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El cerebro de Grand Budapest Hotel

revista FUCSIA

El cerebro de Grand Budapest Hotel El cerebro de Grand Budapest Hotel

Wes Anderson incluye en esta nueva cinta a actores que anteriormente habían trabajado con él como Bill Murray, Edward Norton, Jason Schwartzman y Willem Dafoe, e insiste en mantener la simetría visual. La película está en las carteleras del país.

La filmografía que antecede al norteamericano Wes Anderson se sitúa entre unos personajes absurdamente anómalos y una meticulosidad que se evidencia tanto en el encuadre como en la paleta de colores, lo que le otorga a sus obras un sello personal que lo asemeja un poco a Stanley Kubrick pero que lo diferencia del resto.

Antes de que se lanzara a la industria de manera oficial, este hijo de padres divorciados (hecho que lo marcaría profundamente como cineasta) empezaría a retratarse junto con sus hermanos usando una cámara súper 8 mm, se haría un nombre en el colegio por sus complejas obras teatrales y escribiría su primer largometraje con el actor Owen Wilson, a quien conoció mientras estudiaba filosofía en la Universidad de Texas y con el que ha compartido la escritura de algunas de las películas que le han valido ser nominado hasta ahora a tres premios Óscar.

Eran mediados de los años noventa cuando dio el salto a la gran pantalla. Hoy, a los 45 años, Anderson estrena The Grand Budapest Hotel, la película número ocho como director, en la que se expresan sus obsesiones: el decorado, la simetría, el color, la tipografía Futura Bold para los textos, la carencia del zoom-in y, en su elenco, los mismos actores que han trabajado con él desde sus comienzos. Así, Bill Murray, Edward Norton, Owen Wilson, Jason Schwartzman, Tilda Swinton, Adrien Brody, Willem Dafoe y Harvey Keitel se unen a los debutantes Jude Law, F. Murray Abraham, Jeff Goldblum, Saoirse Ronan, Tom Wilkinson, Mathieu Amalric y Léa Seydoux en una historia ganadora del Gran Premio del Jurado, el Oso de Plata, de la Berlinale.

“Anderson es uno de los pocos directores jóvenes norteamericanos en ser, desde lo visual, un autor. Uno ve una película, un corto, un comercial dirigido por él y sabe que es suyo, como sabe cuándo una película es de Tim Burton. Creó un estilo que no se parece a ninguno. El grado de riqueza visual de sus cuadros (a Anderson le gusta simplemente mover su cámara de izquierda a derecha, como cuando uno ve una pintura en un museo) es tal, que a simple vista se notan los imitadores. Como quiera que crea un mundo, al ver sus películas uno siente que lo que relata no podría haberse contado de otra forma”, opina Samuel Castro, editor Ochoymedio.info y miembro de la Online Film Critics Society.

The Grand Budapest Hotel, inspirada en la obra homónima de Stefan Zweig, da cuenta de cómo un legendario conserje llamado Gustave H. (Ralph Fiennes) y el botones (Tony Revolori) de un mismo hotel forjan una incondicional amistad. En medio de una guerra incierta, en la república ficticia de Zubrowka, a principios de los años treinta, ambos deben escapar de una familia conmocionada al conocer, en la lectura de un testamento, que la huésped Madame D (Tilda Swinton) ha dejado a Gustave en posesión de sus riquezas.

Aunque en películas anteriores como The Royal Tenembaums, The Life Aquatic with Steve Zissou, The Darjeeling Limited o Moonrise Kingdom ya daba muestras de una ostentosa escenografía, es en esta entrega donde explota descomunalmente lo artificial y tiñe la imagen de un exagerado rosa pastel que toca con lo pop. “Anderson es capaz de definir el estado del alma de un personaje o la sensación de una escena por el color que hay detrás de los actores. Y como ningún otro, ha logrado que los colores pastel vuelvan a ser interesantes en la fotografía de una película”, agrega Castro.

Si bien para los defensores de Anderson resulta una pieza nostálgica y rebosante de ingenio, sus detractores lo siguen calificando de frío, banal, irritante, infantil, publicitario e incluso hípster. Para el crítico de cine, curador y profesor universitario Alejandro Martín Maldonado, “Anderson es de los contados cineastas actuales con un estilo, que entiende las posibilidades del cine y los géneros. Uno lo puede llamar hípster. Y tiene lo bueno y lo malo de lo hípster. Tiene que ver con cómo un estilo se confunde con ciertos rasgos formales, con cómo un estilo se parece a una moda. Y también puede ser una moda la manera de reaccionar a ese estilo. Así como es una moda lo hípster, lo es también reducir todo lo que se le parezca a una tendencia nostálgica estúpida. Anderson está en el mismo borde. Uno puede pensar que andar en bicicleta es algo muy bonito, pero también puede reírse de los que creen que por andar en bicicleta son lo más chévere que hay”.

No es gratuito que Martin Scorsese lo haya definido como su sucesor y haya escrito reiteradamente en revistas, ensayos y cartas, que Wes Anderson es uno de los pocos sobresalientes de la nueva generación de directores. “Tiene una clase muy especial de talento: él sabe cómo transmitir tan bien y con tanta riqueza las alegrías simples y la interacción entre la gente… este tipo de sensibilidad es poco frecuente en las películas. (…) Además, tiene una buena idea de cómo funciona la música en contra de una imagen”, había dicho en la revista Esquire en el 2000, y este año manifestó en una carta abierta sobre el futuro del cine dedicada a su hija y publicada en el diario italiano L’Expresso, que Anderson es una excepción a la tendencia global de minimizar el cine por los elementos incómodos o impredecibles del negocio.

La evidencia de su marcada obsesión por la simetría se popularizó en Internet, en un video creado por el también realizador coreano Kogonada, donde se traza una línea vertical en cada uno de los planos de las distintas películas de Anderson, comprobando cómo la imagen está pensada para que las partes tengan exactamente la misma proporción. “En sus películas el mundo parece una maqueta y hace planos larguísimos, rectos, muy espectaculares. Todo está meticulosamente dispuesto. Literalmente construye un mundo, un mundo de juguete. Los personajes son lo mejor, como de cuento. Es bonito que todo el universo de Anderson parece de cuento, tiene una lógica interna que funciona muy bien, y tiene que ver con relaciones, con cómo es cada personaje con los demás. No simulan ser personas, siempre son personajes. Pero uno los entiende e, incluso, puede ver analogías con personas que uno conoce. Anderson es de los que hace películas que todavía quiero ver en cine”, puntualiza Martín Maldonado.

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