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15 minutos para saber si una relación va a funcionar

Revista FUCSIA

15 minutos para saber si una relación va a funcionar Lo que el viento se llevó. AFP / Ingimage

Algunos expertos en la ciencia del amor aseguran que basta observar una breve interacción de pareja para predecir si esta va rumbo al divorcio.

Cuando se celebran fechas como San Valentín, en Estados Unidos, o se acerca en Colombia el Día del Amor y la Amistad, no faltan los aguafiestas que hablan de una epidemia de divorcios alegando que entre el 40 y 50 por ciento de los matrimonios se desintegran. A partir de cifras tan poco románticas se ha tratado de descubrir desde distintas disciplinas qué es lo que hace que unas relaciones perduren y otras estén condenadas al fracaso.

 Hace algunos meses, científicos de la Universidad de Oxford anunciaron que están trabajando en una “droga del amor”, que evitaría a muchos ir a terapia de pareja. Sus ingredientes serían hormonas como la oxitocina y la vasopresina, que estimulan la unión física y son liberadas por el cerebro en grandes cantidades durante las primeras etapas del enamoramiento. La biología plantea que, más que el amor a primera vista, se puede olfatear a la pareja perfecta: el olor corporal es una manifestación del sistema inmune y resulta atractivo cuando viene de alguien genéticamente compatible con el fin de procrear hijos más resistentes a las enfermedades. Algunos lingüistas han estudiado la conexión entre un estilo de lenguaje similar y atracción. Y para quienes trabajan con estadísticas, hasta la profesión importa, pues si eres bailarín tienes 43 por ciento más probabilidades de divorciarte, frente al 7,29 por ciento de un ingeniero nuclear.

Pero según el psicólogo norteamericano John Gottman, que ha investigado el tema de las relaciones de pareja durante cuarenta años, el secreto para predecir si una unión va a ser exitosa consiste en observar la interacción de sus integrantes. Asegura que le bastan 15 minutos para anticipar con un 90 por ciento de certeza cuáles no seguirán juntas. Reconocido como uno de los terapeutas más influyentes de los últimos tiempos, creó en la Universidad de Washington, en Seattle, en la década del ochenta, “el laboratorio del amor”, un espacio en el que analizó el comportamiento de 3000 matrimonios, algunos de los cuales ha seguido estudiando por más de dos décadas.

 Durante una conversación cotidiana que incluía temas de discusión aparentemente triviales, cada esposo fue filmado por una cámara mientras sus pulsaciones y su presión eran monitoreadas. También les fueron tomadas muestras de orina para detectar hormonas del estrés como la adrenalina.

Gracias a su formación matemática, desarrolló una fórmula que incluye veinte categorías como rabia, tristeza, interés y validación, para registrar las emociones de cada pareja segundo a segundo, no solo visibles mediante sus palabras sino también a partir de las señales no verbales. “Por ejemplo, de acuerdo con este método el desprecio, la forma más tóxica de comunicación, se traduce en un intento por insultar al otro, por mostrar superioridad o disgusto usando sarcasmo, burlas, humor hostil, pero también hay claves gestuales como torcer los ojos o levantar la esquina izquierda del labio superior. En contraste, el afecto involucra ternura, cumplidos, empatía y calidez en el tono de voz”, explicó a FUCSIA el doctor Michael McNulty, especialista de The Gottman Institute.


Dime cómo peleas y te diré cuánto duras


Las parejas no tienen que estar inmersas en una batalla campal para que sea evidente que lo suyo va mal. De hecho la discusión puede lucir civilizada y estar aderezada con un “mi amor” o “corazoncito” en medio de risas, y sin embargo ojos y oídos entrenados pueden hacer una lectura negativa de un mínimo detalle. “Cuando estos patrones de comunicación están combinados con una excitación psicológica que incluye un acelerado ritmo cardíaco, tensión muscular, sudoración, hay un mayor riesgo de ruptura”, agrega el experto.

Junto a la destructiva reacción de desprecio, galoparían otros tres jinetes del Apocalipsis: la crítica, que consiste en atacar la personalidad de la pareja en lugar de desaprobar un comportamiento específico. Una esposa incurriría en generalizaciones del tipo “eres un flojo; no puedes ni lavar bien un pocillo”, en la que la queja no se centra en el “trabajo de limpieza”. Le sigue la posición defensiva, caracterizada por no aceptar responsabilidades y acudir a excusas porque la persona se siente juzgada. El último signo es la retirada, huir de la pelea. Aunque se crea que es una buena táctica para bajar la tensión, transmite el mensaje de que lo que piense el otro no importa, además de la falta de compromiso.

De hecho, los estudios señalan que mientras el 40 por ciento de los divorciados cita peleas severas como la causa de la ruptura, el 60 restante se refiere a que hubo un distanciamiento gradual. “Por eso prefiero al bravo que al indiferente”, comenta la psicóloga Evelyn Peckel. Para ella, eso de la “pareja ideal” no es más que una versión romántica. Todo se mide en la convivencia: “buscar compañero con un listado de condiciones como: que sea churro, cariñoso, que tenga carro, casa y beca no funciona para predecir, aunque es claro que el gusto por el otro es un prerrequisito”. En su experiencia, la fórmula ganadora consiste en que los dos involucrados sepan que su relación es lo primero, que cada uno esté para el otro y haya un buen entendimiento sin caer en las suposiciones.

No se trata entonces de andar midiéndose la tensión. Antes que huirle a las discusiones, que son inherentes a la vida matrimonial, lo que se necesita es saber discutir. “Quienes pueden regular un conflicto seguirán felizmente casados pues expresan sus diferencias con un mínimo de actitud criticona y defensiva”, concluye McNulty. Según él, solamente los que gozan de una fuerte amistad y conocen bien a su compañero pueden lograrlo porque saben qué les genera estrés, son capaces de calmar los ánimos haciendo reír al otro, o preguntar por sus sentimientos y expresar constantemente su admiración.

Y es que tener pensamientos buenos y optimistas acerca del vínculo genera un buen pronóstico
. Por eso en el laboratorio de Gottman un gran indicador del futuro es cómo los pacientes cuentan en el presente la historia de su pasado y las circunstancias en que se conocieron. “Entre todos sus amigos él me llamó la atención. Planeamos salir juntos pero esa noche bebió mucho y se quedó dormido. Lo esperé tres horas hasta que decidí despertarlo”, le narró una mujer al doctor. Aunque el relato se cuente con tono jocoso, un patrón problemático desde la primera interacción se mantiene por lo general. Aun así, advierte que el peor síntoma es cuando la narración se cuenta como si en lugar de amor hubiera sido una perfecta historia de horror.


Tips de los expertos en bodas

Según una investigación de la Universidad de California, las dudas antes del matrimonio no deben tomarse tan a la ligera. Las novias que las tuvieron fueron casi tres veces más propensas a divorciarse en los cuatro años siguientes.

ªPara el fotógrafo de bodas de Efeunodos Juan Felipe Rubio, las alarmas se prenden cuando los novios no reflejan lo íntimos que son frente a la cámara: “es su día y si no se tocan o solo se dan simples picos y esquineados no veo la compenetración. Al revelar las fotos noto sus miradas y algunos parecen más atentos a otros detalles que a su pareja”.

Las creadoras del Departamento de Novias, que se encarga de asesorar interna y externamente a las futuras esposas, tienen sus preceptos: “los enamorados deben hacerse preguntas clave del tipo: ‘¿cómo te ves en cinco años?’”, expresa la Personal Coach Natalia Arias. “Deben compartir algunos pasatiempos, si para ti es importante que tu pareja baile bien pero te da oso cada vez que se para a la pista, aunque suene superficial te va a amargar las fiestas”. Para su colega Alejandra Vega, en el proceso lo más importante es que los novios se vean conectados: “no auguro buenas cosas cuando los hombres andan con afanes y no dedican tiempo a los preparativos”. Por su parte, Lina Díaz no confía en los que hacen evidente “que quieren cambiar al otro, desde su apariencia hasta su forma de ser”.

Juan Carlos Posada, un psicólogo que orienta a cursos prematrimoniales, señala los síntomas de la debacle: “el individuo egoísta que solo piensa en sus gustos y en su desarrollo; el que sufre de mamitis y antepone a su familia de origen a su pareja, y el que quiere seguir viviendo como soltero, en las mismas rumbas de amigos”.

La especialista en terapia familiar Mariángela Rodríguez argumenta que “algo anda mal si las personas en su unión no se sienten libres de ser ellas mismas y hay temas tabú, como los relacionados con la sexualidad o el manejo de las finanzas del hogar”. Tampoco son buenos los desbalances de poder: “no se trata de una competencia porque siempre va a haber uno más sociable o que gane más, pero ambos necesitan estar conectados con sus fortalezas”.


“Bruta, ciega, sordomuda…”

La periodista María Elvira Samper afirma, a partir de su experiencia de divorciada, que la culpa de los fracasos la tiene el enamoramiento: “es la suspensión de la razón y del sentido práctico, y en ese estado hay un riesgo enorme de equivocarse.

Por ejemplo, aunque depende de las neurosis de cada quien, me parece insoportable el personaje que se las sabe todas, o si no inventa, porque es incapaz de decir ‘no sé’. También el de personalidad adictiva, el que por ejemplo no se pierde un partido de fútbol y uno de bobo al comienzo hace concesiones y hasta lo acompaña al estadio”. Opina que no hay que buscar un complemento, ni a la media naranja: “toca ser una naranja entera pues solo así se hace un buen jugo. Lo que hay que tener es una visión común en principios esenciales como los referentes a formar familia.

 Eso de que ‘polos opuestos se atraen’ es la peor receta, se necesita cierta compatibilidad en los patrones culturales y de formación. Si uno viene de una familia disfuncional y el otro es casero, al primero le van a saber a cacho los almuerzos con los suegros cada domingo”. La columnista Cecilia Orozco apoya esta visión: “si el esposo es del mundo meditativo y la esposa del mundanal ruido, terminan con vidas paralelas que nunca se encuentran. Es claro que hay que ceder de manera voluntaria y equitativa, pero los proyectos de vida no pueden ser muy diferentes porque alguno termina frustrado”.

En su lista de indicadores añade la confianza y la compenetración “para no vivir con la angustia de en qué andará el otro y relajarse emocionalmente”. Asegura que, como ella, la mayoría de separados sospecha de antemano sus causales de divorcio pese a que les haga caso omiso. “Todas las señales se destapan en la cotidianidad. Se habla con antelación de dónde se va a vivir, de cuántos hijos se planea tener, pero no se menciona por dónde hay que espichar la crema dental, ni la ropa tirada, ni la importancia de mascar con la boca cerrada. Esos detallitos que antes estaban encubiertos por ‘las ganas’ se suman y, en consecuencia, se pierde la admiración, que es requisito del amor”.

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