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Adolescentes: las tristes incubadoras de nuestra sociedad

Revista FUCSIA

Adolescentes: las tristes incubadoras de nuestra sociedad Ilustración: esta imagen se convirtió en el ícono de The Girl Effect, una campaña viral que busca prevenir los embarazos adolescentes en el mundo. www.girleffect.org

Según estadísticas del DANE, 19,5 por ciento de las adolescentes en Colombia ha estado alguna vez embarazadas. Pero las causas de esta situación están lejos de ser, solamente, su responsabilidad. ¿Qué está pasando?

Fuimos testigos, a comienzos de enero de 2015, de las siguientes imágenes: niñas de entre 6 y 10 años desfilando en bikini por una pasarela angosta y gris, que se alzaba sobre el piso y que terminaba en una tarima; de lado y lado de la pasarela, una multitud de hombres y mujeres, unos cargando a sus hijos sobre hombros, otros tomando cerveza, pero todos –independientemente del género– observando atentamente.


No hay que pensar mucho para descifrarlo. Las imágenes que vimos en diarios y noticieros eran parte del concurso Miss Tanguita, celebrado desde hace veinte años en el municipio de Barbosa (Santander); pero apenas visualizado este año por los medios de comunicación. Por esos días, la directora del ICBF, Cristina Plazas, tildó el concurso de “aberrante”; y, de su lado, la escritora Catalina Ruiz-Navarro dijo que las niñas no tenían “las herramientas para entender qué significa posar como un objeto sexualizado”, acertando al agregar que ni siquiera los adultos del municipio eran conscientes de los peligros y abusos que el evento conllevaba.

Pasó la tormenta, pero, para finales de enero ya teníamos otra noticia, que implicaba de nuevo el cuerpo de una infante: en el Hospital Universitario Erasmo Meoz, de Cúcuta, una niña de apenas 12 años dio a luz a gemelos. El padre: un adolescente, cinco años mayor que ella; sus padres, asombrosamente, consintieron el embarazo.



Más allá de apuntar dedos sobre los supuestos culpables, estas noticias dan cuenta de una sociedad que aún no cambia su visión sobre la mujer. Podríamos decir que las adolescentes son las responsables al tener relaciones sexuales tempranas y no usar los métodos anticonceptivos adecuados, pero esta respuesta caería en el artificio.

Lo cierto es que la mayoría de las niñas en Colombia que quedan en estado de embarazo –el 19,5 por ciento, según estadísticas del DANE– no están tomando esta decisión a conciencia. Primero, por motivos culturales: “Hay creencias equívocas sobre el rol de género de las mujeres en nuestra sociedad”, dijo para FUSCIA, Viviana Limpias, representante adjunta de Unicef. “Estas son asociadas únicamente a la reproducción y el cuidado, haciendo que la maternidad sea su único proyecto de vida. Se valora poco la educación, especialmente en zonas rurales, y se alienta el matrimonio infantil, como si solo sirviéramos para criar, para cuidar, para parir”.



Limpias explicó que el embarazo adolescente –tres veces más común en estratos bajos que en estratos altos, según el estudio “Pobreza multidimensional y oportunidades en niños, niñas y adolescentes”, de Unicef y la Universidad de los Andes– es la salida para menores que son violentadas en sus casas, y que ven en la maternidad una forma de independencia. Piensan que, al embarazarse, un hombre mayor deberá cuidar de ellas, mientras ellas crían a sus hijos. De hecho, en una carta enviada a FUCSIA, una de estas jóvenes que fue acogida por la Fundación Juanfe dijo: “Mi padrastro fue el causante de mi timidez y mi inseguridad. Él era muy machista y no aceptaba que tuviera amigos, cuando me equivocaba me decía que no servía para nada, me echaba de la casa, me decía que me fuera con mi papá (…)”. Antes de salir del colegio quedó embarazada.

De acuerdo con este panorama, la consultora del Ministerio de Salud, Diva Moreno*, encargada, junto a Unicef, del programa de educación sexual y prevención del embarazo “Por mí, yo decido”, dijo a FUCSIA que, sobre todo, era preocupante que la mayoría de las jóvenes no hubiera concebido a sus hijos con parejas de la misma edad. Así, hasta 2010, solo el 0,08 por ciento de las madres entre 10 y 14 años sostenía relaciones con un par, mientras que el resto había tenido relaciones con hombres que, en un 15 por ciento eran mayores de 16 años, y en un 85 por ciento, mayores de 20, lo que a todas luces representa un delito.



Algo parecido sucedió con las adolescentes que se encontraban entre los 15 y 19 años de edad. “Tendemos a señalar y discriminar a nuestras jóvenes, y no queremos ver lo que se cuece alrededor de ellas”, dijo Moreno. Y lo que se vislumbra es un panorama sombrío: aunque a lo largo del tiempo se observa –según la Encuesta Nacional de Demografía y Salud 1990/2010, dirigida por Carmen Elisa Flórez– “mayor uso de métodos modernos de planificación familiar, mayor asistencia escolar, mayor proporción de adolescentes que han recibido información de planificación familiar”, el clima educativo del hogar ha disminuido.

Al mismo tiempo que se fomenta la maternidad prematura, se estigmatiza a la mujer por haber quedado embarazada. Y, como muchas jóvenes no tienen el apoyo de sus familiares, existe un 50 por ciento de probabilidad de que abandonen el colegio, teniendo que acudir a la servilidad para sostener a su hijo. Otra cifra inquietante: al menos el 30 por ciento de estas madres no tienen parejas estables, así que tendrán que hallar su lugar en la sociedad como madres solteras.

Se perpetúa, entonces, un ciclo de pobreza que hace más notoria la diferencia entre las mujeres de clase alta que no han estado embarazadas y las de clase baja que tuvieron sus hijos antes de los 19 años. Estas últimas, cuando cumplan 30, tendrán 13 años menos de estudio que las primeras, haciendo que el equilibrio social sea impensable.



“El embarazo en la adolescencia –se lee en el estudio Fecundidad adolescente y desigualdad en Colombia (Carmen Elisa Flórez, Victoria Eugenia Soto)– supone un obstáculo importante para realizar las tareas propias de esa etapa de desarrollo: se trunca el proceso de educación que aumenta el capital humano, el desempeño laboral es pobre y los ingresos futuros serán bajos”.

Pero hay que tener otra arista en cuenta: aunque no haya estudios formales en Colombia, parece ser que es en los estratos altos y las zonas urbanas donde se realiza un mayor número de abortos, lo que conllevaría a una disminución del porcentaje de madres adolescentes en este grupo social. Por un estudio de la Universidad Externado de Colombia, dirigido por Nataly Moreno Arce, se sabe que el 21 por ciento de las encuestadas –niñas de clase media de distintos colegios de la ciudad– se había practicado al menos un aborto; y en el foro “¿Es el embarazo en adolescentes un problema en nuestra región?”, organizado por la Universidad Santiago de Cali en 2010, se habló de que esta práctica se estaba dando entre colegialas de estrato medio-alto, que ven la maternidad como un inconveniente.





Para la directora de la Fundación Juanfe, Catalina Escobar, las jóvenes de estrato bajo, a diferencia de las de estratos medio-alto, conciben la maternidad temprana como algo normal y socialmente aceptado. “Nuestras niñas –dijo– vienen de familias en las que sus abuelas, madres, tías, hermanas y amigas han sido, en su mayoría, madres adolescentes. Sin embargo, cuando llegan a la Fundación y se dan cuenta de que por medio de sus habilidades pueden tener un proyecto de vida, estudiar, conseguir trabajo bien remunerado y salir adelante con sus hijos, cambia la percepción sobre el rol que tienen y se vuelven gestoras sociales”.

Este cambio, según la directora del ICBF, Cristina Plazas, es necesario, tanto para las jóvenes madres como para sus hijos. “Los bebés de las madres adolescentes tienen dificultades para desarrollarse emocionalmente, dificultades en el lenguaje y en el pensamiento lógico-matemático. Por eso hay que empoderar a las mujeres. Hacerlas entender que tienen el derecho de planificar libremente, a pesar de que sus parejas lo prohíban bajo el pretexto de que así pueden controlar infidelidades; hacerlas saber que si no las respaldan en su casa, aquí está el ICBF para acogerlas; que el embarazo no es la salida hacia las situaciones de violencia que pueden estar viviendo en sus hogares, y que siempre hay que denunciar”.



Plazas también dijo que era hora de que la sociedad entendiera, primero, que no se puede estigmatizar el sexo adolescente, porque la represión genera tanto discriminación como desinformación; y segundo, que los hombres también tienen que responsabilizarse por la planificación familiar. “Cuidarse no es cosa de un solo género”, agregó.


¿Qué se está haciendo?

Las cifras de embarazos adolescentes en el país –aunque han venido descendiendo en los últimos años– son las más altas en el mundo, después del territorio que abarca África Subsahariana. Esto, a pesar de que Colombia es uno de los tres países en Suramérica –junto con Perú y México– que cuentan con una política integral para frenar y prevenir dicha problemática. La estrategia, aunque tenga un nombre aburrido, Conpes 147, hizo que desde 2012 distintas instituciones –ICBF, Ministerio de Salud, Ministerio de Educación, Alta Consejería de la Mujer, SENA, Unicef, entre otros– se unieran bajo el mismo propósito: prevenir el embarazo adolescente, al tiempo que se fomentan proyectos de vida para jóvenes de entre 6 y 19 años.



Hasta ahora, la estrategia ha impactado a 192 municipios de Colombia, a través de por lo menos 15.000 agentes educadores, formados específicamente para esta tarea. Entre los programas dedicados a destacar está el Modelo de Servicios de Salud Amigables para Adolescentes y Jóvenes. Este, llevado a cabo por el Ministerio de Salud y evaluado por Unicef, da cuenta de más de 800 puestos en los 32 departamentos de Colombia, que tienen como objetivo atender a los menores que necesitan información o ayuda con respecto a su sexualidad.



Desde que esta estrategia se está llevando a cabo, y según la economista de Fundesarrollo (Barranquilla), Paula Martes Camargo, las cifras de embarazo adolescente han empezado a disminuir en ciudades como Cali, Medellín y Bogotá; aunque se han mantenido en la costa Atlántica, el litoral Pacífico, la Orinoquía y la Amazonía, donde “persisten grandes desigualdades de desarrollo y de acceso a la información”.

Aún faltan, como dijo el representante de la Cepal, Jorge Rodríguez, al menos ochenta años para que se dé un cambio cultural tan importante que se controle la fecundidad en América Latina y el Caribe. Sin embargo, es necesario ir gestando ese cambio desde ahora, atendiendo tanto el panorama simple como el complejo, y dejando atrás tabúes acerca de la sexualidad y el rol de las niñas en nuestra cultura, para que no se repitan noticias como las de enero; para que las adolescentes dejen de ser vistas como las tristes incubadoras de nuestra sociedad.

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