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La vida a los 50

La vida a los 50 Lila Ochoa.
El siglo XX trajo consigo un milagro inesperado, 30 años más de vida. Por primera vez en la historia de la humanidad, la expectativa de vida se aumentó en forma considerable y la mayoría de los habitantes de la Tierra, especialmente en el hemisferio occidental, van a vivir hasta más allá de los 80 años.

En 1900, una persona se consideraba vieja al cumplir los 50; hoy, que apenas entra a la mediana edad. En 1931, el sicólogo suizo Carl Jung escribió: “Los 40 años son el mediodía de la vida, es el periodo cuando estamos en pleno poder de nuestras facultades, pero también cuando empezamos a ser conscientes de que nuestro sol personal entra a un nuevo meridiano. No podemos vivir el atardecer de la vida como si fuera un amanecer, pues lo que fue grandioso en la mañana, será insignificante en la tarde; y lo que fue verdad en la mañana, será mentira en la tarde”. Esta frase, válida en esa época, habría que modificarla, ya que si los 40 eran el momento cumbre de una persona, hoy son los 50.

Este regalo de vida se debe a los avances en la medicina y a las mejoras en las infraestructuras sanitarias. Regalo que cambió para siempre el concepto de vejez y cuyos efectos en la sociedad todavía no los podemos medir. Esta nueva etapa se puede considerar como una especie de adolescencia tardía, pues los cambios son tan dramáticos como entre los 10 y los 20. Estos dos momentos, la adolescencia y los 50 años, son las dos etapas en la vida en que los seres humanos se preguntan ¿quién soy y qué quiero hacer de mi vida? Esta pregunta es especialmente perturbadora para las mujeres, porque si no tienen su situación económica y de pareja resuelta, se les vienen años muy difíciles. La vida no es justa con las mujeres, pues el culto a la belleza y a la juventud se les aplica a ellas con más rigor.

Si a uno se le acaba el matrimonio después de los 50, es casi imposible volver a encontrar un compañero, porque los hombres quieren conseguirse una más joven y lo pueden hacer: nada que le guste más a una jovencita que un hombre maduro, y mejor si es rico. Las mujeres, al contrario, se enfrentan al tabú de aparecer como predadoras al lado de un hombre joven. El comentario más suave que emite la gente es que anda con un gigoló. No hablemos del trabajo, pues conseguir un buen empleo a esa edad es todavía más difícil que conseguir novio. El mundo del trabajo está repleto de jóvenes entre los 30 y 35, con máster y PhD, dispuestos a trabajar 12 horas diarias por un salario moderado. Esto vuelve a los cincuentones, tanto hombres como mujeres, jubilados prematuros.
En otras culturas, como la asiática, la edad es símbolo de sabiduría, apreciada y remunerada en esa dimensión. En Europa un poco menos, pero también.
 
Por el contrario, en América, tanto en la del Norte como en la del Sur, nada de esto sucede. El culto a la juventud que ejercen tienen los hombres mayores lo tienen también las empresas. Hace un siglo, cuando uno llegaba a este punto en la vida, le quedaban sólo unos cuantos años más. Hoy, le quedan 30. Los avances en salud no coinciden, lamentablemente, con los cambios sociales necesarios para ajustarse a esta nueva situación. ¿Qué vamos a hacer con ese tiempo extra?

¿Será que tenemos que volver a las relaciones estables para tener compañía al final de la vida? ¿Tendremos que reinventarnos la vida, volver a la universidad, cambiar de carrera? Demasiados interrogantes para resolver. ¡Volvimos a la incertidumbre de la adolescencia!

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