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Cuando un hijo es suficiente

Revista FUCSIA

Cuando un hijo es suficiente Lauren Sandler, autora del libro, argumenta que si los padres son felices, su hijo también lo será. Foto: AFP.

La tenista María Sharapova y la actriz Natalie Portman recibieron toda la atención de sus padres y son exitosas. Si te dijeran que tu hijo no necesita de un hermano para ser feliz, ¿tendrías un segundo bebé?”, es la pregunta que plantea un nuevo libro sobre la crianza de los hijos únicos.

Son muchos los que ven con horror la idea de un solo niño en casa. Piensan que con ese número no se constituye una verdadera familia y que esa “soledad” es la receta perfecta para criar un pequeño monstruo, autoritario e incapaz de socializar. No es raro que a los papás primerizos les pregunten cuándo van a animarse a tener el segundo y, si la respuesta es negativa, asumen que el papel les quedó grande y no les gusta desempeñarlo, o que tienen un problema que les impide hacer realidad la opción más deseable. Para la escritora Lauren Sandler ese listado de defectos no es más que un mito. Hija única y mamá de una sola niña, opina en su libro "One and Only" que, por el contrario, esta decisión está llena de ventajas, entre las que destaca una mayor libertad para ella misma: “Quiero hacer un trabajo significativo, viajar, comer en restaurantes y beber en bares; ir a cine y a conciertos, leer novelas y cocinar; tener amigos y una relación amorosa que incluya comunicación más allá de los imperativos… Quiero ser reconocida. Acurrucarme con mi hija mientras me lo permita y estar presente en su vida dándole el espacio que ella necesita para descubrir el mundo a su manera”.

La autora es consciente de que siempre habrá quienes tilden de egoísta este decálogo de deseos, pero ante las críticas suele responder con un mantra que reza: “Para tener un hijo feliz uno necesita ser una mamá feliz, y para ser una mamá feliz, ante todo, hay que ser una persona feliz”. Opina que la excesiva santificación del papel de madre, vista como una mártir sacrificada y abnegada, ha hecho que sea un pecado “hacer de uno mismo una prioridad, al igual que un hijo”, y está convencida de que tener un solo niño permite mayor flexibilidad en tiempo y recursos para, como explicó a FUCSIA, poder “amarlo y amarme”. En síntesis, un solo hijo sería la mejor manera de reconciliar maternidad y modernidad. “No quiero andar exhausta, ahorcada financieramente y sin tiempo para mí”, confiesa.

Sus argumentos van más allá de su propia experiencia. La Oficina de Estadísticas del Reino Unido reveló que cerca del 50 por ciento de familias británicas solo tienen un hijo, mientras en Estados Unidos estas alcanzarían el 30 por ciento. En algunas regiones de China donde la política del único hijo se ha hecho más laxa, la tendencia se ha mantenido, y en Alemania, el Instituto de Estudios Demográficos ha expresado que la nueva generación de padres será la primera en Europa en ver esta estructura como la más común. La razón principal residiría en la incertidumbre económica, y también está en auge la idea de una mayor responsabilidad con el planeta para que los humanos no se conviertan en una especie de plaga. Pero además Sandler cita estudios según los cuales la satisfacción matrimonial disminuye con la llegada de cada nuevo miembro a la familia.

Por ejemplo, una investigación entre 35.000 daneses arrojó como resultado que las mujeres con un único hijo se sentían más plenas que las que tenían más o las que no eran madres. Se estima que ellas dedican alrededor de 13 horas a la semana a labores ligadas a la maternidad y que cada niño agrega no menos de 120 horas de trabajo al año. Señala que muchas abandonan su profesión cuando tienen un segundo bebé y que al 60 por ciento de los hombres se les dificulta cumplir con las demandas de trabajo y familia, pues según los cálculos del Departamento de Agricultura de Estados Unidos en 2010, antes de la universidad, un niño puede costarles a sus padres cerca de 300.000 dólares. Otro análisis global encontró una relación entre la menor tasa de fertilidad de un país y la felicidad de sus habitantes. “El desinterés es un valor fundamental de la maternidad. Eso lo notamos hasta en Internet, donde las mamás literalmente ‘se borran’ de los perfiles de las redes sociales con fotos de sus bebés”, expresó recientemente un texto del periódico New Republic, dedicado al tema.

Sandler usa el término “adultez liberada” para englobar la lucha de los papás de hoy por lograr una vida propia y no limitarse a criar. En la llamada era preindustrial, los clanes numerosos eran indispensables debido a los altos índices de mortalidad infantil y a que las granjas y fincas necesitaban de muchas manos. La consigna de corte religioso era clara: “multiplicáos”. El mundo actual ofrece más opciones, la gente vive más años y se tiende a postergar decisiones como el matrimonio y la paternidad. Aun así, la autora es consciente de que la realidad pone sus límites en los que se deben considerar las finanzas, el desarrollo profesional, y nunca deja de lado el placer. Es por eso que según las encuestas, el 44 por ciento de las norteamericanas planea reducir o posponer el papel de madre. Pero advierte que entre tanto “nuestros cuerpos envejecen, nuestras vidas empiezan a ser caóticas, nuestros sueños se expanden en lugar de reducirse. Para cuando admitimos que nunca estaremos listas suele ser difícil concebir. Y si no lo es, sí es difícil hacerlo por segunda vez”.

Es entonces cuando el miedo al reloj biológico a veces es reemplazado por el temor de tener solo un hijo. Sandler revela que ella misma lo sintió a los 35 años, cuando se preguntó si debía darle un hermano a su hija. “Mi esposo y yo no escogimos las carreras más rentables, yo soy escritora y él es fotógrafo y, además, elegimos vivir en uno de los lugares más caros de Estados Unidos: Nueva York. Tendríamos que hacer cambios drásticos si quisiéramos otro hijo. Somos realmente felices los tres, estamos locos por nuestra niña, somos muy unidos y nos divertimos”. De esa manera no se perdió de “los milagros” de la maternidad, pero asegura tener menos gastos y más energía “para el sexo y las conversaciones”. Añade que ha disfrutado al máximo cada etapa de la crianza, hasta las trasnochadas, los cambios de pañales y las piñatas, porque sabe que solo habrá una oportunidad para vivirlas.

Ximena Peña, economista e investigadora de la Universidad de los Andes, mamá de una sola niña, explica que las ventajas de una familia pequeña no se reducen a una mayor flexibilidad para los padres: “Se hace una mayor inversión en capital físico y humano, pues todos los recursos van para ese hijo, el mejor colegio, menos restricciones y mayor tiempo y atención. Eso se traduce en más seguridad personal”. Después de todo, las clases de baile, de piano y de tenis estarían a su entera disposición.

Pese a lo loable de unos padres comprometidos al máximo con la crianza de un solo niño, se han estigmatizado sus efectos colaterales. Haciendo alusión a las políticas de China, se popularizó el término del “pequeño emperador”, para referirse a los hijos únicos como dictadores en miniatura, que no tienen la misma capacidad para adaptarse que quienes tienen hermanos. Sandler responsabiliza de estos estereotipos al psicólogo Granville Stanley Hall, quien hace más de un siglo postuló que “ser un hijo único es una enfermedad”. La teoría sigue haciendo eco al punto que la televisión está llena de personajes caricaturescos, arrogantes, en exceso consentidos, obsesionados con ellos mismos o que parecen adultos en un cuerpo infantil, como paradójicamente lo muestra la comedia "Modern Family".

Los estudios recientes no han evidenciado mayores diferencias en el desarrollo de únicos y hermanos, aunque los primeros al parecer tendrían ciertas ventajas: “Estadísticamente tienden a alcanzar mayores logros y presentan una inteligencia superior”, agrega Sandler. “En cuanto a la soledad, de niños por lo general nos sentimos bien. De adolescentes, frecuentemente estamos aislados. Y de adultos, experimentamos la pesadilla logística y existencial de la vejez y muerte de nuestros padres solos. Pero la buena noticia es que desarrollamos una fuerte relación con nosotros mismos. Y si de egoísmo se trata, cuando vamos al colegio socializamos plenamente al compartir con otros”. De hecho, los expertos afirman que no hay garantía de amistad entre los hermanos y que por lo general solo un hijo, el que ha mantenido una relación más estrecha con sus papás, es el encargado de llevarlos a emergencias cuando una complicación surge en plena celebración de 31 de diciembre. Los niños únicos serían más cercanos a sus progenitores, tendrían más espacio para desarrollar su imaginación y sus propios intereses, además de una mayor motivación y autoestima.

“Inevitablemente, pasé más tiempo  en compañía de adultos y aprendí cómo entretenerme por mi cuenta leyendo, escribiendo historias y dibujando”, expresó al diario The Times la escritora Amy Raphael. Algunos estudiosos del tema miran con sospecha el exceso de atención que reciben los hijos únicos por parte de sus mayores, y estiman que su éxito académico va de la mano de la enorme presión que sienten, pues todas las expectativas están puestas en ellos. De esta manera no se compararían en sus metas con niños de su edad sino que se exigirían como adultos. Por su parte, Sandler ha encontrado que los que pertenecen a su club parecen ser menos nerviosos y curiosamente, según algunos análisis, mostrarían más alto puntaje en cuanto a generosidad y socialización, quizá porque aprenden las claves de sus padres en lugar de sus pares, en edades en las que es habitual ser posesivos.

Pero a lo largo de su discurso la autora vuelve a su ecuación de que todos esos beneficios para los hijos no son casuales sino que dependen, en últimas, de la satisfacción de sus padres. Reconoce que más de una vez se hizo la pregunta de si le estaba negando la felicidad a su niña por anteponer la suya, y siempre volvió a encontrarse con la lección de su propia mamá, quien estaba tan contenta con su vida que no quiso cambiarla teniendo otro hijo. Asegura que su objetivo no es convertir su libro en la Biblia del hijo único, sino alentar a las parejas a que conversen sobre sus verdaderas motivaciones a la hora de tener bebés y que la única no sea el temor a los mitos anacrónicos. “Muchas veces, el primer hijo suele ser una elección que los padres hacen por ellos mismos y el segundo es una elección que hacen por el supuesto beneficio del primero. A veces perdemos de vista nuestra propia felicidad y eso es precisamente lo que trato de proteger, no solo por mí, sino por el bienestar de toda mi familia”.

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