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La conexión de las películas de Nancy Meyers con la realidad es asombrosa.

Vivimos en una sociedad que sólo le da importancia a la juventud y a la belleza, al poder y al prestigio, y todas las personas que no caben dentro de estos parámetros están destinadas a ser ignoradas. Es como si no quisiéramos aceptar que la realidad es una mezcla de belleza y fealdad, de sufrimiento y alegría. Se podría pensar que las convenciones sociales nos obligan a ponernos un lente rosado para ignorar lo desagradable. Por ejemplo, la vejez. Yo no sé en qué momento los viejos dejaron de ser sinónimo de sabiduría para convertirse en seres invisibles. En las antiguas culturas, la edad era vista como un don, hoy los dones son la juventud y la flacura. La publicidad, el cine, los medios escritos, todos giran alrededor de esos valores. Una portada con una mujer joven y flaca es la más vendedora, especialmente si ella está ligera de ropa. Es la expresión del culto a la belleza.

El paso del tiempo deja inevitablemente su rastro, a pesar de que la ciencia esté dedicada a desarrollar productos y técnicas para que las personas permanezcan siempre jóvenes. Por ahora, la solución definitiva no es perfecta y, sinceramente, lo que se ve como resultado es, muchas veces, desastroso. Parecería que la humanidad sólo estuviese pensando en gastarse toda la energía creativa en tratar de borrar las huellas que dejan las vicisitudes de la vida.
Por lo dicho, admiro el trabajo de Nancy Meyers, una guionista norteamericana que trabaja para Hollywood. Sus películas son como radiografías del alma de la mujer, con sus valores y sus defectos. Meyers es una sicóloga muy inteligente y talentosa, cuyas protagonistas son actrices de peso como Meryl Streep o Diane Keaton, mujeres que a sus más de 60 años aún se ven bellas a pesar de las marcas que el tiempo ha dejado en sus caras y en sus cuerpos.

Las películas de Meyers no son un culto a la belleza banal de la juventud, por el contrario, lo que la atrae de éstas es la fuerza que transmite un rostro con el paso del tiempo. No hay retoques ni efectos especiales para distraer la atención. Son historias basadas en experiencias de la vida real. La última producción suya, Es complicado, trata de una pareja que se divorcia después de 20 años de matrimonio. Un marido, ya canoso y con unos cuantos kilos de más, se ‘vuela’ con una mujer de 35 porque un día descubre que se le acabó el amor por su esposa.

Pero se da cuenta, después de algún tiempo, de que ya no tiene nada qué decirle a una mujer joven que sólo busca una chequera, un hijo o un papá sustituto. Descubre que su verdadero amor es su ex mujer y aquí es donde la historia se pone interesante. No quiero contarles la trama de la película, pues vale la pena verla. No crean que es un drama más en el que se colorea la realidad para que la obra tenga un final feliz. No se puede decir que estemos en presencia de una tragedia, pero no es lo que uno espera. La vida tiene giros insospechados y todo el que piense que puede controlar su destino se lleva sorpresas. Desagradables algunas veces, otras, asombrosas.

No es la primera vez que Meyers trata el tema del amor en la madurez, pero en este caso en especial, el personaje representa todo lo que uno se imagina que debe ser una mujer en sus años dorados. La protagonista no tiene problemas de plata, es dueña de una pastelería, tiene un mundo propio lleno de intereses, amigas con las cuales comparte sus alegrías y tristezas y unos hijos a los que adora, pero con respeto. No se refugia en ellos para huirle a la soledad. Son hijos, no amigos.

El alivio que produce ver este tipo de cine reside en saber que alguien está pensando en que tanto los hombres como las mujeres tenemos permiso de envejecer. Sí, hay permiso de ganar unos kilos y saber que la vida no se acaba después de los 40. También hay que aceptar que las arrugas no son algo oprobioso. Lo importante es tener claros aquellos valores que nos permiten llegar al final de la vida con integridad, sin necesidad de pretender ser Barbies a través de ‘arreglitos’ que no logran engañar a nadie pues, digan lo que digan, el Bótox® sí que se nota.

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