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A los infieles les gusta que los pillen

Arnoldo Mutis

A los  infieles les  gusta que  los pillen Foto: Pantherstock

La psicóloga británica Kate Figes revela en un nuevo libro inesperadas y punzantes verdades acerca de la epidemia de traición sexual que hace tambalear a la institución del matrimonio.

Por años, lo más obvio ha sido creer que el peor de los escenarios para un esposo o esposa que está poniendo los cuernos es ser sorprendido in fraganti por su consorte. Entre chiste y chanza, hasta se han llegado a escribir manuales de cómo mantener un romance extraconyugal en secreto y a menudo los medios publican notas sobre toda la suerte de artimañas de que se vale un adúltero para mantener su doble vida a salvo.

No obstante, esas viejas presunciones sobre la infidelidad observan un relevo, lo mismo que el mundo de las relaciones sentimentales da un giro radical, influenciado por los imperativos de la vida moderna. Así lo deduce Kate Figes, una psicóloga británica que se dedicó tres años a auscultar el tema, no solo a través de los casos que llegaban a su consultorio, sino también de las experiencias de colegas suyos, terapeutas de pareja y consejeros matrimoniales. El resultado es el libro Our Cheating Hearts: Love And Loyalty, Lust And Lies, que ha merecido comentarios en medios prestigiosos como el diario The Guardian, de Londres. 

Como no sucedía antes, hoy se comprenden fragilidades como el alcoholismo, pero la infidelidad aún no, dice Figes. Ello a pesar de que lo más probable es que toda pareja se vea afectada por un tercero en discordia. “Solo hay agraviados y villanos. Los primeros se victimizan, mientras que los segundos son denigrados por todo el mundo”, explica la especialista. Pero las nuevas visiones apuntan a que la culpa de la infidelidad no sea percibidas en blanco y negro. Para Brett Kahr, psicólogo consultado para la investigación, ya no es válida la proporción 99-1, sino 50-50. “Cuando se comienza a desentrañar la historia del affaire, resulta que cada uno ha hecho una contribución para herir al otro”, apunta.

En su consulta, él ha descubierto que las mujeres engañadas son a menudo mordaces y críticas, lo que puede llevar a los hombres a los brazos de unas más comprensivas. Las esposas infieles, por su parte, suelen tener maridos pasivos, lo que las enfurece y las impulsa a mirar para otros lados.

Es así como las parejas, sin darse cuenta, se someten a un peligroso juego de provocación mutua. Yendo más al fondo, continúa Kahr, se descubre que cada uno estuvo necesitando de su compañero sentimental por años. Y es allí donde cae otro viejo mito: “La primera razón para tener una aventura no es que uno de los dos conoció al hombre o la mujer más sensual del planeta, sino que quiere herir a su pareja inconscientemente”.

En tal caso, subyace un velado ímpetu de revancha que tarde o temprano saldrá a flote. Como lo dilucida Kahr, “la olla a presión del engaño crea tal intensidad que la única salida es ser pillado”. Es posible que los esposos se lancen a suscitar una crisis por medio de una cana al aire, porque se sienten impotentes para lidiar con los problemas de sus relaciones.

Kate Figes relata que en sus indagaciones oyó de cartas de amantes puestas entre el libro favorito del cónyuge corneado en espera de ser encontradas, o de notas dejadas “por ahí” sospechosamente. Habla igualmente de al menos diez casos en los que el celular del adúltero, qué casualidad, marca al teléfono de su casa en discado rápido. Entonces, la esposa ofendida descuelga la bocina, solo para oír a su pareja haciendo el amor con su conquista.

La autora determina que estas manifestaciones, que pudieran verse como una desfachatez, en realidad son un grito de ayuda. Empero las parejas no se inclinan a verlo de ese modo, mucho menos cuando la verdad escondida aparece.

Los cuernos son motivo de chascarrillos malévolos, mas la verdad es que, en palabras de los especialistas, crean un vórtice emocional en el que la comunicación “es todo, menos posible”. Quienes atraviesan por esta experiencia sufren el mismo dolor que se siente cuando una relación termina y, advierte otra fuente del libro, la terapeuta Evelyn Cooney, la traición sexual desencadena los mismos síntomas del desorden de estrés postraumático, como la ansiedad. “Sus vidas han sido destrozadas. Cada suposición que siempre habían hecho sobre sus parejas, el significado de su relación y de ellos mismos como seres sexuales se ha ido a la basura. La idea de imaginarse a la pareja haciendo el amor con otra persona no solo hiere, sino que desata la inquietud primaria de ser abandonado”, puntualiza Cooney.

La infidelidad es, señala el libro, un trance muy duro de llevar, pero lo que aconsejan los asesores matrimoniales tras descubrirse la falta, es no hacer nada que se pueda lamentar luego, como echar al infiel. La investigación de Figes indica que solo el tiempo y la suficiente distancia del drama le dan a la pareja la perspectiva sobre la realidad y la capacidad de decidir racionalmente si seguir la vida en común o separarse.

Brett Kahr les recuerda a sus consultantes que el sexo no es la raíz profunda de la infidelidad, sino más bien lo menos significativo de un romance extramarital. “Muchos esposos pueden padecer de una depresión ligera, por ejemplo”, declara. El adulterio refleja, asimismo, que la seguridad del compromiso cae en la inercia, en la falta de vitalidad: “Un nuevo idilio le aporta a quien lo asume la ilusión de una especie de reanimación”.

Our Cheating Hearts se nutre de múltiples testimonios de uniones que vivieron la infidelidad. Hay quienes optaron por la ruptura y hoy se arrepienten y otros que no, como Isabel, quien compara la vivencia con un terremoto. La duda fue el pan de cada día en los meses siguientes a la revelación del desliz de su marido, pero se declara satisfecha de seguir con su esposo. Solo ahora, años después, tiene el valor para reconocer: “Ambos tuvimos la culpa. Ambos estábamos muy bloqueados. Yo no estaba allí realmente para él (…). Creo que la amante le dio lo que necesitaba en ese momento. Es ridículo tener una reacción abrupta preguntándose: ‘¿Puedo volver a creer en él?’, porque a la final, sí, tardé en recuperarme, pero ¿qué tan largo es un tiempo prolongado cuando se tiene una vida juntos?”.

Figes opina que no es posible borrar la herida, pero sí reconstruir la confianza. “Primero, es necesario ver que la traición sucede en el marco de la pareja y no como una humillación deliberada del uno al otro”. A los matrimonios en crisis les recomienda encontrar la manera de hablar honestamente sobre sus insatisfacciones, sin culparse por no haberse hecho felices. Ello incluso si los esposos van a partir cobijas, pues lo que no se expresa puede repetirse en futuras relaciones.

Además de compartir las emociones, sin exceptuar las más feas, Figes aconseja el perdón sincero, un arma muy poderosa, pero sin tomarlo como una debilidad o una aprobación de la mala conducta de la pareja. “Lo que eso significa es que el engañado descubrió la humanidad de quien lo hirió y desistió de su deseo de desquitarse”, apunta.

En cuanto al sexo, la buena noticia es que la seguridad de la relación y el tener a alguien siempre disponible no tiene por qué apagar el deseo. Es más, una de las primeras cosas que pasan cuando la pareja se propone sacar adelante su relación es que su vida sexual se restablece notoriamente, según la psicoanalista Jenny Riddell, quien comenta: “El descubrimiento de un affaire obliga a muchas parejas a reconectarse íntimamente, peleando, gritando, llorando o haciendo el amor apasionadamente”. Naomi, otra esposa que se confesó con Figes, relata que en efecto “el sexo ha sido mejor desde que él volvió, porque debió aprender una que otra cosa con su amante. Entonces, ¿por qué no beneficiarse de ello?”.

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