron cuando abrieron su primer showroom y no hubo un día en el que no vendieran al menos un par de zapatos. “En la vida hay veces que sientes que cruzaste un puente y ya estás del otro lado; ahí sabes que todo va a cambiar”.

Y es que los dos empresarios se sienten felices con lo que han creado: una marca orgullosa de su origen colombiano que quiere hacer un cambio en la industria. “Muchas casas de moda cambian su fecha de origen para demostrar que tienen experiencia y tradición, pero nosotros somos felices de representar una nueva visión que mezcla el legado artesanal colombiano con la modernidad y el lujo sin necesidad de llevar tanto tiempo en el mercado”.

Aunque son conscientes de que Argento & Bourbon es un bebé con apenas 20 empleados, quieren que crezca no solo para exportar y mostrar la marca país, sino tocar a más personas que se vean beneficiadas por su trabajo. “Abrir los ojos y ver que no solo podemos ayudar a 20 personas con lo que hacemos, sino que en realidad son 80, pues entendemos que en promedio esa persona tiene esposa y dos hijos... eso es lo realmente importante. Para nosotros ese es el éxito: hacer felices a las personas que trabajan con nosotros y que el mundo pueda ver el potencial que hay en el país. Nos sentiremos realmente exitosos cuando la gente se emocione al portar algo ‘Hecho en Colombia’ igual que lo hace con el ‘Hecho en Italia’ y cuando podamos cambiar la vida de mil trabajadores y sus familias”.

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Más información: www.argentobourbon.com - @argentobourbon

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