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Maquillaje afuera Foto: Pinterest

En un mundo ideal, nada vendería más que la honestidad. Las modelos, reinas y presentadoras serán muy profesionales y muy bonitas, pero entre tanto maquillaje, ajuar, tacón e iluminación no se alcanza a ver la mujer de verdad que hay detrás.

*Por Adolfo Zableh Durán

En un mundo ideal, todos andaríamos detrás de las mujeres “carilavadas” que salen a la calle en jeans, saco, tenis y una moña en el pelo, porque nada atraería más que la sencillez, que no es lo mismo que la simpleza. Al contrario, las mujeres que más tienen que arreglarse son, por lo general, las más simples, y simple es sinónimo de aburrido.

Casi con exactitud matemática puedo decir que las mujeres se ven más bonitas recién levantadas que en cualquier otro momento del día. Vulnerables, sin artificios, sin pelo que se mueva como en comercial de champú ni aroma que dejen a su paso, sin pestañas alargadas ni tacones que las suban doce centímetros. Las mujeres deberían casarse en pijama, y me quedo corto, deberían vivir en pijama. Pero ellas llevan siglos perfeccionando la tarea de taparse bajo capas de maquillaje, como si fuera normal. ¿En qué cabeza medianamente cuerda cabe que las cremas, texturas y colores que cubren la cara son más deseables que la cara misma?

A esa barrera de productos químicos los hombres la llamamos polvos. Pero este nombre es poca cosa, porque lo que ellas usan para atraernos, que en realidad muchas veces nos ahuyenta, es todo un arsenal de rubores, correctores, pestañinas, bases, sombras, delineadores, labiales, brillos y ni idea qué más. Artificios que son, en teoría, para mejorar la apariencia… como si sirvieran.

Durante mi adolescencia estuve enamorado de una joven que a duras penas se peinaba para salir. Cuando la vi por primera vez a sus 16 años en jean y camiseta blanca supe que ese sería para siempre mi tipo de mujer. Su hermana, en cambio, era más femenina. Ya se maquillaba, usaba ropa más apretada y peinados que no correspondían a su edad. Además, siempre olía a rico y la combinación de todos esos detalles traía locos a todos en la cuadra. Siempre creí que al tener menos competencia podría lograr que se enamorara de mí, pero nunca lo logré. Desde entonces, la busco a ella en todas las mujeres. Pelo negro y ondulado, piel blanca, delgada, ropa informal, tenis y nada de maquillaje, esa es mi medida de belleza. Hace poco me la encontré en un avión y la reconocí enseguida, pese a tener más de 30 años lucía igual que a sus 16. Iba con un hombre que parecía ser su esposo y los odié por ello. Me pregunto dónde estará hoy su hermana. ¿Le habrán servido todos sus trucos para casarse con el hombre que quería?

Todo tipo de cremas en el baño, ropa y zapatos de sobra en el clóset, y las mujeres aún no entienden que a los hombres no necesariamente nos importa eso; con que se vean decentes y se depilen un poco, está todo bien. La feminidad no tiene que ver con lo que se pongan o cómo se maquillen. Es más bien algo en los movimientos, en los gestos, hasta en la voz. Es una especie de serenidad que a los hombres nos derrite porque carecemos de ella. Y eso, como la clase, no se compra en la tienda de la esquina.

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