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Internet, el lugar cómodo de la anorexia

Revista FUCSIA

Internet, el lugar cómodo de la anorexia Internet, el lugar cómodo de la anorexia

Aunque en nuestra cultura se empiece a abogar por cuerpos diversos y saludables, siguen abundando blogs y perfiles en redes sociales que promueven trastornos alimenticios que rinden culto a la delgadez. FUCSIA examina este fenómeno, habla con dos blogueras que han participado en él y finalmente se pregunta si este movimiento debe satanizarse.

Cerca del 18% de los jóvenes entre los 13 y 29 años en Colombia que tienen una relación normal entre su talla y peso perciben su cuerpo de otra forma, según la Encuesta Nacional de Salud Pública a cargo del ICBF. Esta creencia, en principio inocua, predispone a las personas a sufrir trastornos alimenticios como la anorexia y la bulimia, o a diversos factores de riesgo como ayunos prolongados, ejercicio compulsivo, supresión de alimentos, inducción del vómito, entre otros. Pero estas enfermedades no se restringen a adolescentes y jóvenes adultos.

La directora del Programa Equilibrio, Juanita Gempeler, le dijo a FUCSIA que cada vez son más comunes en grupos poblacionales que antes estaban fuera de peligro: ahora hay niñas que empiezan a obsesionarse con su figura desde los 7 años, y mujeres que no paran de pensar en ella hasta que bordean los sesenta. Es un grupo poblacional amplísimo el que se debate entre dos movimientos opuestos que se generan en internet. El primero aboga por los cuerpos sanos. Hombres y mujeres de tendencia musculosa, que promueven un estilo de vida saludable a través del ejercicio y que tienen cuentas en Instagram, Facebook o Twitter que funcionan como ventanas hacia su propio mundo: no solo hay fotografías de sí mismos mientras entrenan en el gimnasio o en espacios abiertos, también hay imágenes de la comida que consumen. Es el caso, por ejemplo, de Amanda Bisk, una profesora de yoga, mencionada como primera en la lista de Elle sobre las mujeres fitness que se debe empezar a seguir en las redes.

El segundo movimiento está conformado por jóvenes que no quieren develar su identidad y que mantienen blogs y redes sociales que promueven los trastornos alimenticios. En estos se han reducido los nombres tradicionales de enfermedades como la anorexia y la bulimia a Ana y Mía, e incluso se han llegado a pensar no como trastornos, sino como personajes reales, casi diosas que, de ser veneradas, rendirán cuenta a su ambición: la perfección, la delgadez extrema. Bien sea a través de artículos completos que se publican en los blogs, o de fotos que muestran cuerpos que son solo piel y hueso en Instagram, se dan detalles que podrían ser nocivos para aquellos que se encuentran inseguros consigo mismos: se enseña desde cómo vomitar hasta cómo ocultarles la enfermedad a los padres; desde cómo engañar el hambre hasta los mandamientos que se deben seguir para ser lo que denominan “princesas o príncipes”, y que no son sino aquellos que han logrado su objetivo a través de ideales peligrosos.

No obstante estas páginas se empezaron a abrir en los noventa y aunque han sido prohibidas en países como Francia e Inglaterra, siguen surgiendo, quizá porque ahora existen plataformas que son fáciles de acceder y de sostener. En ejemplos concretos, solo el año pasado hubo cuatro millones de publicaciones en Twitter con los hashtags #ana o #mia; e incluso Instagram se vio en la necesidad de prevenir a los usuarios que buscan fotografías que remitan a estos trastornos, con un mensaje que explica qué son, cómo pueden prevenirse y dónde buscar ayuda.

Los blogs pro anorexia y pro bulimia tienen, además, una estética particular. Libélulas, mariposas, mujeres delgadas con vestidos amplios y vaporosos conforman una simbología que da cuenta de lo etéreo, lo liviano, lo frágil. Prohíben la entrada a los que están en recuperación y que llaman “plebeyos”, y también a aquellos que denominan wannabes, y que son los que por fortuna no han entrado de lleno a las enfermedades. Detrás de estas páginas, y aunque se tienda a satanizar tanto a los creadores como a los usuarios, hay jóvenes frágiles que buscan en internet una comunidad que no los restrinja ni los señale, y que además fortalezca aquello que creen que los identifica.

Es el caso de una bloguera pro anorexia y pro bulimia que se apoda Saito, y que al ser entrevistada por FUCSIA explicó: “Las páginas nos hacen sentir parte de algo que podemos hacer bien, como bajar de peso. Es algo que podemos controlar, al tiempo que recibimos ayuda de personas iguales a nosotros. Estos sitios no hacen que los trastornos incrementen, ya que siempre se puede buscar información en otros lugares. Simplemente nos hacen sentir protegidos, respaldados”. Saito agregó que el mundo que promueve la anorexia y la bulimia “no es ni malo ni bueno”. “Te destruirá si lo permites. Te amará si lo permites. Dejé que Ana me ayudara, y poco a poco le cedí el control de lo que comía. Ciertos días, Ana me dice: ‘Hoy no deberías desayunar, se te quedara aquí’, y señala mis piernas o caderas. Mía, en cambio, aparece cuando me siento mal al terminar de comer, y me dice: ‘Dios, te pasaste, corre al baño y vomita, al fin y al cabo nadie te querrá si eres así”. Según Saito, la parte más difícil de sostener este tipo de blogs es recibir correos de adolescentes entre los 12 y 14 años que piden consejos sobre cómo castigarse para no comer, cómo vomitar y cómo esconderles la enfermedad a sus padres.

Del otro lado de la moneda están los jóvenes que alguna vez abrieron sus blogs pro anorexia y pro bulimia, pero que en el camino decidieron transformarlos. Es el caso de una bloguera que se apoda Vania, y que, mientras lucha contra la anorexia, intenta aconsejar a aquellos que se sienten solos, deprimidos, sin fuerza. “A los 17 años –dice Vania– empecé a adelgazar. En un cumpleaños familiar se dieron cuenta de mi pérdida de peso y me pusieron una torta en frente para probarme y ver si comía. Me la comí por presión. Luego me sentí mal y me induje el vómito. Este fue un círculo vicioso que empezó a repetirse constantemente. Para la época, mi blog ya estaba creado; pero cuando acepté la enfermedad le di un giro, y durante mi recuperación empecé a proponer notas para ayudar a aquellos que quisieran mejorar. A los que me escriben, les cuento mi experiencia con la enfermedad, les pido que no confíen en los blogs que la promueven, y los aliento a tener su propia opinión. Los ayudo a encontrar el sentido de sus vidas mientras yo encuentro el mío. Porque estos trastornos no son un juego. No hay que caer en los pensamientos de aquellos que les dan vida tanto a Ana como a Mía”. En esta misma línea, está la bloguera Antonia Eriksson, quien se volvió famosa en los medios de comunicación por revelar su proceso de recuperación de la anorexia, desde el día que entró a una clínica en Suecia hasta cuando recuperó todo su peso. Eriksson tiene hoy una cuenta en Instagram, @eatmoveimprove, donde da cuenta de un cuerpo fuerte, que se salvó a través del ejercicio y la comida saludable.

Para la doctora Juanita Gempeler, las redes sociales pueden trabajar por la enfermedad o por la salud, de manera que es necesario promover páginas que brinden información sobre la posibilidad de una vida equilibrada. “Las páginas que están a favor de la anorexia y la bulimia son nocivas para aquellos que son propensos a generar la enfermedad, o que ya presentan síntomas –dijo a FUCSIA–. Pero creo que cualquier medida radical y coercitiva hará que se vuelvan tanto más importantes. No hay que cerrarlas. Hay que combatirlas. En general, aunque en el mundo se estén haciendo campañas en pro de los cuerpos diversos, sigue habiendo un culto a la delgadez que es peligroso, y que no va a terminar con la satanización de estos blogs. Ese ideal de belleza, que vive también por fuera de internet, es el que se debe combatir”.

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