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Íngrid: ¿ser o no ser?

Margarita Vidal

Íngrid: ¿ser o no ser? Íngrid: ¿ser o no ser?

La historia de esta mujer está rodeada de la vida de otras mujeres clave, entre ellas su mamá, su hermana y su hija. Este artículo recoge hilos sueltos de este tejido para encontrar otros sentidos.

Por: Revista Fucsia
 
En su libro La rabia en el corazón, publicado inicialmente en francés y traducido al español en el 2001, Íngrid Betancourt logra nuevamente lo que parece ser una constante en su vida y su carrera política: dividir opiniones, crear controversia, suscitar debate, pisar callos, inspirar iras y descalificaciones. Por el lado anverso de la moneda, la actitud irreverente y audaz que la ha acompañado desde chica, la decisión de investigar y cuestionar, de acusar y destapar ollas podridas en el mundo de la política, su discurso descarnado y valiente, la llevan dos veces al Congreso de la República. La segunda, al Senado con la votación más alta del país. Para sus seguidores, esta joven mujer que sacude cobijas y limpia bajo la alfombra, introduce en el turbio mundillo de los pactos politiqueros y la corrupción un aire nuevo que presagia renovación y no se cansan de aplaudir las denuncias que, a través de actos mediáticos y provocadores, ponen una y otra vez el dedo en la llaga. Sus detractores la miran con desconfianza y le critican el “delirio mesiánico” que la lleva a condenar sin distingos a la clase política colombiana y a autoerigirse como la ‘Juana de Arco’ que salvará —lanza en ristre— a su patria indefensa y atribulada.

En Francia, cuya ciudadanía adquiere años atrás por su matrimonio con un diplomático de ese país, el libro se convierte en un fenómeno de librerías. Escribe con las tripas y el corazón. Con vehemencia y temeridad, con ternura y nostalgia. Con verdades y a veces con injustas sindicaciones y no poca egolatría. En él Íngrid habla, escribe y siente como uno de esos seres iluminados que libran una cruzada personal contra las fuerzas del mal, no importa qué molinos de viento los atrapen entre sus aspas, ni qué Briareo con sus ‘cien brazos’ los pueda dejar maltrechos y adoloridos. Ella siente que la vida le impone una misión y a través de 314 páginas bien escritas entreteje autobiografía, pensamiento político, proclama social, críticas y denuncias, tristezas y alegrías familiares, y dispara dardos envenenados trescientos sesenta grados a la redonda.

Pese al tufillo mesiánico que a través de su apasionada forma de analizar los acontecimientos se desprende del libro, no hay duda de que Íngrid también dice verdades. Fustiga a los partidos, al Parlamento, al Presidente, al Ejército. Destaca errores y falencias de los gobiernos que ella misma ha ayudado a elegir, pero que la han “defraudado”.

El mundo a través de la radio

Antes de ser secuestrada por las Farc que le robaron varios años de vida a ella y a todos sus compañeros de infortunio, Íngrid Betancourt había explicado el porqué de su lucha:
“¿Por qué decidimos interesarnos por los lazos que unen a los políticos con las mafias? Porque tenemos el sentimiento de que son esos lazos los que gangrenan a la sociedad colombiana y que no se podrá emprender innovación alguna mientras no se drene ese absceso, mientras no se sane esa herida” (…) “es lo que no queremos ver, con la esperanza secreta de que todo esto sea falso, porque si fuera verdad tendríamos que enfrentar la tremenda realidad: que Colombia está perdiendo su alma”.

El futuro le dará la razón. Pegada a su radiecito en medio de la manigua y la tortura de su secuestro, Íngrid sigue con sus compañeros durante más de seis años los movimientos telúricos que sacuden al país: la elección y reelección de Álvaro Uribe, los logros de su Seguridad Democrática, la desmovilización ‘para’, los golpes a la guerrilla, los escándalos que descubren el contubernio entre el narcotráfico, los paramilitares, la corrupción administrativa y una clase política inferior a su mandato. No en balde más de sesenta parlamentarios, en su gran mayoría uribistas, están cuestionados, investigados o condenados por la Corte Suprema de Justicia.

Durante esos años Íngrid se convierte en símbolo y cabeza visible de los horrores que padecen cientos de secuestrados en Colombia. Si bien en el momento de ser secuestrada la intención de voto por su candidatura presidencial prácticamente no marcaba en las encuestas, ella había puesto un hito con su votación al Senado, curul que abandona para lanzarse a la presidencia.

Colombiana y francesa

Ser francesa por adopción a través de su matrimonio, haber vivido muchos años en París, hablar un francés impecable, ostentar un título de Science Po, una de las más prestigiosas escuelas de ciencias políticas del mundo, y la labor incansable de su familia para mover los hilos de la política gala, fijan en ella la atención internacional. En Francia más de mil quinientos municipios la declaran ciudadana de honor y en varios puntos del mundo se fundan ONG dedicadas a trabajar por un intercambio humanitario que devuelva a los secuestrados a sus hogares.

Año tras año se publican en todas partes artículos, perfiles, entrevistas. Jacques Thomet director de France Press en Bogotá entre l999 y el 2004, escribe un libro manifiestamente en contra de la ex candidata y de su familia. Con saña mal embozada, el periodista insinúa que su “avidez de publicidad” prácticamente la llevan a hacerse secuestrar. Incursiona sin recato en la intimidad de su hermana Astrid y sostiene que su romance con Daniel Parfait, embajador de Francia en Colombia, y la vieja amistad universitaria de Íngrid con el primer ministro francés, Dominique de Villepin, explican el interés de los gobiernos de Chirac y Sarkozy en su caso. Los acusa de anteponer respectivamente sus intereses sentimentales y políticos, a la “correcta conducción de los asuntos de Estado”. Con inocultable antipatía y no poca mala leche, Thomet dice que los franceses construyeron un ídolo con pies de barro y que el estado francés llegó inclusive a perder un mercado de más de 700 millones de dólares en materia de cooperación militar con Colombia, por cuenta de la equivocada política del tándem Villepin–Parfait. Que Francia y la familia de Íngrid luchan únicamente por ella, olvidando a los demás secuestrados.


La otra cara de la moneda

Por su parte el congresista Luis Eladio Pérez, liberado unilateralmente por la guerrilla a través de la accidentada mediación Córdoba–Chávez, a comienzos del año, y compañero de Íngrid y Clara Rojas en la selva, le hace al periodista Darío Arizmendi un relato conmovedor sobre el miedo, la desesperanza, la crueldad de la guerrilla, las enfermedades, los frustrados intentos de fuga, el acecho de la locura y la permanente cercanía de la muerte. La tortura que tantos hombres, mujeres y niños padecen de día y de noche en el corazón de las inhóspitas y malsanas selvas colombianas.

Pérez le cuenta también a Colombia y al mundo que cuando Íngrid fue su colega en el Congreso, él la miraba, como la mayoría, con recelo por sus actitudes radicales y por cometer “el error de prejuzgar a todo el mundo y de generalizar”. Pero cuenta que su convivencia en la selva le mostró a una mujer valiente, que no se doblega ante la adversidad, que mantiene su dignidad frente al infortunio y que no se deja faltar al respeto por peligrosas que resulten sus rebeliones. Pinta a una Íngrid crecida ante el dolor, solidaria, tierna, que a pesar de todo no abandona sus preocupaciones políticas. Que sufre por sus hijos y su familia, que deja atrás los ímpetus juveniles y la intransigencia para analizar con madurez la situación del país. No obstante, enferma y debilitada, Íngrid tiene momentos de abatimiento, como el que capta la fotografía que horrorizó al mundo, y que inspiraron la carta conmovedora que le dirigió a su familia. Pérez está seguro de que Íngrid Betancourt es un animal político de tal calibre, que una vez liberada, con sus fuerzas recuperadas y con las heridas cicatrizadas, volverá a la lucha por la presidencia de la República.

Quizás, una vez rescatada, ella misma se encargará de demostrar que ésta no es una percepción equivocada. De nuevo en libertad, Íngrid habló con lucidez y prudencia. Exhibió cualidades políticas en las diferentes presentaciones públicas y se ha cuidado de aventurar cuál será su futuro. Tal vez por el exceso de exposición mediática a la que fue arrastrada por los medios y los gobiernos, por el público mismo en medio de la euforia por su liberación y la de sus compañeros, tuvo pequeños deslices de forma, que despertaron cierto escozor —desmanes de la volubilidad pública que ella conoce muy bien— y que desde el momento mismo de su regreso le indican cómo evoluciona a su vez ese monstruo de mil cabezas llamado opinión pública.

Un poco de historia

Íngrid es la hija menor de un matrimonio vistoso y comprometido con el país: Gabriel Betancourt Mejía, ministro de educación, creador del Icetex, alto funcionario de la Unesco en París y máxima autoridad colombiana en materias educativas; y Yolanda Pulecio Vélez, ex reina de belleza, fundadora de múltiples hogares infantiles que rescatan año tras año a decenas de niños de la calle para darles educación y futuro, funcionaria de la administración de Virgilio Barco, el alcalde más popular en la historia de Bogotá, representante a la Cámara, senadora de la República por el Liberalismo y diplomática durante diez años en Francia.

Íngrid ha confesado que siendo muy niña, le gustaba escuchar, hasta bien entrada la noche, los alarmantes análisis que sobre el incierto futuro de Colombia hacían los innumerables personajes que frecuentaban el fastuoso apartamento de la Unesco en París. La compleja realidad de nuestro país le llegaba sin tamizar a esta niña delgada y sensible. Bajo un piano de cola se incubó la vocación política que, en un mal momento, terminaría sepultándola en las maniguas del Guaviare y del Putumayo, de donde fue rescatada por el Ejército.

Pero la vida de Yolanda, Íngrid y Astrid, la hija mayor, no ha sido propiamente un lecho de rosas. Deshecho el matrimonio Betancourt–Pulecio en una época en que la antropófaga y pacata sociedad bogotana asociaba el divorcio a una especie de crimen social, las tres sufren intensamente. Íngrid dirá con nostalgia que en adelante la vida estará dividida entre antes y después de la liquidación del hogar y que nunca podrán asimilar ese acto devastador y evocarlo sin que el dolor las invada.

Separada de su marido, Yolanda demuestra un coraje poco común. A la par con su obra social, hace campaña política. Sus hijas colaboran con los afiches, los votos y las consignas. Se hace elegir a la Cámara de Representantes y después al Senado, curul que se pierde con la revocatoria del Congreso que dio paso a la Constituyente de l991, en el gobierno de César Gaviria. Como las habladurías no le dan tregua, esta bella mujer acepta el cargo de Agregada en la Embajada de Colombia en París, donde permanecerá por diez años.

El gusanillo de la política

Y como dicen que “de casta le viene al galgo”, Íngrid, que ha heredado el sentido político y social de Yolanda se va convirtiendo en una idealista. Contestataria y resuelta, seguirá los pasos de su madre muchos años después, separada también de su esposo francés con quien ha tenido dos hijos: Melanie y Lorenzo. Siendo niños aún, ellos se unirán a la lucha titánica por la liberación de su madre.

Ya está cantado que Melanie heredó la pasión política de madre y abuela. Durante el secuestro organizó y participó en decenas de marchas. Habló innumerables veces por radio y televisión, se pegó, con su hermano, como una lapa a los últimos presidentes de Francia para no dejar decaer la lucha por el Intercambio Humanitario. Estudió Filosofía en La Sorbona. Creció y maduró a las volandas y demostró una casta que le hace honor a su origen. Hoy es una mujer con ideas claras y firmeza de carácter. Con toda la familia pasa vacaciones en las Islas Seychelles en el Océano Índico, donde nació, acompañando y abrazando a su madre, y pronto estará de vuelta en Nueva York donde cursa estudios de Cine. Nadie duda que si su madre decide seguir su lucha política ella marchará a su lado sin vacilar.

Luchas y equivocaciones

Retomando el hilo de esta historia, hay que contar que tras el magnicidio de Luis Carlos Galán el 18 de agosto de l988, Íngrid regresa al país y se hace elegir. Su paso por el Congreso es tumultuoso y mediático. Fustiga a sus colegas que la miran con prevención y desdén. Adelanta una sonada huelga de hambre en los mismos pasillos del Congreso en protesta por el auto inhibitorio de la Comisión Acusadora de la Cámara que anula el juicio al presidente Samper. Siempre fiel a sí misma, presenta polémicos proyectos de ley e integra con tres compañeros un grupo de presión que es bautizado por los medios como ‘Los Mosqueteros’. Adelanta debates que levantan ampolla, de los que no siempre logra salir ilesa porque sus oponentes tampoco dan tregua y orquestan contraofensivas mediáticas que la ponen contra las cuerdas. Un buen día decide que sólo la presentación de su propio programa presidencial la dejará satisfecha y con la bandera de la lucha anticorrupción se lanza, sin un peso, a la contienda.

El 23 de febrero del 2002, pocos días después del rompimiento de las conversaciones de El Caguán entre el Gobierno y las Farc y en medio del fragor de la campaña, Íngrid se empeña con terquedad en viajar por tierra desde Florencia, en el Caquetá, hasta San Vicente, donde el Alcalde pertenece a su movimiento. Ella quiere demostrar solidaridad con una población que empezará a sufrir el impacto del fracaso político del gobierno y hace a un lado las advertencias de peligro que le anteponen las autoridades. A medio camino su camioneta es interceptada por el frente M–15 de las Farc y desde ese momento se inicia un duro pulso entre guerrilla y gobierno, aupado por la presión nacional e internacional que empieza a buscar un acuerdo para liberarla. En sus mismas circunstancias hay otros 750 colombianos privados de su libertad en campos de concentración, bajo un tratamiento que vulnera no sólo del Derecho Internacional Humanitario, sino los más elementales principios de consideración y decencia.
El 2 de julio la Operación Jaque del Ejercito Nacional la trae de vuelta a la libertad en medio del júbilo mundial.

El tiempo dirá si su lucha continúa.

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