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Toda la verdad, nada más que la verdad

Lila Ochoa , Directora Revista FUCSIA

Toda la verdad, nada más que la verdad Lila Ochoa Directora de la Revista Fucsia

Las mujeres pueden mentirse a sí mismas, pero no a la aplastante realidad de envejecer.

Hay muchos temas acerca de los cuales las mujeres tenemos diferencias de opinión, pero existe uno en el que parecería que hubiéramos hecho un juramento, como la Omertà de los italianos, de no decir nunca la verdad: el de las cirugías plásticas. No conozco a la primera mujer que se atreva a confesar que se puso Bótox® o que se arregló la nariz. Bueno, no quiero exagerar, pues tengo dos amigas que se operaron las bolsas de debajo de los ojos en la misma época en que lo hice yo y las tres hablamos del tema tranquilamente, e intercambiamos información y consejos.

Esto me ha llevado a la conclusión de que las mujeres están divididas en dos bandos: las que dicen lo que se han hecho y las que lo niegan hasta la muerte. Para empezar, entiendo que es un tema privado que cada una maneja a su manera. Lo que no entiendo es el empeño en negarlo cuando es algo que se nota enseguida. Los médicos todavía no han perfeccionado las técnicas para que los resultados de estos procedimientos se vean absolutamente naturales. Y, contradiciendo esta realidad, algunas mujeres prefieren hacerse las bobas y entran en negación, a pesar de que las fotos sociales las delatan.

Me pregunto si esta obsesión por la belleza en la que vivimos hoy, no será la culpable del estado de negación en el que entramos después de los 40 años, debido, simplemente, a que la sociedad no nos da permiso de envejecer. Y es que uno se la pasa leyendo sobre el valor de la belleza interior, sobre la importancia de tener una autoestima muy alta, pensando en que envejecer es también, en parte, poseer una cara con historia.

Dicen que la personalidad se marca con el tiempo, que la inteligencia brilla en los ojos, pero todo esto desemboca en que después de cierta edad las mujeres se convierten en fantasmas, mientras que los hombres llegan a los 60 en la plenitud de la vida, el punto en que concentran el poder, la sabiduría y la belleza de la madurez. ¿Cuántas esposas han sido abandonadas porque el hombre quiere “volver a sentir” y para eso necesita una mujer joven? Nosotras mismas hemos caído en un juego de engaños que, a la hora de la verdad, es sólo eso, un engaño. Todo por el miedo a envejecer.

Sinceramente, no veo por qué uno no le puede contar a sus amigas sobre un nuevo tratamiento para rejuvenecer la piel sin que eso sea considerado un secreto de Estado. La ciencia ha desarrollado ciertos mecanismos para envejecer mejor, no para convertirnos en unos monstruos estirados o en caricaturas de nosotras mismas. Si contáramos lo bueno y lo malo, todas saldríamos beneficiadas y los médicos inescrupulosos estarían en la cárcel: los rellenos que migran y deforman la cara, las cirugías practicadas sin el rigor necesario, el exceso de Bótox® que deja congelada la cara, y otros errores, ya no serían tan comunes, pues, si estuviéramos informadas, no caeríamos en la trampa.

El elíxir de la juventud no se ha inventado todavía y no estoy segura de que haya que seguir buscándolo, pues ya es hora de entender que todos envejecemos y que hay que aceptar con dignidad este hecho irreversible.


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