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Más que una revolución Más que una revolución

La píldora anticonceptiva le dio un giro de 180 grados a la sexualidad femenina.

Estaba leyendo hace algunos días, que hace 50 años se aprobó el uso del primer anticonceptivo en el mundo: la píldora, el descubrimiento científico considerado el más importante del siglo XX.
Se preguntarán por qué este es un tema relevante. Mucho se ha escrito sobre cómo la píldora marcó una época al cambiar para siempre la vida de las mujeres y los códigos sociales. No sólo les dio libertad a ellas para decidir sobre el número de hijos, también les brindó la posibilidad de entrar a la fuerza de trabajo y de contribuir en igualdad de condiciones que los hombres a la sociedad. Por otro lado, hay que decirlo, le abrió las puertas a la promiscuidad, a los excesos de la libertad sexual mal entendida, lo que, sin duda, modificó para siempre muchos comportamientos sociales y, de alguna manera, socavó los cimientos del matrimonio.
En el momento en que apareció la píldora anticonceptiva, los hombres ya no tuvieron que casarse para tener sexo y el matrimonio dejó de ser indispensable para mantener una vida sexual activa. De un momento a otro, las mujeres tuvieron el mundo en sus manos y pudieron decidir sobre su destino.
Es difícil para las generaciones imaginar cómo transcurría la vida de una mujer hasta la aparición de los anticonceptivos. Eran numerosas las familias, de 14 hijos, las madres durante su vida adulta estuvieron embarazadas de manera casi permanente, y tenían pocas expectativas de vida, dadas las condiciones de salubridad de la época. ¿Se imaginan la vida de una mujer en esas condiciones? Difícilmente se puede aceptar este estado de cosas, pero es algo que todavía sigue siendo válido en muchos países de Asia y África. La religión y los hombres eran los dueños absolutos de la vida de las mujeres. Con la píldora llegó la revolución sexual, la liberación femenina, la educación superior y la entrada en masa a la fuerza de trabajo. Una especie de ‘reforma’, como la protestante de Lutero, que sacudió los pilares religiosos de la sociedad occidental en el siglo XVI.
La institución más afectada fue la del matrimonio, que dejó de ser una obligación para convertirse en una opción en la vida de las mujeres. La baraja de posibilidades se abrió y hoy nuestro destino es responsabilidad nuestra y de nadie más. La popularidad de la píldora sobrepasó todas las expectativas y, si un médico se negaba a prescribirla, siempre había otro que sí lo hacía. Finalmente, las mujeres le ganaron la batalla a la Iglesia, a los médicos que se negaban a formularla y a los gobiernos que se demoraron en aceptar su uso.
Sin embargo, no todos los cambios fueron buenos o, quizá, todavía no los hemos asimilado a fondo en lo que toca a la relación de pareja, con el resultado previsible de que ahora nadie se quiere casar. El número de matrimonios ha disminuido y el de divorcios se ha incrementado. Las razones para casarse cambiaron, ya no son exclusivamente de carácter económico, pues la mujer en general ya no necesita que la mantengan; ni sexuales, en el sentido de que una pareja joven convive antes de casarse sin exponerse al rechazo social. De manera concomitante, aparecieron otros problemas como el despertar sexual en la temprana adolescencia, el aumento en las enfermedades venéreas, el sida. Pero, aun así, creo que las mujeres ganamos. Sencillamente, aprendimos a jugar con otra baraja.
Hoy, un compañero se escoge más por los ‘beneficios’ que trae la vida en común y por el hecho de tener con quien compartir en igualdad de condiciones el camino de la vida. Se podría decir que la institución del matrimonio evolucionó, no para desaparecer, sino para volverse más auténtica. Así, el sentido que se le puede dar al matrimonio linda más con los terrenos del hedonismo que con los de los intereses particulares. Se trata, entonces, de dos personas que quieren estar juntas por el placer que les produce tener a alguien al lado para compartir, porque gozan más la vida juntos.=

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