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María Elvira Samper y yo María Elvira Samper y yo

Cómo volviéndose a conquistar, José Gabriel habla con María Elvira Samper. Este es un diálogo de amores y unos cuantos desamores.

 
Por: José Gabriel Ortiz
 
30 años después, me pregunto: ¿por qué nos separamos María Elvira?
Porque nos aburrimos de la institución matrimonial, ¿o no?

¿Será por eso?
¡Ay, mijito!, reconoce que tú eres excelente miembro de familia, un gran amigo, un inigualable padre, inclusive hasta ‘buen mozo’, pero como marido… picho. Pobre Dianita, que es la que te tiene que aguantar ahora.

Entonces, ¿por qué no te volviste a casar?
Nooooo , ni de fundas… como dicen: “al perro no lo capan dos veces”. Adoro mi camita, el control remoto de la televisión, mi baño, en fin, todo lo que me rodea en la casa… para mí solita.

¿A qué horas una niña de la alta sociedad, cachaquísima, educada en un colegio convencional como el Gimnasio Femenino, termina estudiando Filosofía y Letras, en la Universidad de los Andes y casi militando en la izquierda rampante de los años 70?
Pues fue precisamente por esa educación confesional y convencional que recibí en el Gimnasio Femenino, que se oponían a que yo estudiara Filosofía, que dizque para que no me descarriara ni perdiera la fe, que fue que terminé adorando mi carrera y con la fe perdida.

Pero, ¿crees en Dios o no?
Sí, yo creo que sí, pero a mi manera. No cómo me lo trataron de imponer en el colegio, es decir, lo hago sin dogmas, ni pecados, ni pendejadas de esas.

Pero tú, cuando te conocí, eras muy católica y practicante…
¿Católica? Ese es el pico, yo creo que hasta beata. Pero cuando aprendí a pensar en la universidad, en filosofía, cambié muchos de mis valores y hasta se me fue la fe cristiana.

En tu niñez, en tu juventud, ¿qué crees que fue lo que más te marcó el temperamento, tu forma de ser?
Definitivamente, la muerte de mi papá. Aunque era muy niña aún, él era mi amigo, mi cómplice, mi confidente, mi alcahueta. 46 años después, todavía me sueño con él, lo extraño y hasta lloro.

Generacionalmente, ¿podríamos pensar que es por primera vez que las mujeres de nuestra edad entran masivamente a la universidad?
Sí, yo pienso que casi 95 por ciento de toda mi promoción nos graduamos de carreras liberales, biólogas, antropólogas, arquitectas, filósofas, hasta ingenieras. Nos quitamos el estigma que teníamos de depender de los maridos… manada de machistas ustedes. Digo, casi todos.

Poniendo el retrovisor, la educación, sobre todo para ustedes las mujeres, ha cambiado mucho aquí en Colombia, ¿cierto?
¡Uy!, sí, mucho, y para bien. Eso es como el chiste, ese viejo tuyo, mientras que a nosotras sólo hasta sexto de bachillerato (hoy undécimo grado), nos comenzaban a enseñar las ‘pequeñas’ diferencias fisiológicas entre el hombre y la mujer, si eso pasara hoy, 90 por ciento de las niñas se pararían y dirían: “profesora, las que ya ‘tiramos’, ¿podemos salir a recreo?”

¿A qué horas terminamos tú y yo de novios?
Yo en quinto de bachillerato, tímida, bobísima, insegura, ingenua. Y tú en sexto, recorridito, coqueto, sabelotodo y sobradito me encarretaste, y ¡suaz!, caí como una pendeja, ¿te acuerdas? Me “echaste el cuento”, como decíamos entonces, el 13 de noviembre de 1964.

Pero, ¿qué?, ¿te arrepientes?
Nooo, qué tal. Yo te adoré con toda mi alma y tú lo sabes. Como será que todavía te quiero un poquito y nos quedó Andrés, que es lo más lindo que tengo en mi vida.

Podrá ser lo más amoroso, inteligente, con sentido del humor, excelente arquitecto, hasta buen cocinero nos resultó; pero con esa barba y esas mechas que se dejó, está feísimo.
No señor… él es el hombre más buenmozo que tiene el planeta.

Era por molestar. Antes de que me pegues un vaciadón, claro que sí, lo idolatramos. Pero volvamos a los noviazgos. Se acabaron las serenatas…
Hay sí, eran lindas. Y pensar que la única que tú me diste, no la oí, porque mis hermanas y mi mamá no me despertaron, de miedo de que yo las regañara porque, antes de conocerte, yo odiaba que me dieran serenata.

Las fiestas en nuestra época eran buenísimas, ¿o no?
Sí, eran buenísimas. Cómo gozábamos. Ustedes se tomaban sus traguitos, bailábamos un poco apretaditos, uno que otro besito, pero hasta ahí llegábamos, no más. Cómo éramos de mojigatos, ¿no?

Sí. De ahí ustedes no dejaban pasar las cosas…

Pero claro, como casi todas éramos vírgenes y ‘tirar’ era pecado…

Pero había una que otra que sí lo había ‘dado’, digo yo, dado el paso…
Sí unas pocas, pero la mayoría se casaban vírgenes, de miedo de que las devolvieran al día siguiente de la luna de miel, como en el cuento de Crónica de una muerte anunciada.

Y, a propósito de Crónica de una muerte anunciada, ¿cómo está Gabo, tu gran amigo?
Muy bien, excelente, hablo telefónicamente con él y con La Gaba cada vez que puedo. No sabes la falta que me hace no poder verlo y estar con él más a menudo, como yo quisiera.

Bueno, nos graduamos de la universidad y tú entras a dictar clases en el colegio Colsubsidio. ¿Por qué dejaste esa linda profesión de maestra?
No la dejé, me botaron. Dizque por anarquista. Porque traté de enseñarles la filosofía de una manera más fácil, más coherente, más lógica, pero como no se ajustaba dizque al pénsum del Ministerio, p’a fuera. Por peligrosa, por revolucionaria, por izquierdista. ¿Qué tal?

¿Cómo llegas al periodismo?
Pues, en un acto de irresponsabilidad mutua, de Felipe López y mía. Cuando él estaba reviviendo la revista Semana, me ofreció el cargo de jefe de redacción y yo acepté. Cómo comprenderás, ni él ni yo, teníamos la más remota idea de cómo se hacía, cómo se armaba, cómo se editaba una revista. Pero fíjate que ahí fuimos aprendiendo poco a poco, y hoy en día tenemos que reconocer que es la revista más importante de este país. Ver las oficinas de Semana hoy y pensar que hace 25 años iniciamos la revista en una casa de inquilinato, una especie de ratonera, por allá en el centro. Cómo pasa el tiempo

Después viene tu dirección del Noticiero de las 7.
¡Uy, sí!, que se me acaba con el famoso episodio de Pardo Llada, que era el presentador, y yo la directora, y él terminó renunciando y vaciándome al aire, durante más de 15 minutos. ¡Qué oso! Pasemos esa doliente página de la historia.

Y llega el Noticiero QAP…
¡Ah, sí!, esa fue una linda experiencia en mi vida, no sabes con el cariño, el fervor y el esfuerzo, con que Gabo, Enrique Santos, María Isabel Rueda, Julio Andrés Camacho y yo montamos ese noticiero. Sin falsa modestia, creo que fue el mejor de la época.

Y, ¿por qué lo acabaron?
Preferimos no licitar la prórroga que nos exigían. Como el ‘Gordo’ Samper nos odiaba por nuestra posición en el Proceso 8.000, pensamos: aquí se desquita y nos descabezan.

Tus relaciones con Ernesto Samper…
Pésimas.

Para terminar, ¿reelección o no?
Por ningún motivo.

Y si no es Uribe, ¿quién?
Muchos. Odio los caudillismos.

Pero dime uno…
Sergio Fajardo, por ejemplo. ¿Por qué no?

¿Y Juan Manuel Santos?
Es posible… pero, o es ahora, o nunca.
 
 

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