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Mi vida al ritmo de Facebook

Samuel Giraldo

Mi vida al ritmo de Facebook Las fotos que subían al Facebook me animaron a asistir, pero volví a caer en el engaño de las imágenes del ‘libro de caras’.

En esencia, la gente es mala para llevar una conversación con viejos amigos de la universidad. Ese es el milagro de Facebook, hacer que todos hablen, comenten y disfruten de cosas idas y, de paso, evitar encuentros físicos que pueden ser desalentadores.

Todo comenzó cuando a X le dio por organizar un grupo en Facebook en donde se encontraran los primíparos del siglo XX. Aquellos que soportaron las primeras envestidas de rock en español de la mano de los Hombres G, Toreros Muertos, Prisioneros y Soda Stéreo, por supuesto. Eran los mismos que en su adolescencia habían tenido que cantar con los grupos Menudo y Los Chamos, y ver cómo el cartel de los Rodríguez se salía con la suya y hacía del América un equipo de fútbol de talla mundial. La mayoría nutrían su esencia rumbera con el Grupo Niche, Los Melódicos y Guayacán Orquesta.

Estaban entre los 35 y los 45 años, más o menos. Unos casados y con hijos, muchos viviendo en el exterior, y algunos pocos muertos. La convocatoria la hizo X, uno de los más entusiastas primíparos de aquella época, que se ideó la forma de nombrar el grupo en Facebook: ‘Yo también vi clase con el profesor W’. X era un inmigrante en Los Ángeles y estaba estrenando en público su “salida del clóset”.

Fue una inteligente convocatoria, pues en torno a un profesor popular se vincularían la mayoría de los estudiantes de esos años, sin distingo de grupos y amigos. La efervescencia y calor del grupo se transformó en un gran encuentro en el campus de la universidad.

Las fotos que subían al Facebook me animaron a asistir, pero volví a caer en el engaño de las imágenes del ‘libro de caras’: por lo general todos ponen una foto sensual con algún lugar de referencia geográfica internacional de fondo. Los buenos padres salen con sus hijos y los más radicales ponen a la Barbie, a Pinocho o a Homero Simpson.
Más que el encuentro en el campus, lo simpático fue la comunidad virtual en sí misma. Las ‘denuncias’, los comentarios en el ‘muro’, los apuntes a las fotos, etc. Uno que otro animado subió fotos de los comienzos de los 90. Las mujeres lucían sus copetes Alf y los hombres mocasines Zodiac o tenis Reebok. Sus cuerpos eran delgados y casi todos los hombres gozaban de una abundante cabellera.

Cuando el humor negro hizo su aparición en el Facebook, los apuntes entre líneas de los miembros del grupo empezaron a ser mordaces:
–Hola Nani, ¿sabes algo de Cata?
–Sí, muñeca, vive en Miami.
–Esperé y esperé a que saliera en El cartel de los sapos, pero nada.
–Fresca, estoy segura de que aparecerá en Las fantásticas.

Y comenzaron las más negras denuncias sobre el prontuario de algunos de los primíparos de los 90. Había un innombrable porque fue extraditado; había una chica Z que no aparecía en el homenaje póstumo, aunque desde 1993, cuando salió para una finca cerca al lago Calima, está desaparecida.

Y lo que era una grata reunión del pasado –como si uno se pudiera meter en una foto, vivir unos minutos al interior de esa escena y volverse a salir– se transformó en una crónica judicial de esa época que marcó a una generación, hasta tal punto, que muchos se fueron para nunca volver.

No todo fue malo, simplemente fue. Quedamos en reunirnos el próximo año, pero ahora todos nos seguimos en Twitter.

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