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La sexualidad sin velos

Revista FUCSIA

La sexualidad sin velos Según un artículo en The Daily Beast titulado “¿Quién sabe que hay senos bajo la burka?”, en 2010 los Emiratos Árabes y Arabia Saudita importaron más del 70 % de la lencería europea y que este mercado movió mil millones de dólares. La Senza tendría unas cien tiendas en Oriente Medio.

La vida íntima de las mujeres en los países árabes es el tema central de una reciente investigación que muestra cómo la verdadera libertad de una sociedad se conquista desde la cama.

“Tu esposo está expuesto a muchas tentaciones fuera de casa. Tienes que estar disponible para complacerlo y no darle razones que lo lleven a escoger el fuego del infierno”. Este es el consejo que una reconocida terapeuta de pareja les da a las esposas musulmanas. Así lo cuenta la periodista y presentadora de la cadena Al Jazeera, Shereen El Feki, en un reciente libro titulado "Sex and the Citadel" (El sexo y la ciudadela, en español). Se trata de una radiografía de cómo se vive la sexualidad en el siglo XXI en países como Arabia Saudita, Líbano, Marruecos, Túnez y Egipto, este último su principal laboratorio de estudio.

Aunque el nombre de este trabajo se relaciona fácilmente con la famosa serie "Sex and the City", ni ella se considera una Carrie Bradshaw, ni el ambiente que describe está cerca de parecerse a Nueva York. Y cita la metáfora de un doctor que describe el sexo como lo opuesto a los deportes: “Todo el mundo habla de fútbol, pero pocos lo juegan. Todo el mundo tiene relaciones íntimas, pero nadie menciona el tema”. Relata la historia de una saudí que cometió el “error” de exponer aspectos de su vida íntima en televisión y fue sentenciada a mil azotes y cinco años de cárcel “por jactarse públicamente de su pecado”.

Aunque la autora creció en Canadá, su origen tiene que ver con el interés en la idiosincrasia de esa parte del mundo. Hija de un devoto musulmán egipcio y de una galesa que se convirtió a la fe de su esposo, Shereen El Feki es una inmunóloga, miembro de la Comisión Global sobre el VIH de las Naciones Unidas que dedicó cinco años a meterse debajo de las sábanas de la sociedad islámica. En su exhaustiva investigación, para la cual entrevistó a hombres y mujeres de todas las edades y clases, desde expertos en el Corán hasta trabajadoras sexuales, descubrió que ella era una excepción a la regla por creer en los preceptos de su religión tanto como en el buen sexo.

“Cinco minutos y solo para su placer. Eso de los besos y etcétera, etcétera, no es verdad. Después de un beso..., directo al grano, luego él se duerme o ve televisión”, le comentó una amiga de El Cairo. El libro toca temas tabú como la insatisfacción matrimonial, el imperativo de que las parejas tengan un hijo en el primer año de su unión e incluso la posición de algunos líderes fundamentalistas que han emitido fatuas (ley) en contra de que los esposos se acuesten desnudos. Revela sin tapujos que muchas prostitutas solo practican el sexo anal para seguir siendo vírgenes y cómo el Viagra se ha convertido en un regalo de bodas apropiado.

En estos tiempos en que se habla de la Primavera árabe, con las revoluciones y protestas a favor de la libertad, la analista aprovecha la oportunidad para expresar que no habrá dicha completa si esta no se da también en el plano personal. Una anécdota cuenta que cuando Barack Obama le preguntó al presidente del Estado de Israel, Shimon Peres, cuál era el principal impedimento para la democracia en Oriente Medio, este respondió categóricamente: “Los maridos”. Por su parte, El Feki cree que “conquistar la justicia, la dignidad y la igualdad en lo privado es importante para que estos objetivos se den en lo público y viceversa: política y sexualidad son compañeras naturales de cama”.

En la región, las mujeres ocupan menos del diez por ciento de los escaños parlamentarios y menos de una cuarta parte de ellas tiene trabajo. Sin embargo, El Feki decidió ingresar a un territorio más íntimo con la convicción de que “si quieres conocer realmente a un pueblo, empieza por revisar sus dormitorios”. Y lo que encontró en los de Egipto es que el 90 por ciento de las mujeres menores de 50 años, casadas o que lo han estado, han pasado por la mutilación de su clítoris con el fin de evitar que ostenten un apetito insaciable. Agrega que lo más alarmante es que entre las jóvenes de 15 a 17 años esta cifra es del 80 por ciento, lo que demuestra que la tendencia escasamente ha descendido.

“Cuando los hombres árabes ven películas pornográficas se encuentran con mujeres occidentales que no han sido ‘circuncidadas’ y que mantienen relaciones sexuales con dos y hasta tres al mismo tiempo, y eso les refuerza la creencia de que es importante practicarles el procedimiento a sus hijas”, le explicó la autora a The Sunday Times. “Es deprimente cómo la globalización puede llegar a ser una fuerza que genera retroceso. El porno de occidente es omnipresente y por eso los musulmanes tienen la idea de que en el otro lado del mundo todas están constantemente haciendo tríos”.

Paradójicamente, los esposos se quejarían de la falta de interés sexual de sus parejas. Pero si les salen muy inspiradas pueden sospechar de su pasado. Entre tanto, ellas expresan tímidamente su descontento ante el hecho de que los maridos engorden y sean egoístas, pese a que reconocen su temor para manifestar sus deseos porque lo consideran impropio. La periodista cuenta cómo una de sus fuentes le confesó que ellos nunca les dicen a sus esposas que las aman durante el primer año de matrimonio porque el gesto sería visto como un signo de debilidad.

El Feki señala que la represión del placer no es culpa del islam. Por el contrario, dice que en el pasado la religión era explícitamente abierta a lo sexual como un elemento de crecimiento espiritual: “Que ninguno de ustedes vaya a su mujer como un animal”, relata un hadiz, que es la narración de una acción de Mahoma. “Hay historias famosas acerca de cómo el profeta recibía en la mezquita a personas que le preguntaban sobre la intimidad. La más famosa cuenta que una joven en su noche de bodas se quejó con él de que su marido estaba muy ocupado rezando y que no la había tocado. Su respuesta habría sido amonestar al hombre e instruirlo para que se dedicara a su mujer”, explica un texto titulado “Lo que las musulmanas quieren en la cama”, de Shelina Janmohamed. Para El Feki también se trata de recuperar la fuerza erótica que fue característica intrínseca del mundo árabe.

Prueba de esta es La enciclopedia del placer, una extensa obra llena de anécdotas libidinosas que van desde relaciones homoeróticas hasta animales, y que incluye consejos como conversar después del coito. Este Kamasutra de medio oriente, capaz de hacer sonrojar a los jóvenes de hoy, fue publicado por el musulmán Ali ibn Nasr a finales del siglo X. Suena contradictorio que mientras en el pasado había “unas mil palabras para referirse a hacer el amor”, hoy “no hay un término en árabe para sexualidad” y abundan las mujeres que no saben cómo llamar sus genitales, reflexiona el Feki.

En "Sex and the Citadel" se retrata una especie de viaje al estilo turismo sexual que habría realizado Gustave Flaubert en Egipto. El autor de Madame Bovary habría dicho de una de sus amantes que “se retorcía como una tigresa”. La periodista colombiana Catalina Gómez, radicada en Teherán,le explicó a FUCSIA que algo de ese erotismo y feminidad que se oculta con velos y burkas hacia el exterior está presente en lo íntimo: “No hay que olvidarse de la manera como Cleopatra manejaba a los hombres.

En esta región las mujeres van a los almacenes de ropa interior y compran todo tipo de accesorios explícitos que por vergüenza uno no se pondría”. Aun así, advierte que esta actitud está ligada a su intención de complacer y conservar a los maridos. “A las mujeres, sean musulmanas o de otra religión, les gusta estar a la moda. Esto tiene que ver con el capitalismo y quizá solo los que apoyan la yihad rechazan esta fuerza”, opina Ezgi Dikdere, artista textil de Turquía. En Egipto los famosos sex shops mantienen cierta clandestinidad. Se dice que el sexy-disfraz favorito en El Cairo es el de Gatúbela, y las autoridades hacen advertencias cuando consideran que un maniquí tiene un atuendo muy provocativo. 

“En Turquía, pese a ser un país más secular, hubo políticos que promovieron la idea de que las mujeres embarazadas no salieran a caminar porque esto hacía pensar en sexo. El islam puede caer en esta locura cuando se encuentra en manos equivocadas”, concluye Dikdere. También Gómez es clara en que los límites tienen que ver con una interpretación fundamentalista de la religión, “pero eso sucede con todas las creencias, como cuando la iglesia hablaba del sexo solo para procrear”.

En el caso del islam, El Feki argumenta que tales posiciones extremas se fortalecieron como defensa ante el colonialismo para protegerse contra supuestos modos de vida inmorales provenientes del exterior. En su opinión eso solo habría contribuido a una actitud hipócrita en la cual se venera la castidad pero existen categorías de matrimonios como las bodas temporales de verano: para no violar los preceptos sagrados, las adolescentes serían vendidas mediante una especie de contrato nupcial a turistas ricos, y luego de las vacaciones vendría el divorcio. El padre de la novia recibiría el equivalente a dos años de salario.

Las familias cuidan con celo la virginidad de sus hijas en tanto que “les representa beneficios económicos en el momento de casarlas”, señala Gómez. En las áreas más pobres es común que las madres asistan a la noche de bodas para testificar que las sábanas se manchen. Por esta actitud, el sexo oral y anal tiene muchas adeptas y la reparación del himen se ha vuelto un procedimiento tan común que una ginecóloga aseguró a El Feki que le llegaban dos casos por semana. Membranas falsas chinas se convirtieron en una sensación que tuvo que ser llevada a instancias parlamentarias. El costo de la intervención oscilaría entre 30 y 300 dólares. Los castigos no serían tan severos para quienes cometan crímenes de honor en contra de mujeres que hayan dañado la reputación familiar con alguna infracción sexual. 

El Feki está convencido de que muchas mujeres árabes comparten los presupuestos sexistas de su cultura, aunque sufran sus efectos. Están las que creen que sus maridos tienen derecho a golpearlas si se rehúsan a satisfacerlos y las que responsabilizan a la forma de vestir seductora de sus congéneres del excesivo acoso callejero. Y le parece curioso que se hayan olvidado de una leyenda árabe antigua tradicional según la cual, cuando Dios creó el deseo, lo dividió en diez partes: una la entregó a los hombres y el resto a las mujeres.

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