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La Gata bajo la lluvia

Odette Chahin

La Gata bajo la lluvia La Gata bajo la lluvia

Todos en algún momento hemos sido aquella gata miserable bajo la lluvia, lo importante es reaccionar y sacar las garras.

 
Por: Odette Chahin
 
Hace poco tuve una experiencia traumática en un taxi. No fue un paseo millonario, ni me emburundangaron, ni me dejaron tirada por la porra. Lo traumático fue la canción que estaba escuchando el taxista, que era tan ridículamente triste, que me deprimí en tres cuadras y me puse a chillar.
 
La canción era como un llanto interpretado por Rocío Durcal, quien elevaba su galillo bañado en melancolía diciendo: “Ya lo ves, la vida es así. Tú te vas y yo me quedo aquí. Lloverá y ya no seré tuya, seré la gata, bajo la lluvia, y maullaré por ti…”, y ese verso, aunque ahora me resulta algo cómico, en ese momento me desgarró, o más bien, me arañó el alma.

Si existía esa canción ‘cortavenas’, es porque en algún momento la persona que la escribió se sintió así de patética, miserable y mojada. Todos hemos pasado por una situación donde hemos sido esa gata sin dueño, sin amor, perdida sin rumbo por culpa de algún gato vagabundo que entró en celo con otra minina. En ese momento, no pareciera que estuviera lloviendo agua, sino mierda del cielo que le cae a uno a cántaros.
 
La cuestión es no lamentarse y quedarse paralizada esperando a que la parta un rayo, sino buscar techo y, sobre todo, aprender a sacar las garras, porque la vida continúa.
Yo fui alguna vez esa gata, pero bajo la nieve. Hace algunos años, cuando vivía en Canadá, conocí a mi media dona de maple (las medias naranjas se ponen agrias). Él era el único canadiense que no era un hooligan del hockey, odiaba las hamburguesas de McDonald’s tanto como yo, y cuando bailaba no parecía epiléptico, como el resto de su raza. Salíamos siempre los dos y las horas se nos pasaban como si fueran segundos.
 
Una noche me invitó a salir, quedamos de encontrarnos en un barcito: en mi cabeza eso era un date. Pero cuando llegué, lo vi dándole respiración boca a boca a una mujer… o a un travesti, …no me quedó claro qué era. El corazón se me petrificó y corrí para devolverme por la misma puerta por la que jamás debí haber entrado. Él me dijo lo peor que se le puede decir a una mujer después de “se te están cayendo las boobies”; que me quería mucho, pero como amiga. Hubiera preferido un puño de Naomi Campbell que esa humillación.

Y, aunque lo mío fue doloroso, no se compara con los casos conocidos de gatas famosas bajo la lluvia y bajo el lente de los medios. Ya de por sí es suficientemente terrible que se entere uno de que el esposo le está metiendo cachos, pero que, además, se transmita la noticia por CNN para todo el mundo, debe ser peor. Si pensó que a usted le fue mal, piense de nuevo. La pobre Mia Farrow encontró a su marido Woody Allen jugando a la casita con Soon-Yi, su propia hija adoptiva, haciéndolas de su esposa.
 
Dina Matos, la ex esposa del gobernador de New Jersey, se enteró al mismo tiempo, que todo Estados unidos, que su esposo no sólo le era infiel, sino que, además, su amante venía con pipí incluido. Y no podía faltar Hilary Clinton, a quien le tocó aguantarse todo tipo de burlas cuando su esposo, el Presidente, lo agarraron con las manos en la masa de la gordita Lewinsky.

Se dice que los gatos tienen siete vidas, porque llegan a sobrevivir a caídas desde un décimo piso –realmente grave–, esto se debe a su extraña capacidad de darse la vuelta en el aire y aterrizar en cuatro patas a lo Spiderman.
 
Aunque nosotros no nos podamos tirar de un décimo piso sin: a) quedar reventados como piñata de cumpleaños o, b) irnos de viaje sin regreso al San Pedro Resort; también tenemos siete vidas, como los felinos; el único requisito es ser lo suficientemente inteligentes para darnos una nueva oportunidad y decir: borrón y cuenta nueva. Como decía Gabo: “La memoria del corazón elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos, y gracias a ese artificio, logramos sobrellevar el pasado”. En otras palabras, volveremos a maullar por otros gatos… 

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