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El estigma bipolar Fotos: Pantherstock, AFP

Con la noticia de que la actriz Catherine Zeta-Jones padece un trastorno mental, los expertos se preguntan si las celebridades sirven de apoyo a otros pacientes al dar la cara o si, por el contrario, convierten la enfermedad en un fenómeno de moda.

“Esta es una enfermedad que afecta a millones de personas y yo soy una de ellas. Si mi revelación de que padezco de trastorno bipolar ha motivado a alguien a buscar ayuda, entonces valió la pena haberla hecho”, explicó Catherine Zeta-Jones en el 2011 cuando habló por primera vez de su condición. Recientemente la actriz volvió a ingresar a una institución médica para controlar los síntomas y fueron muchos los que aplaudieron en los medios su decisión de hablar con claridad sobre un tema tabú, como lo es las enfermedades mentales. Para algunos, que una celebridad le ponga rostro al problema es una manera de combatir el estigma con el que cargan pacientes del común que sufren de cambios drásticos del estado de ánimo y los niveles de energía.

Sin embargo, hay quienes han visto otro tipo de señales preocupantes. El psiquiatra británico Max Pemberton contó en el diario The Telegraph que los famosos dan una versión más glamurosa que la real de un problema que afecta la calidad de vida del individuo, en tanto le genera un mal funcionamiento de su relación familiar y de su desempeño en el colegio o en el trabajo: “Un tercio de las personas con trastorno bipolar ha intentado quitarse la vida y esta condición incrementa las tasas de suicidio en veinte veces. Toman medicación cada día y luchan contra sus efectos secundarios y el impacto en su vida profesional y personal. ¿Alcanzan a imaginarse cómo reaccionaría un jefe si un empleado necesita semanas, incluso meses, para recuperarse de una recaída, mientras da la impresión de que Zeta-Jones se tomó un largo fin de semana?”. Algunos medios incluso presentaron la noticia como si la actriz, simplemente por ser un personaje reconocido, se estuviera tomando unas vacaciones “en crucero”. De hecho, el veterano comediante Stephen Fry se autodenominó en alguna oportunidad un “bipolar light”. Por eso, el especialista explica que el público solo se queda con esa percepción “light” de la enfermedad mental.

El calvario de la ganadora del Oscar habría empezado con el exceso de estrés que le produjo el cáncer de garganta de su esposo, Michael Douglas. Dejó saber que actividades tan simples como ir a cenar la abrumaban y que en su peor momento buscaba en Google su nombre para leer los comentarios negativos sobre ella. “Pero los síntomas van mucho más allá que hacer búsquedas en internet”, advierte Pemberton, quien no ha visto con buenos ojos que se trate de manera trivial el asunto.

En su reciente libro, Strictly Bipolar, el psicoanalista Darian Leader se queja de que el término se ha vuelto una expresión de la jerga del estilo de vida. En los programas cómicos los mismos famosos se burlan del padecimiento, y ha habido un boom de personajes taquilleros del cine y la televisión con trastornos mentales, como Carrie Mathison, de la serie dramática Homeland, interpretada por Claire Danes, y los representados en la comedia romántica Silver Lining Playbook, protagonizada por Bradley Cooper. El tema se puso de moda y, según el experto, la cultura pop, apoyada en la industria farmacéutica, reemplazó su fascinación de los 80 por la depresión y ahora lo que está “in” son los cambios de humor, pues es lo más vendedor. Debido a esta tendencia, que tilda de poco rigurosa, ha habido artículos titulados “Ahora todos somos bipolares”.

Por eso Leader siente que es más apropiada la categorización de “maniaco-depresión”, como se llamó en el pasado al trastorno: “He notado que la expansión de la bipolaridad ha alcanzado todas las áreas de la cultura, más allá de la psiquiatría, y me preguntaba por qué se ha impuesto sobre la depresión como la enfermedad mental de nuestro tiempo.

Lo que hay en realidad es una epidemia del diagnóstico”, comentó a FUCSIA. Para él, la razón de que se confundan los síntomas, y falten estudios certeros, es que se limita la enfermedad a las fluctuaciones del estado de ánimo y el análisis no se centra “en los procesos de pensamiento subyacentes: cualquiera tiene cambios en su genio, pero la maniaco-depresión consta de otros fenómenos específicos, como la fuga de ideas, un poderoso y extremo sentido de conexión con el mundo, la oscilación del sentimiento de la responsabilidad y el esfuerzo por separar categóricamente lo bueno de lo malo”. El resultado es entonces una lucha realmente bipolar: mientras se habla de que hay un abuso del término, y se sospecha de un exceso en los diagnósticos, están los pacientes que realmente padecen la condición pero no se les detecta porque quizá se esconde tras síntomas confusos.

La Organización Mundial de la Salud ha identificado el trastorno bipolar como una de las causas de pérdida de años de vida y salud en pacientes entre los 15 y los 44 años, por encima de las guerras, la violencia y la esquizofrenia. “Se acepta que puede afectar a una de cada cien personas alguna vez en la vida en todo el mundo. La mayoría de trastornos mentales son ‘episódicos’ y ‘recurrentes’. Esto quiere decir que un individuo posiblemente presenta una crisis que mejora con o sin tratamiento psicológico o farmacológico, pero tiende a reaparecer una nueva con el tiempo. En los periodos entre crisis puede estar libre de todo malestar o presentar algunos síntomas residuales que quizá no perturben su cotidianidad”, explicó a esta publicación el psiquiatra Adalberto Campo-Arias, del Instituto de Investigación del Comportamiento Humano en Colombia.

El médico agrega que los pacientes con bipolaridad son los que muestran en algún momento un episodio maniaco que se caracteriza por la presencia de síntomas durante varios días, “por lo menos una semana, generalmente”: estado de ánimo demasiado elevado y positivo, irritabilidad, más conversación de la habitual, disminución de la necesidad de dormir, pensamiento acelerado y facilidad para distraerse. Además, suelen exhibir un aumento de la actividad motora y algunos no se abstienen de hacer cosas en exceso arriesgadas, como realizar compras innecesarias e involucrarse en relaciones sexuales sin protección. Otras señales serían sentir una conexión con lo místico y experimentar la sensación de tener una mayor creatividad. El problema del estado de euforia es que el afectado se siente bien y son las personas cercanas las que notan la anormalidad.

Por otra parte, igualmente pueden presentar episodios depresivos mayores que, según Campo-Arias, se hacen más notorios para el propio paciente en tanto que le incomodan: “Estos duran cerca de 15 días y se caracterizan por la disminución del interés hacia las cosas que normalmente le gustan, pérdida del deseo sexual, cambios en el apetito o el peso corporal y en los patrones de sueño, fatiga, autopercepción de lentitud, dificultad para la toma de decisiones cotidianas, desesperanza, ideas de no ser útil, sentimientos de culpa y pensamientos de muerte”.

Aclara que es posible que se den estados mixtos simultáneamente, pero que quienes solo presentan este tipo de crisis y nunca han dado señales de ser maniacos, no son bipolares sino que sufren de depresión. “Así como el refrán dice ‘una sola golondrina no hace verano’, un solo síntoma no hace el diagnóstico. Por eso la precisión en el dictamen únicamente se consigue con
el tiempo, gracias al seguimiento”. El panorama no es sencillo, pues en ocasiones viene acompañado de otros trastornos, como el de ansiedad o el déficit de atención con hiperactividad, que algunos pacientes evidencian durante la infancia, y a veces presentan comportamientos similares a los de la esquizofrenia.

Si bien la maniaco-depresión se relaciona con causas genéticas y alteraciones en los neurotransmisores, hay otros factores de riesgo. Los expertos explican que hay casos en los que las drogas y el alcohol aparecen como una forma de automedicación, aunque a la vez podrían ser los detonantes o agravantes de un problema latente. De esta manera, pese a que el trastorno se presenta a cualquier edad, es habitual que se observen los rasgos desde la adolescencia. En esta etapa muchos síntomas afloran después de la ingesta de sustancias como la cocaína o la marihuana.

Leader considera una grave equivocación tratar a los pacientes exclusivamente con un régimen de medicamentos como el litio, sin ofrecerles una terapia “hablada” del tipo de la cognitivo-conductual: “Deben tener la oportunidad de hablar de su experiencia personal. Los tratamientos son hoy en día muy rápidos y los médicos prefieren paliar el problema antes de realmente entenderlo”. La clave está en que los afectados adquieran patrones regulares de sueño, por lo tanto no es recomendable que trasnochen o trabajen en labores que requieran cambios de turno. Deben hacer ejercicio cardiovascular de cuatro a cinco veces por semana, por ejemplo, media hora de caminata al día. Necesitan controlar su peso con una dieta saludable y aprender a conocer sus emociones, y evitar lo que les produzca estrés. La familia precisa empezar a identificar los síntomas de los episodios y por ningún motivo caer en la búsqueda de culpables.

Para Campo-Arias, lo que más deteriora la calidad de vida de quienes tienen el problema es que suelen retrasar la consulta y rehusarse a seguir las indicaciones por temor a la discriminación: “Lo primero que dicen es ‘no sé por qué me mandaron a donde un especialista, si yo no estoy loco’. Se debe aceptar que es como cualquier otra enfermedad, hipertensión o diabetes, que necesita un tratamiento de largo plazo para aprender a manejar la situación y llevar una vida normal”.  De esta manera, el primer síntoma que se debe combatir es el de las etiquetas que arrastran los trastornos mentales, pues son las que hacen la carga más pesada.

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