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Una vía especial para mujeres

Samuel Giraldo

Una vía especial para mujeres Encontró en las calles el terreno campal para derrotar sus frustraciones, y armada del Clío gris, al ritmo de una nueva banda sonora de su vida (Norah Jones).

Toda ciudad civilizada debería tener una vía especial para mujeres. Así como hay baños y vestidores exclusivos.

 
El retrato corriente de una joven familia X es el siguiente: la señora A conoce al señor B un día de agosto de 1995 en un bar de moda. Ella de 25 y el 29 años, soñaban con lo mismo: irse a estudiar a Sydney, Londres, Nueva York o Madrid. Ninguno tenía apartamento propio, vivían aún con sus padres. No les importaba, eran jóvenes.

El señor B se movilizaba en un Mazda Coupé azul engallado que seducía irremediablemente a la señora A; lavar el “mazdita” e irle a comprar repuestos para engallarlo, era un alegre programa sabatino que completaban con alguna película o un par de copas. Todo bajo la banda sonora de Cranberris o U2.

Ella sí pudo estudiar inglés en Londres, él sólo logró visitar a unos familiares que vivían en Madrid, pero coincidieron durante el verano del 96 en Europa y vivieron durante 30 días el más auténtico de los sueños juveniles: trenes, vinos, atardeceres, monasterios, palacios, viejas playas y discotecas de “bacalao”, entre otros planes mochileros. Ella volvió en el 98 un poco gorda y cargada de historias de sus amigos pakis, escoceses y uno que otro argentino. Él había vendido el “mazdita” hacía rato, y con la quincena que le pagaba el banco en donde trabajaba como financiero, saldaba cuota a cuota un nuevo Volkswagen Golf rojo.

Se unieron en matrimonio en el segundo semestre del 2000. Habían soñado que su luna de miel sería en Praga, pero ese año no había plata ni licencias laborales para irse de nuevo a Europa y, de común acuerdo y un poco pasmados, pasaron tres noches y cuatro días en el Parque Tayrona. Ella rápidamente se adelgazó e hizo un posgrado en Mercadeo y con mucho juicio empezó a escalar en otra entidad financiera.

En el 2002 llegó C, lindo niño que merecía todos los cuidados de A y B. La señora A se retiró de trabajar y el señor B, casi sin darse cuenta, se volvía un adicto al trabajo: “trabajaba para vivir, pero trabajaba tanto que no vivía”. Ella se consumía en su nueva etapa de ama de casa al ciento por ciento, hasta que un día vio en su auto, un Renault Clío modelo 2001, el escape a la soledad emocional que la consumía lentamente en los últimos meses.

Encontró en las calles el terreno campal para derrotar sus frustraciones, y armada del Clío gris, al ritmo de una nueva banda sonora de su vida (Norah Jones), sobrevivía a un mundo individual aparentemente cargado de ataques de transeúntes, buseteros y taxistas. Sentía que los parqueaderos de los centros comerciales se habían organizado en su contra: los topes recibidores de los autos eran muy altos, los espacios para dejar el carro muy estrechos, los retrovisores mal diseñados, y sobre todo, que los otros usuarios de los parqueaderos públicos dejaban sus automóviles muy juntos para mortificarla.

Se aferraba al timón, no dejaba pasar a nadie, no miraba y era una pitadora compulsiva. Ella sólo conducía frenéticamente con mucha rabia, sin importar lo cortos que fueran sus trayectos. Un buen día, volvieron a su cabeza los conocimientos de mercadeo que poco a poco se desvanecían en su cerebro y decidió que los aplicaría para mejorar el “caos vial” de su ciudad. Pensó que toda ciudad civilizada debería tener una vía especial para mujeres. Así como hay baños y vestidores exclusivos para ellas, debería haber vías, tipo TransMilenio, sólo para conductoras donde hubiese “calidad de vida”.

Y con esa idea como bandera ahora, la señora A ha decidido lanzarse al estrellato cívico-político. Ya en las postrimerías de la primera década del nuevo siglo, es una mujer renovada, ya sus amigos conocen su caso como el “milagro del Clío”. Aunque ahora tiene un Volkswagen Jetta negro –que ya sabe parquear y conducir con tranquilidad–, ha cambiado su forma de ver la vida, y lo mejor de todo: como necesita el favor electoral, los buseteros y los taxistas le parecen queridísimos.

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