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McQueen Oda al genio demente y salvaje

Por Vanessa Rosales

McQueen Oda al genio demente y salvaje Alexander mc queen

La muerte de Alexander McQueen detonó un aire frío por los corredores de la alta moda. Hijo pródigo del diseño londinense, trabajó en Givenchy y terminó por convertirse en el más locuaz de los genios, con una fórmula irrepetible donde el arte y la performance iban primero.

En octubre del 2004, una extraña escena se presentó en la Semana de la Moda de París. El suelo de una pasarela tenía el aspecto de un set de ajedrez iluminado, y las modelos, detenidas como piezas, comenzaban a desplazarse mientras una voz robótica indicaba los movimientos: E4, caballo, E5. Así hasta ir desvaneciendo el escenario. Aquella orquestación en carne y hueso del cerebral juego, y que clasificaba como performance artística, estuvo a cargo de Alexander McQueen. Un nombre que siempre causó mareas en el espectro de la moda, y que en estos días reverbera por todas partes, debido a su inesperada muerte, el pasado 11 de febrero.

La mayoría de los medios más importantes del globo ya lo han dicho: McQueen era por encima de todas las cosas un showman. Sus pasarelas eran arte, teatro, espectáculo; piezas chocantes y confrontacionales que robaban el aliento de los acudientes. Los críticos más excelsos consideraban sus muestras como algo obligado, debido a su extraordinaria capacidad para develar lo inesperado. Lo raro, lo hermoso, la técnica y la más extrema vanguardia convivían en su obra sin conflicto. Todos sabían que ir a una de sus presentaciones era vérselas con una especie de abismo. Pantalones que mostraban el trasero –los famosos bumsters– lobos con correa sobre el escenario, agua chorreando sobre una de las modelos, Kate Moss en forma de vivo holograma, carruseles con siniestras chicas luciendo como payasos, zapatos esculturales, estampados digitales inspirados en Darwin, fueron todos parte de su repertorio.

Además, Lee, como todos lo conocían, le hacía fiel tributo a su generación, aquella que emergió de la Londres que viró el sentido estético de la moda, durante la década de los 90. Su singularidad, no obstante, estaba en que era uno de los pocos modistos contemporáneos que sabía cortar tela y confeccionar ropa de manera impecable. Su vestuario podía ser excesivo o alucinante, pero siempre estaba bien hecho, y nunca dejaba de sobresalir su exquisitez. Su obra era un maridaje de lo avant garde y la técnica, dos atributos invaluables para su oficio.

En la pasarela de Otoño-Invierno 2009, McQueen asestó uno de sus muchos golpes maestros. En plena crisis financiera, cuando la industria trastabillaba y la incertidumbre de las ventas soplaba fuerte, la alta moda veía ceñirse sobre sí un cielo borrascoso. En esa atmósfera sin precedentes, él escogió lo impensable: la ironía, la sátira y el reciclaje. El resultado fue un espectáculo que combinaba lo melancólico con lo macabro, en donde las modelos lucían bocas atroces, rojas y enormes, rostros blancos como la tiza y conjuntos que se inclinaban hacia las siluetas de la couture. Todos los vestidos eran retazos reciclados de sus colecciones anteriores. Y la muestra era, en sus propias palabras, “una exploración irónica de la reinvención de un diseñador”.

En teoría, la moda es un engranaje de reinvención constante, pero en los últimos tiempos no ha sido exactamente así. Su recurso reciente ha sido mirar hacia el pasado y usarlo como base. No en vano, durante varias temporadas consecutivas, el regreso de los 80 fue repetitivo, y por la misma razón, las siluetas de los 70 comienzan a resurgir en las últimas pasarelas.

Ese show de McQueen representaba una bofetada. No tenía ningún valor comercial, precisamente en un momento de incertidumbre económico, y era una de las puestas en escena más siniestras, irreales y dramáticas jamás vistas. Burló el famoso New Dior Look, los little black dresses a lo Audrey Hepburn, usó espejos rotos y bolsas de basura. Le dijo a la industria, sin escatimar, que no existía hoy por hoy la originalidad de la que tanto alardean los diseñadores y que lo nuevo era un mero símil de lo viejo.
En esencia, era un provocador. Cuando aún desplegaba sus muestras en la Semana de la Moda de Londres, se le apodó como el niño terrible de la industria. Pero la periodista y crítica de moda de The New York Times, Cathy Horyn, supo modificar el apelativo lúcidamente a enfant sauvage (niño salvaje). Detrás de todo lo que hacía, había precisamente eso, salvajismo, un instinto primario que sabía sofisticarse en arte visual. Además, con los más variados y altivos referentes, entre ellos M.C. Escher y Bauhaus. Alguna vez incluso se inspiró en los filmes cinematográficos Taxi Driver y varios de Alfred Hitchcock. No le temía a la oscuridad ni al terror. También por eso era capaz de convertir sus pasarelas en campos de batalla, donde liberar indómitas emociones, las suyas inclusive, sublimándolas, revelando la fisonomía de su subconsciente, donde lo fantasmagórico, el espíritu de un oscuro juego y lo fantástico no eran ajenos. Y en donde, como ha dicho la periodista Ingrid Sischy “había un mood verdadero, una mezcla de lo concreto y lo imaginativo, casi como si fueran artefactos de una historia que pudo o no haber pasado”.

La misma Cathy Horyn también lo puso en la misma categoría que a John Galliano: genios dementes que cambiaron nuestras nociones sobre la ropa y el vestir. Pero McQueen no era ningún niño, en primer lugar, porque desde sus inicios jugó en las grandes ligas y porque ciertamente no era la adoración de todo el mundo. Las extrañas y remotas locaciones que escogía para sus presentaciones –como el lugar donde fue apresada María Antonieta antes de ser ejecutada– siempre sublevaban quejas, y al comienzo, fue acusado de ser misógino. Guy Trebay dijo alguna vez que pocos como McQueen comprendían el padecimiento de las mujeres, al ser objeto de una mirada inmisericorde. Él, sin embargo, dijo que era un anarquista y que “la gente no quiere ver ropa, quieren ver algo que encienda su imaginación”.

Lee nació en el East End de Londres en 1970, era hijo de un taxista, y en el colegio lo apodaron cruelmente ‘McQueer’; desde siempre fue abiertamente gay. Pero las expectativas que sobre él había eran mucho más corrientes, su destino debía ser convertirse en plomero, obrero o algo por esa línea. Pero su inclinación hacia la confección de moda era innata, su madre le regaló un libro sobre personajes de la industria que afianzó su ambición, y en su adolescencia pasó a ser aprendiz en Savile Row, donde aprendió a hacer ropa para clientes de alto perfil. Uno de los rumores en torno a esa época es que cosía palabras obscenas al interior de las chaquetas del Príncipe de Gales.

Luego pasó a las filas de la escuela londinense Central Saint Martins, de donde salieron también Galliano, Stella McCartney, Christopher Kane. Y en 1992, la excéntrica Isabella Blow, editora de la revista Tatler compró toda la línea que confeccionó para su graduación. Y comenzó su estrellato. En 1997 pasó a ser el modisto estrella de Givenchy durante cuatro años, y no sin sobresaltos ni roces con la maquinaria corporativa. En el 2001, Gucci compró una buena porción de la línea McQueen, entonces se lanzó a hacer ropa masculina, sport y accesorios.

Pese a no tener aspiraciones tan intelectuales como un Lagerfeld, McQueen condensaba cine y fotografía, fábulas, piezas históricas, dimensiones feéricas y el romanticismo de los siglos XVIII y XIX. Como pocos, había sabido integrar el elemento tecnológico a sus frutos y procesos creativos. Su última pasarela denotó ese instinto, esa aguda intuición por el presente y el futuro, porque McQueen entendía con lucidez la tradición que lo precedía –así lo demostró al burlarse de un siglo entero de moda en el 2009– y también los puntos cardinales de la sociedad contemporánea que lo envolvía. De allí su colosal sello como artista, porque lo suyo era algo mucho más grande, una visión del mundo exquisitamente orquestada a través de la performance y el espectáculo, donde también, pero casi como un mero complemento, estaba la belleza de la ropa.

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