COMENTARIOS

¿Familia o carrera? Foto: Pantherstock

Cada vez más mujeres hacen sentir su voz en el debate de si es posible encontrar un balance entre el éxito profesional y la vida familiar. ¿Se puede sin sacrificar uno de los dos?

En una esquina está la reina de Silicon Valley, Sheryl Sandberg, directora operativa de Facebook. Mostrándose como ejemplo, esta ejecutiva de 43 años y madre de dos niños exhorta a sus congéneres a que luchen por ganar altas posiciones. Y en la esquina contraria está la académica Anne-Marie Slaughter, quien después de haber sido la primera mujer en llegar a ser directora de Políticas de Planeación del Departamento de Estado, en Washington, renunció a toda ambición de poder para pasar más tiempo con un adolescente problemático. Las razones para tomar su decisión quedaron plasmadas en un controvertido artículo titulado “Por qué las mujeres todavía no pueden tenerlo todo”, publicado en la revista The Atlantic

Aunque el debate vida familiar y/o carrera profesional no es nuevo, el hecho de que dos pesos pesados se hayan manifestado acerca de este le echa más leña al fuego. Demuestra que algo en la situación de las mujeres no anda bien, más cuando un reciente estudio realizado en Inglaterra determinó que los hombres “son más felices en la vida”: ellos mostraron mayor satisfacción en aspectos como el salario y la proyección laboral.

Sandberg publicó hace poco su libro Lean In, en el que deja al descubierto su teoría de que sí se puede lograr todo. Para ella, lo que hace de la mujer el sexo débil es que hay una brecha entre sus ambiciones y las del hombre, especialmente en el momento de decidirse por la maternidad. Es entonces cuando muchas cambian sus grandes sueños por una vida más flexible. Según ella, el precario 14 por ciento de mujeres en posiciones de poder en el gobierno o el sector empresarial no solo se debe a la discriminación, sino a un sabotaje inconsciente de quienes están llenas de sentimientos de culpa. Con más de dos millones de visitas en internet, es popular su conferencia en TED titulada “¿Por qué hay tan pocas líderes?”, en la que asegura que para no lucir agresivas ni mandonas, muchas temen hasta negociar sus salarios.

El hecho de que en el 2011 Forbes la ubicara como la quinta mujer más poderosa del mundo, año en el que su salario superaba los 30 millones de dólares anuales, es una buena carta de presentación. Sus hermanos bromean con que fueron sus primeros empleados, se graduó con honores de la Escuela de Negocios de Harvard, en su tiempo libre dictaba clases de aeróbicos y su experiencia laboral incluye el World Bank y Google. Por eso, su mensaje es que las mujeres, sin importar que en el futuro haya hijos en la mira, no pierdan el norte y se enfoquen en llegar al tope de “la cadena alimenticia”, haciendo una alegoría con el poder, para establecer desde allí condiciones que las favorezcan. Admite que en los tres meses de licencia de maternidad no abandonó su Blackberry, preocupada porque la fueran a desplazar, y que durante las conferencias empresariales desde su casa se extraía la leche materna, mientras inventaba que el sonido de la máquina era de un carro que estaba pasando. “Había aprendido a no decir que estaba haciendo algo distinto a dedicarle el cien por ciento a mi trabajo”.

La primera dama de Facebook, que es divorciada y volvió a casarse, advierte que la clave es tener un “verdadero compañero” con el cual se dividan las tareas: su esposo paga las cuentas, se encarga de los arreglos técnicos y ella, de las actividades de los niños y de que haya comida en la nevera. “Reconozco que tengo control sobre mi agenda y muchos recursos”, confiesa. Ser todo a la vez le exige dejar el trabajo a las 5:30 de la tarde para comer con su familia y después de leerles a sus hijos, volver a conectarse casi hasta la medianoche.

Su aliada en esta contienda es Marissa Mayer, directora ejecutiva de Yahoo!, quien solo se tomó dos semanas de “descanso” cuando dio a luz, aunque ni siquiera en ese lapso dejó de trabajar. A sus 37 años, desató una polémica al prohibirles a sus empleados trabajar desde casa, convencida de la creatividad colectiva de una oficina. Pese a las voces de protesta de madres ejecutivas que abogan por fórmulas más flexibles, tuvo respaldo: “No creo que sea poco razonable esperar que una mujer trabaje tan duro como un hombre, si es necesario hasta tarde y durante los fines de semana, como yo lo hago”, dijo al Washington Post la juez Gribbon.


La utopía del balance

Para la analista de política exterior Anne-Marie Slaughter, todo es posible cuando se es “una superheroína rica” con chofer, nanas y jet privado como Sandberg, pero no para el común de las mortales y mucho menos para las madres cabeza de familia. Argumenta que no se trata de falta de ganas ni de ambición por parte de las mujeres, sino de cambiar la cultura laboral tipo “macho”, que impone el trabajo ante todo y valora al que más compite, se queda hasta tarde y se ofrece a viajar y trabajar horas extra”. Para ella, mientras eso no cambie no será posible hablar de balance. Se dio cuenta de eso cuando las únicas tiendas en las que podía hacer compras eran las que estaban abiertas las 24 horas y que si quería ir a la peluquería, tenía que quitarle espacio el fin de semana al juego de sus hijos o a la cena familiar, entre otras múltiples actividades.

Su vida era tan ocupada como la de Erin Callan, quien renunció a su cargo directivo en Lehman Brothers, antes de la quiebra de la compañía. Cuando le preguntaban qué hacía los fines de semana, ella simplemente respondía: “Dormir”, la única forma de recargar baterías. Y también es similar a la experiencia de Penny Hughes, la primera mujer en presidir Coca-Cola en el Reino Unido, pero quien renunció para ver crecer a sus hijos. “Sin una secretaria, sin tu oficina, sin un chofer, quedarás fuera del mapa”, le dijeron. Sin embargo hoy, a sus 53 años, es una exitosa empresaria que trabaja desde su casa para varias firmas. Su clave fue haber construido una fuerte red de contactos y haber ganado credibilidad antes de su semirretiro. “La tecnología hizo la diferencia. Pude estar en contacto con el mundo de los negocios sin necesitar los símbolos de estatus que los hombres piensan que son importantes”, comentó al The Sunday Times.

Una reciente encuesta de la revista Marie Claire mostró que la presión de las mujeres es motivada por la necesidad de ahorrar, comprar una casa, pagar deudas y ganar reconocimiento antes de tener una familia. La escritora Gaby Hinsliff, quien forma parte del club de las que prefirieron renunciar –era editora política del periódico The Observer–, manifiesta en su libro Half a Wife que la carrera de una mujer no debe ser representada como una línea recta ascendente, sino como una “Z”: primero se adquiere experiencia, luego se trabaja duro y se conquistan metas y luego se baja un poco el ritmo laboral para dedicarse a los hijos. Otro ascenso podrá llegar cuando los niños estén en el colegio.

A Slaughter le parece una dura carrera contra el tiempo: la mayoría de las mujeres poderosas como Hillary Clinton “tuvieron sus niños en sus 20 o al comienzo de sus 30, como fue la norma hasta la década de los 70. Un niño que nace cuando su madre tiene 25 terminará el colegio cuando ella tenga 43, una edad en la que todavía tiene tiempo y energía para sumergirse en su carrera y ser promovida”. De todas maneras señala que no es fácil tener hijos temprano por “la dificultad de terminar una carrera, conseguir un buen trabajo y por consiguiente se tienen menos ingresos para criarlo”.

Hoy las mujeres se casan más tarde, “lo que significa que muchas tienen las mejores opciones profesionales cuando sus hijos son adolescentes, y estar disponibles como padres en esos años es tan importante como durante la primera infancia”. Su conclusión es que no se trata de escoger la secuencia adecuada. Siempre estará allí el riesgo de no poder tener hijos si se posterga la decisión, el de quedar por fuera del mercado laboral si se ausenta para criar, o el de perder alguna etapa importante profesional y personal.

Le parece una piedra en el zapato que la agenda escolar no encaje con la de una oficina, un sistema que “tenía sentido cuando las amas de casa eran la norma”. Slaughter y Hinsliff coinciden en afirmar que la solución radica en que ambos padres aboguen por la flexibilidad laboral, que puede consistir en trabajar cuatro días durante más horas y tener, por ejemplo, el viernes libre. Como afirma esta última: “Algo importante se está perdiendo en la demente batalla entre hogar, trabajo y las interminables actividades extracurriculares de nuestros hijos, todas esas clases de piano y ballet que se establecen para borrar nuestra culpa de no estar con ellos”.

La tecnología es la gran aliada de un estilo de vida más equilibrado. De acuerdo con el Women’s Business Center, el 61 por ciento de las empresarias la usan para integrar responsabilidades. Y la flexibilidad es un gana a gana. Un estudio del Families and Work Institute mostró que cuando se ofrece esta opción, hay mayor entrega, satisfacción y salud en el trabajo. Por temor a no parecer profesionales, algunas empleadas no exigen flexibilidad y disfrazan una cita en el colegio de sus hijos detrás de una excusa “más neutral”. Por eso, lo que primero debe cambiar es la manera como se valora a la familia: entender que el trabajo de calidad y la maternidad no tienen que ser incompatibles, porque el compromiso laboral no es lo mismo que calentar el puesto.

También le puede interesar

COMENTARIOS

Este es un espacio de participación de los usuarios. Las opiniones aquí registradas pertenecen a los internautas y no reflejan la opinión de Publicaciones Semana. Nos reservamos el derecho de eliminar discrecionalmente aquellos que se consideren no pertinentes.
Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.