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Una visita a la Capilla Sixtina de la Amazonía

Por María José Castaño D.

Una visita a la Capilla Sixtina de la Amazonía Fotos: Fundación Herencia Ambiental Caribe

Una joven empresaria y aventurera, hija de uno de los descubridores de este tesoro arqueológico, se pone las botas para adentrarse en ese inhóspito y fascinante rincón de la Amazonía colombiana.

En la tierra hay pocos sitios intactos. La Serranía del Chiribiquete es uno de ellos. Solo la naturaleza, el tiempo y las manos de culturas ancestrales han sido responsables de dar forma a este parque inexplorado. Para los científicos es un ecosistema único en el mundo. Para los indígenas, un sitio sagrado y su casa espiritual. Para mí, un lugar sobre el que he escuchado hablar desde que era niña, pero que nunca imaginé tener la oportunidad de ver con mis propios ojos hasta que mi padre, Carlos Castaño Uribe, uno de sus descubridores y el arqueólogo que más a fondo lo conoce, decidió llevarme.

La Serranía del Chiribiquete es la más grande de las 59 áreas protegidas por Parques Nacionales Naturales. Julia Miranda, directora de la entidad, lo ha ampliado tanto para protegerlo que hoy Bogotá cabe 34 veces en su territorio. De la jungla virgen surgen los tepuyes, mesetas que alcanzan la altura de hasta tres torres Eiffel juntas. En sus estribaciones, mi padre y su equipo de investigadores han hallado más de 50 murales con más de 70.000 representaciones relacionadas con los hombres jaguar. Después de dirigir nueve expediciones científicas y estudiar por tres décadas sus pinturas, está convencido de que este arte rupestre esconde las claves de la cultura amazónica, el chamanismo y la jaguaridad.

En los años ochenta, este territorio ni siquiera aparecía en los mapas. Fue gracias a un error, o al destino, que mi padre, en ese entonces director de Parques Nacionales, lo conoció y lo declaró área protegida. Ese primer encuentro ocurrió en 1987: “Salíamos de un recorrido al parque Amacayacu en el Amazonas. Íbamos en una avioneta para San José del Guaviare y una tormenta nos obligó a desviarnos al sur. En el horizonte fue apareciendo una serranía ignota, hasta entonces solo conocida por los indígenas y escasamente visitada por exploradores. Para mí fue toda una revelación y el gran descubrimiento fue su arte rupestre”, recuerda mi papá.

Treinta años después, logré acompañarlo como su asistente de campo. Cuando has crecido con un Indiana Jones de carne y hueso, has dormido con titíes en la cuna y cruzado selvas para liberar tigres decomisados, sabes a qué atenerte en un lugar agreste y salvaje. Sin embargo, Chiribiquete supuso un reto nuevo. Tuve que entrenar tres meses para soportar las extremas condiciones: sesiones diarias de cardio para la resistencia; pesas y una dieta estricta para fortalecer los músculos pensando en la escalada. También tomé multivitamínicos y alterné ejercicio con reposo, previendo que no podía darme el lujo de enfermarme mientras estuviera allá.

Partimos la última semana de noviembre de 2017. Tomamos un helicóptero desde Bogotá hacia San José del Guaviare. Llevaba lo mínimo en mi mochila. Tres mudas. Una navaja. Una cámara. Una bolsa de aseo personal biodegradable. La prioridad era el equipo de escalar y mucha agua. Hora y media después de tanquear en San José, pudimos ver la transformación del paisaje. Cambiamos las plantaciones, las vacas y la enorme calvicie de la deforestación del Guaviare por un piso de gamas más verdes que el amor verde de García Lorca.

El helicóptero nos dejó sobre una escarpada meseta en medio de la nada. A 600 metros de distancia vertical, los tepuyes son refugios naturales de los casi 15.000 jaguares que habitan en la selva. Teníamos carpas, cajas de provisiones, equipos de emergencia, la bendición y un teléfono satelital para avisar cada mañana y cada tarde que seguíamos vivos. En la altura de los tepuyes no hay agua y el sol no da tregua. Lejos de los grandes depredadores, los insectos inofensivamente insoportables se pegan al cuerpo para chupar la sal, un bien escaso en la región. Pasamos cinco días a una semana de camino de la mal llamada civilización. Éramos cuatro: mi padre Carlos, Jota Arango, su coordinador logístico y fotógrafo, y Juan Berdugo, un rescatista profesional.

El objetivo de este viaje era rescatar cámaras de fototrampeo instaladas en la expedición anterior y organizar la logística para llevar a la comisión de expertos de la Unesco, que estudia la nominación del parque como patrimonio natural e inmaterial de la humanidad. Mi padre sabe dónde y cómo encontrar estas pinturas con las que a veces sueña. Protegidas de la lluvia, no están en sitios visibles del parque, sino en medio de las profundas vertientes de los tepuyes, a alturas que los científicos no logran explicar cómo fueron alcanzadas por los indígenas.

Nuestra búsqueda de nuevos murales empezó de manera remota con un dron. Sentados en el borde del abismo, el insecto robótico subía y bajaba por las rocas. Pasaron dos días de angustia y el traslado a otro tepuye antes de que en la pantalla apareciera el dibujo de un pequeño pescado rojo. Juan Berdugo preparó las cuerdas, los arneses y el camino de descenso. Primero, Juan y Jota; después, papá y yo. Para no pensar en el vértigo de los 40 metros de rapel en picada, me aferré a la idea de que iba a ser una de las primeras personas en ver ese mural. Los paneles iniciales estaban muy deteriorados y casi no se distinguían las formas. En los de abajo, 15 minutos a pie, se veían claras las escenas de feroces cazadores rodeados de enormes jaguares, plantas y animales.

De acuerdo con mi papá, todas las pinturas de Chiribiquete están relacionadas con el mito de origen del mundo, según el cual el sol y su hija, la luna, tuvieron un hijo: el jaguar, enlace entre el mundo físico y el espiritual, y símbolo del poder y la fuerza para los cazadores-guerreros. Mientras observábamos los paneles, mi padre me enseñaba cuáles figuras representaban a los chamanes consumiendo plantas como el yagé y el árbol yopo, así como los venenos de hormigas y avispas, para convertirse en hombres-jaguares.

Los dibujos de Chiribiquete datan de 20.000 años, lo que se considera, según mi papá, “una de las evidencias de presencia humana más antigua de Latinoamérica”. Las pruebas de carbono 14 no solo han permitido saber la edad de las pinturas, sino que han probado la existencia de dibujos recientes, lo que indica que la tradición sigue viva. “¿Quiénes crees que siguen pintando en la actualidad?”, le pregunto. “No sabemos con certeza. Pero creemos que son las comunidades no contactadas o en aislamiento voluntario que viven dentro del parque”, me dice.

Teníamos ocho horas antes de que cayera la noche para recoger toda la información posible y escalar hasta nuestro campamento. Mi padre era metódico organizando su material y yo llevaba en un cuaderno el registro de medidas y descripciones de cada dibujo. Aunque el trabajo que hacíamos buscaba recoger elementos de prueba para proteger el sitio, no dejaba de inquietarme que nuestra presencia pudiera afectar esas tradiciones sagradas.

Muchos colombianos supieron de la existencia de Chiribiquete en 2016 por la película Magia salvaje. Desde entonces, decenas de operadores turísticos ilegales ingresan sin cuidado alguno, poniendo en peligro el entorno natural y las tradiciones indígenas. En 2015, cerca de 100 personas no autorizadas entraron a Chiribiquete, de acuerdo con las cifras de algunas empresas de turismo que prestan sus servicios en el Amazonas. Lo hicieron por los ríos Yarí y Mesay, por aire o por tierra, en expediciones que llegan también a los resguardos indígenas. La decisión de Parques Nacionales es que el acceso sea solo por aire, con autorización de la entidad y la Aeronáutica Civil, ya que el turismo por tierra afectaría el hábitat de muchas especies únicas y la vida de las comunidades indígenas.

Cuando subimos al campamento, Jota cocinaba arroz, fríjoles y salchichas enlatadas, nuestra comida predilecta y obligada de la semana. Miramos juntos algunas de las fotos que él tomó y recordé las discusiones con mi padre sobre revelar imágenes y contar la historia del lugar. Él ha sido partidario de guardar el secreto para preservarlo, mientras que yo he defendido la idea de que es necesario divulgar, pues nadie protege lo que no conoce. En el fondo estamos de acuerdo: un momento para cada cosa. Papá ha guardado material inédito sobre Chiribiquete desde hace 25 años, para no poner la zona en riesgo, antes de contar con los instrumentos para protegerla. La lucha que ha llevado a cabo desde la investigación científica y desde lo institucional, con el compromiso de Julia Miranda y el apoyo de Juan Manuel Santos, entra a una nueva etapa con la postulación ante la Unesco como patrimonio de la humanidad y quizá con ello llegue el momento de darlo a conocer. “Esa declaratoria sería un eslabón más para garantizar, desde la intervención política, la protección que genera un compromiso mayor del Estado”, me dice.

Cinco días después de nuestro arribo, el helicóptero regresó por nosotros. Partimos dejando atrás una de las pocas esquinas del mundo que no han padecido las consecuencias del progreso. Una victoria a la que quizá no le queda mucho tiempo. A 15 minutos del parque, la deforestación inunda los paisajes. Es consecuencia de los cultivos de coca, la tala para apropiarse de las tierras y la expansión de la frontera agrícola. La colonización y sus consecuencias se acercan al galope a la Serranía de Chiribiquete.

La expansión de la frontera agrícola es la mayor amenaza para el equilibrio de este ecosistema. Aunque la deforestación siempre ha sido un problema de la región amazónica, desde la firma del proceso de paz está desbocada. La construcción de carreteras como la vía Marginal de la Selva sigue atrayendo más colonos y más deforestación a las zonas de reserva.

Al final del conflicto armado, que lo mantuvo aislado por décadas, solo queda apropiarnos de este lugar en la contemplación y el respeto de las tradiciones. Chiribiquete cautivó a mi padre hace 30 años; desde entonces, se ha dedicado a su protección. Este viaje me dio la oportunidad de contar su historia para buscar en los lectores nuevos defensores de los jaguares, de los chamanes, de las pinturas y de todo lo que ellos representan.

Maria José Castaño, Abogada, periodista y consultora de comunicaciones digitales.  Ha publicado en medios como Cerosetenta,  Portafolio, El Espectador  y El Malpensante

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