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¿Qué lecciones de moda dejó Einstein?

Revista FUCSIA

¿Qué lecciones de moda dejó Einstein? Albert Einstein

¿Qué hay detrás de que Einstein prescindiera de decidir qué ponerse todas las mañanas llenando su clóset de trajes grises? Una mirada a cómo se relacionan la moda y la “genialidad”.

El clóset. Un espacio. Un limbo. Un hoyo negro. Un lugar al que se entra, del que supuestamente se sale, una maraña, una trampa. Una suerte de Aleph borgiano: “El lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe vistos desde todos los ángulos”. No es gratuito, ni meramente coincidencial, que la fantasía, la narrativa y la ciencia ficción le hayan encomendado a este espacio, en el que aparentemente solo “guardamos” –y a veces tratamos de encontrar– los calzoncillos, las faldas y los tenis, la capacidad de ser un portal hacia otras dimensiones, hacia mundos paralelos. El clóset encierra una cuestión fundamental: ¿Qué ponerse? Vaya pregunta… 

La matemática y la lógica tienen una forma de explicar la complejidad de la pregunta y la dificultad de la respuesta. Decidir es seleccionar entre hipótesis que compiten entre sí. Hacerlo, es decir, optar por una de esas conjeturas implica un complejo proceso fisiológico, una actividad fuerte en el cerebro y, eventualmente, un gasto de energía importante en el mismo. 

Escoger qué ponerse es entonces un gasto que grandes mentes de la historia quisieran ahorrarse. Albert Einstein es uno de los ejemplos más conocidos. Su mente y la energía de su cerebro debían ser mejor utilizadas que en el mero acto de seleccionar un tipo específico de ropa, razón por la cual comenzó a utilizar, como una constante, trajes de color gris. Décadas después otras mentes brillantes han retomado la noción de no perder energía definiendo qué tipo de ajuar llevar. Una apuesta de vida que tiene que ver con un concepto fundamental llamado “la fatiga de decisión”.

El término y la teoría fueron propuestas por el psicólogo social y catedrático de Ohio Roy F. Baumeister, retomando un concepto propuesto ya hace algún tiempo por Freud: el yo depende de ciertas actividades mentales que involucran la transferencia de energía. Entonces, como mi yo se construye a partir de la transferencia de energía que llevo a cabo al tomar decisiones, es mejor cuidar bien de esas decisiones para mantener un yo equilibrado. 

“Sin importar qué tan racional trate de ser, no podrá tomar decisión tras decisión sin pagar un cierto precio biológico por ello. Esta es una fatiga diferente a la común –no está conscientemente enterado de que está cansado–, pero está bajo en energía mental. Así que cuantas más decisiones tome durante el día, cada vez la siguiente se hará más complicada para su cerebro, el cual, eventualmente, buscará atajos”, escribió John Tierney en 2011 para The New York Times. 

Entonces, si eres Albert Einstein, Barack Obama o Mark Zuckerberg no hay que gastar energía seleccionado qué ropa te vas a poner para trabajar. Parece una decisión más que sensata, aun más si por asumirla es posible que tomes, más tarde, el mismo día, otra decisión supremamente relevante. Parados en esta línea de ahorro y, al menos por ahora, pareciera que el affaire entre la genialidad y la no moda no podría suceder.

Sobre los mismos supuestos, declaraciones como estas cobran sentido: “Verás, solo uso trajes grises o azules. Estoy tratando de disminuir mis decisiones. No quiero decidir qué estoy comiendo o usando, porque tengo muchas otras determinaciones que tomar”, le dijo Barack Obama a Vanity Fair en septiembre de 2012. O como lo expresó Mark Zuckerberg en las oficinas de Facebook, en noviembre de 2014: “Estoy en una posición realmente afortunada, en la que me levanto todos los días y espero servir a más de un billón de personas. Y siento que no estoy haciendo mi trabajo si gasto parte de mi energía en cosas que son frívolas o que no tienen importancia sobre mi vida. Quiero aclararla para que tenga que tomar el menor número de decisiones posibles sobre cualquier cosa que no sea cómo servir de una mejor manera a esta comunidad”. 

En la búsqueda por entender cómo funciona nuestro cerebro cuando estamos frente al armario escogiendo el pantalón adecuado para esa camisa, tratando, además, de reconocer las implicaciones que tiene dicho acto, FUCSIA le escribió a Todd F. Heatherton, coautor de la teoría de la fatiga de decisión junto con Roy Baumeister, profesor del Departamento de Psicología y Estudios del Cerebro del Dartmouth College, y uno de los pioneros en el tema de la neurociencia social, para hacerle unas preguntas. Su primera respuesta fue: “Hola, muchas de las preguntas que hacen no tienen todavía respuestas de la ciencia, sin embargo, haré lo posible por responderles”.

Y así nos respondió. “La toma de decisiones involucra actividad en un número importante de regiones del cerebro, incluyendo zonas que nos señalan qué tanto valoramos las cosas sobre las que estamos decidiendo, tales como el núcleo estriado y la corteza prefrontal ventrocentral –aseguró el profesor Heatherton–. Tenemos un ‘recurso’ limitado de energía para tomar decisiones y controlar el yo”.

Sin embargo, cuestionándolo acerca de la hipótesis de que para las personas como Mark Zuckerberg o Albert Einstein la selección de la ropa para vestirse era un tanto irrelevante, respondió: “Hay gente que experimenta una elevada actividad en regiones de recompensa del cerebro como el núcleo estriado y la corteza prefrontal ventrocentral, que indican que están sintiendo placer con ciertos objetos que seleccionan. Esto afecta su toma de decisiones cuando lo encuentran. Creemos que a mayor actividad de recompensa ocurra, es más probable que la persona escoja permitirse el objeto”, advirtió Heatherton. 

“Estos personajes, cuya trascendencia dentro de la cultura no se da tanto en el orden de la apariencia como en el del pensamiento y los negocios, de alguna manera logran instalarse en la sociedad más por sus acciones y sus logros que por cómo son o cómo se ven, y eso implica también que lo indumentario pase a un segundo plano”, advierte William Cruz Bermeo, investigador del programa de Diseño de Vestuario de la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB), quien durante siete años decidió vestirse bajo unos únicos colores y patrones, arguyendo una suerte de facilidad y tranquilidad frente al dilema de qué usar a diario.

Pero tratando de ahorrar energía a la hora de decidir y de no enmarcarse en un sistema, estos personajes terminan convirtiéndose en íconos del mismo. Las camisetas grises de Zuckerberg, los sacos negros cuello de tortuga de Steve Jobs y los trajes neutrales de Obama se han convertido en símbolos, en señas de reconocimiento de ellos mismos como personajes, y como un coletazo colateral terminan vendiendo más ropa a semejanza de ellos, como pasó con los cuellos de tortuga de Steve Jobs en los días posteriores a su muerte.

“El hecho de que, por ejemplo, Mark Zuckerberg seleccione el gris sobre otros colores lo hace sumamente consciente de lo que está descartando en esa selección. La gente tiene claro lo que no quiere y aun cuando está renunciando a muchas cosas está tomando una decisión”, advierte Eduard Salazar, semiólogo y docente de la Universidad Nacional, quien además pregunta: “¿Zuckerber se pone cualquier camiseta gris?”. 

Estos uniformes son un sello tanto para personajes como el fundador de Fcebook y el residente de EE.UU., como para otros muchos diseñadores como Alexander Wang, Michael Kors y Vera Wang, que después de construir y direccionar las nuevas estéticas, colores, formas y cortes que seguirá la moda en las fechas por venir, salen a las pasarelas con sus fashion uniforms.

“Mi clóset es como un uniforme. Podría caminar dormido adentro. A la derecha encontraría mis jeans negros, a la izquierda mis camisetas. Tengo más de 50 pares de jeans negros y mi armario está lleno de camisetas negras: la negra desjetada, la estructurada negra, la negra formal que uso bajo las chaquetas, la negra de algodón, otra aún más elegante negra de algodón, la negra de cachemira, la negra tejida”, le confesó Alexander Wang a la revista Bazaar en septiembre de 2014.

Y así, a pesar de que la genialidad pareciera apartarse del proceso de la moda y hacer del acto de vestir una mera trivialidad, o bien sea que a través de un cierto artilugio se hace del vestido diario un uniforme capaz de convertirse en una seña de personalidad, una especie de trademark, la moda, su sistema y sus mecanismos no dejan nunca –aunque sí parezaca– de ejercer su influencia sobre el acto “imprescindible e irrenunciable” del vestir. Por eso, el discurso nunca es inocente, y el clóset tampoco lo es.

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