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La maldición de la tecnología

Revista FUCSIA

La maldición  de la tecnología La maldición de la tecnología

Para algunos, los nuevos aparatos, los juegos por internet y las redes sociales no solo significan progreso y diversión. Llegan a convertirse en una adicción causante de divorcios, depresión y psicosis.

“Me siento vacía sin saber lo que está pasando en sitios como Facebook, Twitter, Tumblr o Instagram. Es incómodo llegar al colegio y que todo el mundo esté hablando sobre una foto o el estatus de alguien y no saber nada por no haber estado conectada”, confesó una estudiante de 15 años.

 “Un día no me di cuenta de que había sufrido una cortada bastante profunda por andar con el Xbox. Eso ya me había ocurrido cuando me fracturé el pulgar y solo lo noté porque me molestaba al jugar”, contó otro adolescente.

 Y no solo para los jóvenes las nuevas tecnologías se han convertido en extensiones de sus cuerpos. La red social Facebook es la reina, con aproximadamente mil millones de usuarios; las estadísticas revelan que hay ocho nuevos por segundo, por lo que su creador, Mark Zuckerberg, se atrevió a decir que su meta es alcanzar a todos los habitantes del planeta. Se calcula que en un día, a través de la página, se suben en promedio 83 millones de fotos. 

Twitter, que apareció después, cuenta con cerca de 500 millones de seguidores. Las cifras siguen creciendo, en parte porque para algunas personas es un ritual llevarse su iPhone a la cama y chequear todas sus cuentas antes de levantarse. “Puedo permanecer conectado las 11 o 16 horas en que estoy despierto”, señaló otro gomoso de la tecnología.

 Según un estudio de la revista Newsweek, en Estados Unidos enviar mensajes de texto se hace tan seguido como parpadear: “En promedio, sin importar la edad, una persona envía o recibe cerca de 400 al mes. Un adolescente procesa alrededor de 3.700”.

Manuel Castells, experto en cultura y medios, explicó alguna vez que la de hoy es “una sociedad en la que las condiciones de generación de conocimiento y procesamiento de información han sido sustancialmente alteradas por una revolución tecnológica”, y que internet ofreció a “la gente a quien no le gustaba esta sociedad, la capacidad de encontrar formas alternativas de vivir”. Sin duda se trata de innovación, pero, paradójicamente, algunos podrían hablar de “formas alternativas de morir” cuando han transgredido el límite de lo real.

Fue tristemente célebre el caso de una pareja en Corea del Sur que en el 2010 dejó morir de hambre a su hijo de tres años por su obsesión con un juego en la web que consistía en cuidar a una niña de manera virtual. Cuando los arrestaron admitieron que alimentaban a su bebé una vez al día durante la pausa a sus doce horas de ocupación, la única que tenían, pues ambos habían perdido su trabajo. También fue famosa la historia de un hombre de 28 años que murió de un colapso tras jugar cinco días sin interrupciones.

Los adictos han comparado su obsesión con vivir “un sueño dentro de otro sueño”. No faltan los que crean diferentes identidades en sus diversos perfiles y mantienen todos sus mundos abiertos en su computador al mismo tiempo que sus trabajos, correos y videojuegos, pues consideran que su vida real “es solo una de tantas ventanas y usualmente no es la mejor”, según el testimonio que dio un joven en una reciente investigación. Para ellos, los aparatos son como “cocaína electrónica”, una droga muy adictiva. 

“No resulta fácil identificar cuándo se cruza el límite de la normalidad, ya que en el mundo de hoy estamos en constante contacto con la tecnología. Sin embargo, el Manual Diagnóstico de Desórdenes Mentales establece los criterios para determinar si una persona ha generado dependencia a una sustancia”, comentó a FUCSIA Mariángela Rodríguez, psicóloga especializada en terapia de familia: “Un individuo podría ser considerado adicto a la tecnología cuando siente necesidad de consumir mayores cantidades de esa ‘sustancia’ para alcanzar el efecto deseado, experimenta sensación de extrema angustia o desasosiego cuando no la consume, realiza esfuerzos poco exitosos de moderar el consumo y pierde funcionalidad en las diferentes áreas de su vida (escolar, familiar, laboral)”.

Aunque no se trata del Apocalipsis, sí es una epidemia creciente. La doctora Kimberly Young, precursora en el llamado a incluir la adicción a internet en la lista de nuevas patologías del siglo XXI, señala que uno de cada ocho norteamericanos presenta algún síntoma de uso problemático de la red. Su Centro para la Adicción Online, que ofrece tratamientos para la obsesión por el sexo virtual y los juegos, entre otras, elabora diagnósticos con base en preguntas tales como “¿qué tan a menudo prefiere la emoción de internet a la intimidad con su pareja?”.

En China, aproximadamente el 13 por ciento de los adolescentes padecen esta dependencia y hasta hubo prohibición de abrir más cafés internet. En Alemania se habla de un millón de afectados. Un estudio de la Universidad de Stanford, en Estados Unidos, determinó que también son víctimas los hombres de mediana edad con un salario superior a los 50.000 dólares anuales, que 14 por ciento de los encuestados encontraba difícil abstenerse de usar la red, 6 por ciento admitió que su relación de pareja se había afectado y el 8,2 dijo que era un medio para escapar de la realidad. Concluyó que uno de cada diez usuarios se siente “completamente adicto” a su teléfono inteligente.

 De acuerdo con el libro iDisorder, basado en un estudio que incluyó a 750 individuos, a excepción de los mayores de 50, todos reconocieron chequear sus mensajes de texto, correos y redes “todo el tiempo” o “cada quince minutos”. 

Newsweek cuenta que otra investigación arrojó que los adictos no desean estar conectados: es su comportamiento compulsivo el que los hace llevar el BlackBerry a su cuarto y dejarlo al alcance de la mano a la hora de dormir. Además, el 80 por ciento de quienes se van de vacaciones no se desconecta. “Los peligros son el divorcio, la pérdida del trabajo, la depresión, la ansiedad, los problemas sociales y el desarrollo de otras adicciones como al alcohol y las drogas. Es difícil establecer qué fue primero, pero sabemos que los adictos a internet también sufren de muchas otras enfermedades”, explicó Young a esta publicación. Se ha llegado a decir, por ejemplo, que la exposición extrema podría estar relacionada con la psicosis reactiva y sus alucinaciones y delirios. 

La especialista aclara que el método más efectivo para resolver este trastorno de control de impulsos es una terapia cognitivo-conductual de doce sesiones semanales que incluyan grupos de apoyo y el ejercicio de mantener un diario. Según ella, la abstinencia no es una respuesta realista ni práctica, pues en la vida laboral por lo general el uso de un computador es necesario. Pero sí se le enseña al paciente a evitar las “aplicaciones problemáticas” como sitios de pornografía o de apuestas. 

Y cuando la demanda crece, aumenta la oferta: otra opción es The Digital Detox, una especie de campo de verano en el que se practica yoga, meditación y doce horas de absoluto silencio para vencer a la tecnología. Incluso si quieren capturar un paisaje, los participantes tienen que abstenerse de tomar una foto y en lugar de ello deben pintarlo. A su regreso a la realidad los invitan a establecer reglas simples como no llevar aparatos a la cama y el baño, ni usarlos durante la cena, y concentrarse en una sola tarea, evitando el multitasking.

Quizá la situación con los niños es más complicada, en tanto que para ellos el uso de tecnologías es la norma, nacieron con ella: “Es curioso: mis papás dicen que no salgo del cuarto por mi adicción. Lo peor y lo mejor que ellos hicieron en mi vida fue regalarme un computador”, reconoció una adolescente.

 Mery Téllez, experta en tecnología y educación, asegura que no se trata de ser alarmista sino de adaptarse a los nuevos cambios: “Los niños requieren formación y la falta de esta es la que genera los problemas que se presentan en internet. El sexting (compartir imágenes íntimas) y el bullying por internet son causados por falta de educación en torno a una nueva etiqueta social. "Cuando éramos niños, en clase de español nos enseñaban cómo escribir una carta, era parte de los libros de la época. Ahora los estudiantes necesitan aprender a chatear, a publicar en un foro, a escribir un tweet, todo bajo las reglas adecuadas”.  

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