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Huellas vivas Huellas vivas

La moda debe comprometerse cada día más a conocer, rescatar y respetar el acervo artesanal colombiano. Arriesgarse a hacerlo partícipe de sus dinámicas para que así el consumidor integre a su vida esas tradiciones hechas objetos. La creación de prendas es un vehículo eficaz para proteger la herencia cultural del país a la vez que encuentra en esa alianza una identidad y una manera de deslumbrar al mundo. La segunda versión de la feria Expoartesano realizada en Medellín fue la oportunidad para tener un contacto íntimo y cercano con los más bellos productos de las comunidades indígenas y artesanales. Estas páginas no pueden contener todas esas magníficas historias contadas por manos tejedoras, pero sí ofrecen un pequeño vistazo a esa magia que nos habita.

María Lina Aisama

Embera chamí (resguardo Malvinas)



Los collares hechos por María Lina Aisama y su comunidad han viajado desde Florencia, Caquetá, pero en ese trasegar entre montañas y ríos han traído algo más que exuberantes chaquiras tejidas. Lo ha hecho, en realidad, todo el universo simbólico de su etnia embera chamí, que ha encontrado una y otra vez en los collares que usan hombres y mujeres un particular lienzo. Todos tejen. También los niños y las niñas que van aprendiendo a traducir su universo particular en cada una de las chaquiras que ensartan a mano o tejen con aguja. Son, pues, piezas únicas que tardan en ser hechas entre cuatro y siete días. Algunas muestran colores vivos y juegos geométricos que parecen hablar de su cosmogonía; otros, por el contrario, recrean el jaguar, un animal inexistente en las tierras de los emberas, principalmente asentados en los departamentos de Caldas y Risaralda, pero que se asemeja a la cara del jaibaná (sabio) cuando se la pinta con el rojo del achiote.

Indira Mendiola

Resguardo indígena kankuamo

Llegó del resguardo indígena kankuamo, en la Sierra Nevada de Santa Marta. Se declara una tejedora de sueños. Cultiva desde pequeña el maguey, una mata de hojas largas que demora siete años en crecer y dar una fibra suficientemente larga para hacer los hilos. Sus padres le enseñaron a rasgar las hojas con una macana, instrumento hecho de madera. Luego, a tinturar esos hilos con raíces, tallos, flores y frutos. “Todo nos lo da la madre naturaleza. Por ejemplo, el color café lo extraemos de la cáscara del coco; el azul, de los pétalos de la flor de la cayena roja; el rojo, de la corteza de un árbol que se llama Brasil, y el verde, de la cáscara de la cebolla”, cuenta Indira. En el tejido tradicional de la Sierra, las mujeres plasman las imágenes mentales que tienen del universo, la flora y la fauna. Algunos tejidos representan los caminos, las flechas o los nudos de las cañitas. “Las kankuamas entramos desde el año 2003 en un proceso de recuperación cultural porque perdimos la lengua, y usamos nuestra manta solamente para bailar el chicote, la danza de nuestros antepasados, y para eventos ceremoniales. Necesitamos que nuestras tradiciones vuelvan a florecer”.

Rosmary Uribe

Cuna (Caimán alto)



Borda y corta las telas para hacer sus vestidos. Las mujeres cunas crean coloridas molas para juntar después dos y hacerse un traje. “En cada una bordamos los paisajes que tenemos alrededor. Uno se los imagina y hace los animales. Primero pone la tela y los va bordando, o coloca una pieza sobre otra y empieza a cortarla, sobrepuesta, para que se pueda ver la de abajo”, cuenta Rosmary, quien explica que el tamaño tradicional de las molas apela a la medida común del contorno de las mujeres de su etnia: “Pero como soy más gordita necesito otros tamaños”, dice sonriendo. En realidad los indígenas cunas, asentados en Colombia a lo largo del curso del río Atrato, han transformado el tamaño de sus cuadros en tela tradicional para complacer las demandas de los turistas y compradores. Cada mola lleva el nombre de la mujer que la ha cosido, es algo que le pertenece y que encarna todo un animalario que se desprende de su cabeza. Sus antepasados no usaban telas sino plantas que convertían en rústicos textiles. Hoy, traen la tela del municipio más cercano. Rosmary lleva 25 años cosiendo, pero ahora su hija, que va al colegio, no pinta directamente sobre la tela: “Guarda todos los dibujos que va a coser en su cuaderno”.

Osiris Moreno Blandón

Quibdó

La corteza de un árbol grande y frondoso que se da en la espesura de la selva, se ha convertido en una materia apetecida por las mujeres de la comunidad afro de Quibdó, que crean con esta diseños útiles y cotidianos. “Los extractores de madera sacan la corteza, la secan y la vuelven tela, y nosotras empezamos con ella un segundo proceso que es diseñarla”, cuenta Osiris Moreno, quien junto con su madre, Margarita Mena, conformó M Artes del Chocó, uno de los muchos talleres que han hecho del oficio de la damagua una manera de obtener ingresos extra, a la vez que habla de la forma de vida de un pueblo. Osiris trae consigo un pequeño bolso de los que crea con su madre. Este hace alarde de la técnica de esterillado y fue teñido con tintes extraídos de plantas como el sauco, la cúrcuma y la Santa María. Lo enseña con orgullo porque después de ocho años apenas si muestra algo de desgaste.

Carlos Jamioy

Kamëntsá

Su viaje fue un verdadero periplo. Carlos Jamioy salió desde el Putumayo y no quiso tomar un avión. “Por tierra podía traer más máscaras e instrumentos musicales, que son las expresiones culturales de mi pueblo”. Las máscaras son esenciales: abstraen los gestos propios de los hombres Kamëntsá y son usadas en rituales ceremoniales. Todo empieza con el sauce; luego, con un cincel, se van esculpiendo caras que muestran expresiones como la risa, la picardía o la seriedad y que se convierten en un emblema de que la comunidad sigue viva. “Pero por cada árbol cortado es un mandato sembrar cinco para que la madre naturaleza nos siga dando todo”, explica Jamioy. Las máscaras más grandes, ataviadas con imponentes coronas de plumas, representan a las autoridades tradicionales y a los médicos, por eso se cree que poseer una de estas alivia los males y mantiene protegida a la comunidad.

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