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La escuela de la intensidad

Odette Chahín

La escuela de la intensidad

Una reflexión a favor de una especie incomprendida, los intensos. Es difícil distinguir si la intensidad es un rasgo genético o un gusto adquirido, lo cierto es que es una cualidad buena para algunas cosas.

Existen en la vida dos escuelas de pensamiento, la de la intensidad y la de la no intensidad. Cuando una intensa sale con un no intenso (o viceversa) empiezan las frustraciones, lágrimas y reclamos por la disparidad de expectativas, y estas relaciones suelen acabarse más rápido que el matrimonio de la Kardashian. ¿Y cómo no, si cada uno maneja una filosofía opuesta? Los intensos respiran bajo el mantra “vive cada momento con intensidad, como si mañana al romper las olas dejaras de existir”, mientras que los no intensos quisieran que las olas arrastraran a los intensos bien lejos para que los dejen en paz.

Es difícil distinguir si la intensidad es un rasgo genético o un gusto adquirido, lo cierto es que es una cualidad buena para algunas cosas. Son los intensos los que logran con persistencia ganarse los Nobel, los Oscar, firmar la paz y lograr un abdomen perfecto. Pero, irónicamente, algo que parece tan benigno también puede generar efectos negativos, ya que los intensos, con la misma persistencia, son los que se convierten en los Osama Bin Laden y Charles Manson del mundo. En otras palabras, la intensidad puede hacerles ganar una medalla de oro, pero también una orden de restricción. El quid del asunto estriba en acerca de qué aspectos se es intenso.

Existen profesiones y trabajos que exigen como requisito fundamental que las personas sean intensas (por no decir, tan insoportables como tener a un payaso atravesado en el parabrisas). Me refiero a los vendedores en general, ya sea de seguros, tarjetas de crédito, Herbalife o fe, como los Testigos de Jehová. Todos por igual quieren meterle a usted sus productos por los ojos (mientras uno quiere metérselos por otra parte), y nunca se detienen ante un “no”. No obstante, gracias a estos incansables entusiastas, candidatos para el ‘empleado del mes’, la economía se sigue moviendo, por eso es buena idea tener a un par de intensos en cualquier equipo de trabajo.

Dentro de la variada tipología de los intensos existen los que se pintan la cara del color de su equipo favorito, otros que acampan afuera de un estadio semanas antes de un concierto de Iron Maiden o de Britney Spears, algunos que se disfrazan de Harry y Hermione para ir al cine a ver Harry Potter, en otras palabras, siempre hay algo que saca a flote nuestro ‘intenso interior’. Pero cuando un hincha del Santa Fe con la cara pintada de rojo ve a un fanático de Twilight con la cara blancuzca de vampiro y lentes de contacto rojos, el rechazo es mutuo, ambos se burlan y piensan para sus adentros: “Pobre idiota, se ve que no tiene vida”.

A veces llega el día en que los intensos aprenden una lección que los cambia, este fue el caso de una pareja de amigos a quienes llamar ‘chicles’ es poco, porque éste se saca con varsol; ellos son como una mancha de vino en un mantel, inseparables. Cada vez que hablan por teléfono se dicen “mi amor, te amo”, y uno no tiene que ser mago para adivinar que al otro lado de la bocina le acaban de decir “no amor, yo te amo más”. Así dan inicio a una pelea interminable entre cuál de los dos ama más al otro, un espectáculo sencillamente nauseabundo para los diabéticos. Cierto día, él se separó de ella siete minutos para ir al baño y, la muy intensa, le empezó a mandar mensajes desde su Blackberry, “Amor, ¿qué haces?”. Como no le contestó, entró al baño para sorprenderlo y lo vio de una forma que deseó jamás haberlo visto. Como dicen por ahí, “ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre”. Ese día dejaron de ser novios siameses, y aunque siguen siendo intensos, ahora toman la precaución de colocar un muñequito en la manija de la puerta del baño que funciona como un aviso de “no molestar”, eso ya es un avance.

Sin importar si somos intensos o no, hay algunos intensos a quienes toleramos más que a otros. No es lo mismo tener un amante intenso que te levante a las tres de la mañana para probar una nueva posición que un jefe que te levante para decirte: “toca cambiar la presentación porque se les fue un error”. Yo por ejemplo, adoro a mis amigos intensos, de esos con los que no hay pudor, horario ni fecha en el calendario, de los que me consultan desde qué ponerse para sus citas románticas, qué regalarles a sus parejas, hasta dónde colgar los cuadros de su casa. Es cierto que me absorben, pero también sé que el día en que los necesite, ya sea para pegarme con colbón el corazón roto, hacerme una sopita porque estoy enferma o destrabarme el cierre de un vestido, ellos serán los primeros en llegar, si es que no están ya conmigo.

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