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La rebeldía de Patricia Arquette

Revista FUCSIA

La rebeldía de Patricia Arquette La rebeldía de Patricia Arquette

La actriz, ganadora del Óscar a mejor actriz de reparto en el filme 'Boyhood', se ha abierto paso a la fama a pesar de ser una mujer inusual que no sigue los patrones de belleza que Hollywood impone.

Patricia Arquette ha demostrado ser tan desafiante como paciente. Desafiante porque, apenas a sus 12 años y desde entonces, se dio cuenta de que no quería ser una mujer común, rebelándose contra los estándares de belleza que la sociedad le imponía.

 La historia es conocida entre los medios, pero vale la pena recordarla: un buen día sus padres le dijeron que era hora de ponerse frenillos para enderezarse los dientes. Ella enseguida contestó que no quería lucir perfecta, porque iba a ser eso, la imperfección, lo que diera carácter a sus personajes.

Entonces Arquette sabía algo, si no todo, del mundo de la actuación: su tatarabuelo había sido actor de teatro, llegando a especializarse en el género vodevil, popular en Estados Unidos a finales del siglo XIX; su abuelo interpretó por años al personaje de Charley Weaver, reconocido en la cultura norteamericana por ser parte del programa Tonight Show; su padre, Lewis Arquette, con un físico parecido al de James Dean, pero con mucha menos suerte, tuvo roles menores en series televisivas. Por último estaba su hermana, Rosanna Arquette, quien ya entonces se perfilaba para ser esa gran actriz que todos conocimos como la esposa del gánster de Pulp Fiction.

Era tanta la rebeldía de Patricia que solo un año después se rapó el pelo, empezó a fumar cigarrillos y a escaparse de la escuela, aprovechando uno de esos días para entrar a robar una tienda de ropa con sus amigos. A los 14 se fue a vivir con Rosanna, quien la recibió en su apartamento con la condición de que tomara clases de actuación. “Quería ser independiente, interesante, una aventurera. Pero ante todo quería ser valiente”, dijo Arquette al diario New York Times. Pronto obtuvo su primer papel en la serie de televisión Daddy, donde protagonizaba una adolescente embarazada; rol que no estaba lejos de representar su vida real: unos meses después de empezar a filmar, y apenas a sus 19 años, Arquette se dio cuenta de que estaba esperando a su primer hijo, Enzo, producto de su fallida relación con el músico Paul Rossi. Por su embarazo tuvo que rechazar el protagónico de la película Last Exit to Brooklyn, lo que la hizo preguntarse si llegaría a tener otras oportunidades en el difícil mundo de Hollywood.



Todo, menos ser la rubia ingenua

Las oportunidades fueron presentándose. De las más notables: su rol en Wildflower, película que fue dirigida por Diane Keaton, y que cuenta la historia de una sordomuda que es maltratada por su padre. Para entonces Arquette era de las pocas actrices de Hollywood que tenía que pagar la totalidad de sus cuentas, ser madre soltera, escoger entre comprar pañales o comida, ya que no contaba con el dinero suficiente.

Tenía rabia por su repentina separación con Rossi y por haber quedado embarazada, y para no afectar a su hijo decidió filtrar sus emociones a través de los pocos papeles que conseguía. Pero en 1993 fue escogida por Quentin Tarantino para que protagonizara True Romance, película que cambió su suerte y que marcó el inicio de su trabajo con directores de cine independiente.

 En el filme hizo las veces de Alabama Whitman, un personaje aún vigente en la memoria de millones de cinéfilos, porque creó el prototipo de la joven de los años noventa: intrépida, que usaba estampados de animales, gafas de plástico, sostenes de neón, y que tenía como heroínas a las Spice Girls.

Este papel también le reveló un estereotipo en el que no quería estancarse: el de la rubia ingenua. Primero, porque la esperanza de vida en Hollywood para quien interpreta este papel tiende a ser corta, ya que depende del envejecimiento de la actriz. Segundo, porque tanta rebeldía no podía ser desperdiciada. “Existe una presión en Hollywood sobre cómo tienen que verse las actrices. Se supone que uno no debe envejecer, que hay que parecer de 35 aunque se tenga 50”, dijo para el diario The Guardian.

Pudo desligarse de este rol cuando en 1999 rodó Stigmata, película de terror dirigida por Rupert Wainwright; y reafirmar su posición como actriz al ser escogida por Michael Gondry para que fuera parte de Human Nature, donde interpreta a una mujer que, por un desequilibrio hormonal, tiene el cuerpo repleto de pelos.



El papel de la paciencia

Al ser una actriz fronteriza, Arquette tuvo que aceptar papeles en televisión que le permitieron costearse la vida al tiempo que hacía cine independiente. Por eso, y porque quería darle a los televidentes contenidos de calidad, aceptó ser la protagonista de Medium, serie que cuenta la historia de una vidente que colabora con la policía y que trata de llevar una vida común.

 Lo que no supimos sino hasta el año pasado fue que la actriz también aceptó este rol porque tenía entre manos un proyecto que no podía develar: la película Boyhood, del director Richard Linklater. Nominada a seis premios Óscar, entre ellos mejor actriz de reparto –debido a la interpretación de Arquette, por supuesto–, y filmada una semana al año, durante un periodo de doce años, la película tiene como centro la historia de Mason (Ellar Coltrane), un niño que vemos crecer en pantalla, desde su infancia hasta su adolescencia. Alrededor de él se va tejiendo la historia de su familia: de su madre entregada (Patricia Arquette), de su padre bohemio (Ethan Hawke), de su hermana alternativa (Lorelei Linklater). Arquette se reconoció en Olivia porque, como ella, fue madre soltera, vivió dos divorcios –con Nicolas Cage, en 2001; y con Thomas Jane, en 2011–, y despidió a sus hijos cuando entraron a la universidad.

Sobre todo, es por este papel que el público y la academia empezaron a reverenciarla. Mientras otras actrices saltan a la fama con roles que no cambian la forma de ver el cine, Arquette se dispuso a llevar a cabo, sigilosa y con prudencia, un proyecto que tiene como centro el paso del tiempo y que además mide la fragilidad de su ego.

Pero envejecer en pantalla era lo que menos le preocupaba. Tuvo miedo, en los años, que la película no contara con suficiente presupuesto; que los niños quisieran salirse del proyecto –de hecho, hubo un momento en que Lorelei pidió que su personaje muriera–; que al ser estrenada la crítica la recibiera de mala manera, porque lo cierto es que el filme da cuenta de vidas comunes y en las vidas comunes –a diferencia del cine– pasa poco.

Para el escritor y crítico de cine Hugo Chaparro: “Patricia Arquette, y el reparto que la acompaña en Boyhood, tuvo la suerte de revelar, según la sabiduría para comprender los misterios del corazón humano a la manera de Richard Linklater, un matiz esencial del cine: el tiempo que permanece filmado para ser visto en la pantalla. Si un artista pretende hacer realidad la ilusión de algo tan desconcertante como un clásico, madame Arquette lo consiguió encarnando a la madre de una historia donde el ser humano y sus dilemas sirven como metáfora de los retos a los que se enfrenta una actriz con el talento de su arte en movimiento”.

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