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Mujeres de la paz: Jineth Bedoya

Fucsia.co

Mujeres de la paz: Jineth Bedoya Imagen: Maria Berrio.

Después de que ese día su madre le pidió que no se dejara vencer, Jineth emprendió una valerosa campaña para denunciar la violación y el maltrato femenino.

Con su cuerpo pequeño, triste y mal nutrido, acostada en la cama cerró los ojos y le pidió a Dios una señal, una que la alentara a seguir viva y sobrellevar el peso que después de diez años parecía no darle tregua. De repente su mamá entró al cuarto, le tomó la mano y le dijo que si no podía continuar, que lo hiciera por ella y por las cientos de mujeres a las que con su voz podía ayudar. La señal estaba dada. El cielo había hablado. Necesitaba ahora una fuerza espiritual para dejar la cama y salir a luchar.

La congoja de Jineth Bedoya no fue siempre una condición natural de su carácter. Durante años construyó una seria carrera como periodista; intrépida, siempre muy involucrada en los asuntos del conflicto. Pero un día esa guerra se metió entre sus vísceras, rasgó su sexo y le mostró las verdades de esa atrocidad de la que había escrito tantas veces en la sala de redacción. De vuelta de la muerte en vida, de la tortura que le había infligido uno de los grupos armados al margen de la ley, Jineth intentó seguir con más vigor que nunca, y después de haberle perdido el respeto a la muerte, se volvió temeraria y se subió a cuanto helicóptero pudo para seguir comprometida con esa narrativa de los hechos que el país ignoraba.

Los que sabían su secreto, los detalles de lo que había pasado en los días de su desaparición, no podían más que admirar la valentía de aquella mujer de tez morena, pelo ondulado y pequeñas pecas en la cara. Un día, sin embargo, el director de Oxfam, una organización que había realizado el primer estudio de violencia sexual en Colombia, le pidió que fuera la vocera de ese proyecto, “porque un informe sin el testimonio de las víctimas no resultaría tan eficaz”. Se rehusó. No era víctima, de eso se había convencido casi durante una década. Pero un día detrás de la bocina oyó: “Usted tiene la posibilidad de decir lo que muchas mujeres jamás podrán denunciar”. Un destino nuevo parecía trazarse ante sus ojos y eso la llevó a España. Allá, por primera vez, contó en público las atrocidades de su violación. Colombia se sacudió. Y también ella, que por primera vez en muchos años se dio el permiso de sentir rabia, indefensión y tristeza.

Su historia fue conocida por todos los colombianos una vez accedió a que el programa Séptimo Día hiciera un detallado informe de lo que le había pasado. Y eso, destapar toda esa oscuridad, lidiar con las llamadas y la conmoción colectiva fue lo que la empujó a la cama, la doblegó. Después de que ese día su madre le pidió que no se dejara vencer, Jineth emprendió una valerosa campaña para denunciar la violación y el maltrato femenino.

“Comprendí que en medio de un conflicto, el arma más efectiva es el cuerpo de las mujeres, eso causa más heridas que un disparo porque deja huellas imborrables. Desde entonces adquirí un compromiso que ya no era con mi rabia, sino con la esperanza y el futuro de otras mujeres”, confiesa. Sus múltiples campañas y escritos en contra de cualquier agresión hacia la mujer le valió ser reconocida con el Premio Internacional de las Mujeres con Coraje, y que el presidente Juan Manuel Santos declarara el 25 de mayo, el día de su infortunio, la fecha nacional por la dignidad de la mujer víctima de la violencia. Solo en este accionar, en este trabajo por las otras mujeres, Jineth Bedoya ha encontrado un camino para poder estar en paz, aunque su ataque siga en la impunidad.

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