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El mito de la monogamia

Revista FUCSIA

El mito de la monogamia

A pesar de ser la manera en la que los seres humanos establecemos relaciones de pareja, la monogamia no es algo instintivo para el hombre. Antropólogos y sicólogos han estudiado las razones por las cuales nos relacionamos de esta manera.

Lemonade, el más reciente álbum de Beyoncé, ha causado un gran revuelo entre sus seguidores. No solo porque se trata de una especie de álbum / película en donde cada canción cuenta una historia hilada a través de los poemas de la escritora somalí Warsan Shire, sino porque el tema central es la rabia y los celos provocados por una infidelidad.

Beyoncé, quien está casada con el rapero Jay Z desde el 2008, ha puesto el tema de la monogamia en boca de todo el mundo. ¿Cómo es posible que esta pareja, aparentemente estable, sufra los embates de una traición? Aquellos que han experimentado una relación larga saben que permanecer fiel a la pareja, a pesar de sentir atracción por otras personas, es uno de los retos más grandes a la hora de comprometerse con alguien.

Pareciera, entonces, que la monogamia no es algo instintivo para el ser humano. Aun así, hemos optado por ella a lo largo de la historia de la civilización. Esta contradicción ha llevado a grupos de científicos, antropólogos y sicólogos a preguntarse si la monogamia tiene más que ver con la evolución que con el romance o si tal vez es una construcción social que, en los tiempos de Tinder, parece anacrónica.

La explicación científica

Menos del 3% de los mamíferos son monógamos. Esta rarísima costumbre humana ha llevado a que los científicos estudien todas las variables de su origen. Según el antropólogo Cristopher Opie del University College of London: “Hay varias hipótesis sobre la monogamia. Una es que cuando los hijos demandan de más cuidados, es mejor tener dos padres. La segunda, conocida como “escoltar al compañero”, propone que los machos deben estar cerca de las hembras para protegerlas de otros machos rivales. La tercera es que los machos se quedan con las hembras para defender a sus hijos de los ataques de otros machos, que quieren matar esa descendencia para que las hembras puedan quedar embarazadas nuevamente”.

Sin embargo, ninguna de estas hipótesis es contundente a la hora de establecer la razón por qué, a medida que el cerebro de los primates se fue agrandando y se fueron estableciendo en sociedades más complejas, la monogamia terminó instaurándose como modo principal de relación.

Un estudio publicado por la Universidad de Waterloo de Canadá el pasado abril da nuevas luces sobre este misterio. Según los hallazgos de un grupo de antropólogos de esta institución, el cambio de poligamia a monogamia pudo haberse dado hace 10.000 años con la llegada de la agricultura. Las tribus, que antes eran nómadas, comenzaron a asentarse y ya no podían darse el lujo de tener enfermedades de transmisión sexual que mermaran la población.

En palabras de Chris Bauch, autor de la investigación: “En pequeñas comunidades polígamas los brotes de enfermedades de transmisión sexual tenían una vida corta, permitiendo que la población se recuperara rápidamente. Pero en grandes sociedades polígamas el efecto es el contrario. Enfermedades como la clamidia y la gonorrea se volvieron endémicas. Como resultado la población se desplomó y los únicos que permanecieron fueron quienes practicaban la monogamia”.

La nueva monogamia

Para la sicóloga norteamericana Tammy Nelson, es necesario redefinir la monogamia: “Las estadísticas no mienten. 35 a 55% de las personas que tienen un affair dicen sentirse felices con su matrimonio. ¿Cómo podemos seguir viendo la infidelidad como un síntoma de matrimonios disfuncionales cuando, en apariencia, parece suceder en parejas felices? Tal vez sea hora de pensar un nuevo modelo de monogamia, ya que la infidelidad no es un asunto que se pueda ver en blanco y negro”. Según Nelson, quien ha escrito un libro sobre el tema, es necesario reconocer que muchas parejas casadas tienen la necesidad de experimentar vínculos más fluidos con sus cónyuges: “Estamos en una época en donde la expectativa de vida es más alta, al igual que la idea de felicidad. Por esta razón no podemos seguir entendiendo la monogamia con base en modelos del pasado”.

Lo que propone Nelson es una manera mucho más honesta de relacionarse en donde cada uno entiende que el otro es su pareja principal. Esto permite vínculos con otros, siempre y cuando no se ponga en riesgo la unión marital. Como lo explica: “Hay que cambiar la conversación. El matrimonio se convierte en el centro, pero para esto es importante reconocer que podemos sentirnos atraídos hacia otros, pero que eso no equivale a divorcio”.

Aunque los planteamientos de Nelson han recibido bastantes críticas, pues para algunos se trata de volver el matrimonio una cuestión poliamorosa, abren una reflexión interesante. Tal vez ser más sinceros frente a esos impulsos que nos hacen pensar en la infidelidad y hablarlos con la pareja puede hacer que el vínculo se fortalezca y que no haya tanta presión frente a una manera de relacionarnos que no es necesariamente la única posible para el ser humano.

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