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La actriz de las mil caras

Revista FUCSIA

La actriz de las mil caras AFP

Solamente la excéntrica Helena Bonham Carter puede ser bruja y reina dos veces, interpretar a un simio y luego, en su más reciente película, a la mítica Elizabeth Taylor.

En la entrevista para ingresar al colegio de señoritas South Hampstead High School, una pequeña Helena Bonham Carter dejó saber que quería ser agente secreta. Hoy, con más de cincuenta películas y dos nominaciones al Óscar, no hay que explicar cómo terminó ese sueño infantil. Sin embargo, pareciera que de alguna manera no lo dejó relegado del todo: ha sido capaz de ocultarse detrás de cada uno de los personajes en los que se ha convertido de manera que ninguno se parezca al anterior.

Para ella “se trata de transformarse y hacer creer, alejarse de uno mismo tanto como sea posible”. Aunque esa descripción probablemente suene a cliché, no podría ser más acertada en el caso de una mujer que al mismo tiempo rodó "El discurso del rey", cinta en la que encarnaba a la esposa de George VI, papel con el que casi se lleva la estatuilla; y Harry Potter, en la que se convirtió en la malvada Bellatrix Lestrange: “mamá, ¿mañana vas a ser la reina o la bruja?”, recuerda que le preguntó su hijo Billy.

Pese a su estatus de “tesoro nacional” de Inglaterra, como la han llamado, y a la condecoración Comandante de la Orden del Imperio Británico que le otorgó la reina Isabel II en reconocimiento a su aporte a las artes, a sus 47 años Bonham Carter no se cree el cuento: “usualmente me siento frustrada cuando veo alguno de mis filmes y no veo que haya hecho una verdadera metamorfosis más allá de mi set de gestos”.

Por falsa modestia o, como ella misma explica, por la costumbre de ser la primera crítica de su trabajo, en eso sí que se equivoca: “es la actriz de lo inesperado, siempre toma la decisión de hacer lo que nadie se imagina. En lo que va su carrera ¿quién se la imaginaría ahora como la mujer ingenua e insegura de estilo victoriano que fue en sus inicios en Una habitación con vistas? ¿Quién apostaría a que podía ser la mujer fatal, sexy de "El club de la pelea", y luego volverse una primate en "El planeta de los simios", o una prostituta que en lugar de una pierna tiene un arma, como apareció en "El llanero solitario?”, comenta Samuel Castro, editor de la página web de cine Ocho y medio.

Según él, a simple vista no parecería un casting afortunado que la escogieran a ella, con su apariencia gótica, para personificar a la bella Elizabeth Taylor en un filme televisivo de la BBC. Aun así, algunas reseñas han tildado la producción de una “recreación brillante” y su cambio, de increíble.
Para protagonizar "Burton & Taylor", la actriz se acercó a los amigos de la diva, usó su perfume, leyó sus biografías y consultó a una astróloga para que la ayudara a entender su cosmología. Incluso, estudió la letra de los amantes con un grafólogo, algo que le pareció una simpática exageración a su compañero de reparto Dominic West.

“Mi mamá es psicóloga y yo me parezco mucho a ella. Me encanta el reto de interpretar a un personaje. En realidad no acepto papeles porque piense que van a ser un éxito sino por lo que voy a aprender al personificarlos”, expresó recientemente a la revista Vogue. La actriz se obsesionó con meterse en la piel de esa mujer que se casó en ocho oportunidades, dos de ellas con Richard Burton, a quien conoció en el rodaje de Cleopatra (1963). Desde entonces su romance superó la ficción. La iglesia condenó su relación calificándola de “vagabundería erótica”: “no podían vivir el uno sin el otro, pero tampoco podían estar unidos”, recuerda Bonham Carter. El escritor del nuevo filme, William Ivory, advierte que “ambos eran adictos a algo más que al alcohol. Cada uno era adicto al otro”.

La película retrata la época en que ambos ídolos en sus 50, que ya habían pasado por sus dos matrimonios y sus respectivos divorcios, anunciaron que trabajarían juntos otra vez. En esa época el mundo se ilusionó con la idea de que su sórdida y apasionada historia de amor tuviera un final feliz. Pero en lugar de eso, Burton se casó con su novia de entonces, la asistente de producción Sally Hay antes de perder la vida a causa de una hemorragia cerebral a los 58 años. Hay quienes dicen que pese a su larga lista de amantes, Liz en la nostalgia de la vejez habría reconocido que su “Marco Antonio” fue “el único”.

Lo cierto es que los romances poco convencionales son los realmente taquilleros, y de eso puede dar fe Bonham Carter quien, más allá de la pantalla, protagoniza su propia historia de amor con otro Burton, Tim. Desde hace doce años, la artista y el cineasta tienen una excéntrica relación que ha conquistado a todos los tabloides. “Mi Burton es el mejor Burton. Me hace reír y es adorable. Me ha ayudado mucho a crecer porque en varios sentidos es lo opuesto a mí. Yo analizo todo hasta la saciedad y él es instintivo y estable. Es mi ancla y me siento afortunada cada día de mi vida por tenerlo”, confesó.

Bromea con que esa compenetración debe tener algo que ver con el común denominador de su pelo desordenado y “la ausencia de peinillas” en su hogar. Cuando se conocieron en 2001, él vivía con la actriz norteamericana Lisa Marie y ella había tenido un sonado affaire con su colega Kenneth Branagh, quien habría dejado a su esposa Emma Thompson por ella. También se rumoró que había salido con Steve Martin.

Dicen que el primer encuentro nunca se olvida, y para Bonham Carter es realmente imposible porque se trató de una llamada telefónica poco usual: “no te ofendas, pero eres la primera persona en la que pensé para que hicieras de simio”, le dijo él refiriéndose a su nueva versión de la cinta de ciencia ficción. Y luego se disculpó: “es que tengo la sensación de que te gusta cambiar la forma en que luces”. Burton estaba en lo cierto. Además de aceptar el rol porque le encantaba pensar en sesiones de cuatro horas transformándose, ella tenía mucha expectativa de trabajar con el director, “aunque el guión era basura”, según habría revelado con su desparpajo habitual.

Desde entonces están juntos a pesar de vivir en tres casas separadas aunque adyacentes, una de ella, otra de él y la última para que sus hijos Billy y Nell, de 10 y 6 años, estén acompañados de su niñera. En lugar de parecerle extraña, cree que la decisión es práctica, pues su marido ronca y sufre de insomnio, por lo cual requiere de la televisión para dormir, mientras que ella solo descansa en medio del silencio y es autoritaria. Por eso ambos necesitan su espacio. “Dicen que estamos locos y que tenemos un túnel subterráneo que conecta nuestras propiedades custodiado por murciélagos, y que nuestros hijos están con otra pareja. Pero la verdad es que mi casa era muy pequeña para los dos y si tienes dinero para darte ese gusto, ¿por qué no hacerlo?”, expresa con la mayor naturalidad. Y sus gustos incluyen ocho dinosaurios gigantes y un vagón de tren en su jardín. Según Burton, gracias a su convivencia es menos tímido y ella, por su parte, asegura que él ha contribuido a que sea más descomplicada y a que no sufra por su trabajo: “me tomo menos en serio a mí misma. Era demasiado crítica y eso dolía. Ahora digo, ‘bueno, hoy actué mal, lo haré mejor mañana’. Por Dios, no soy una cirujana ni nada por el estilo”.

Bonham Carter admite que trabajar juntos en siete películas, como en Big Fish (en el papel de bruja) o Alicia en el país de las maravillas (la reina roja), no ha sido fácil pues le parece que Burton, haciendo las veces de jefe es “sádico” con ella. “No gano nada con los favores sexuales”, bromea refiriéndose a que incluso ha tenido que presentar casting ante su equipo. De todas, Sweeney Todd ha sido la prueba más dura. En esa época quedó embarazada por segunda vez y las peleas eran tan habituales que “Johnny Depp no dejaba de pulir sus cuchillas”, para hacerse el desentendido. “Yo llamaba a Tim con un apodo indio, ‘Gran jefe poco paciente’, y él empezó a decirme ‘Pequeña piel roja de boca que corre’, porque hablo mucho”, reveló en una entrevista al diario The Guardian. A pesar de todo disfrutó la experiencia, pues se define como una amante de los musicales: “Tim me decía que estaba volviendo gay a Billy por todo lo que le cantaba”. Y es que los comentarios impropios son típicos en ella: “cantar me hizo quedar embarazada. Todo ese oxígeno…, y mi suelo pélvico nunca había sido tan apropiado”.

Aunque la actriz se niega a que se refieran a ella exclusivamente como “la musa de Burton”, es difícil no compararla con una de las raras criaturas del cineasta: con su pelo al estilo nido de pájaro y extravagancias que incluyen usar zapatos de colores distintos en la alfombra roja de los Globos de Oro, “parece salida de uno de los mundos creados por él –opina Castro–. Y es que ella cada vez es más como sus personajes, igual de impredecible”.

Descendiente de una familia aristocrática de intelectuales y activistas políticos, la actuación no era el camino obvio para la joven Helena. Su bisabuelo, Herbert Asquith, fue un primer ministro liberal y su abuelo materno un diplomático español que salvó a cientos de judíos del holocausto. Pero, como sucede hasta en las mejores familias, siendo muy niña, su mamá sufrió una crisis nerviosa que se prolongó varios años. El peor golpe lo recibió a los 13 cuando su papá, un prestigioso banquero, salió de una cirugía, aparentemente rutinaria, paralítico y parcialmente ciego debido a un derrame cerebral.

“La actuación fue como un escape para mí”. Lo dice porque a esa edad decidió reinventarse y buscó un agente para su entonces inexistente carrera. Debutó en comerciales y fotografías, luego tuvo un pequeño papel en un filme para televisión hasta que, a los 19 años, el respetado cineasta James Ivory, pese a su falta de entrenamiento, le dio su primer rol importante. Los dramas de época del tipo Una habitación con vistas y Lady Jane la convirtieron en “la reina del corsé”, encasillada en un perfecto estilo inglés, digno de su tradición, que era lo que ella menos deseaba ser. “Me sentía incómoda. Me tomó años crecer como mujer. Tenía la idea de ser andrógina”. Confiesa que siendo la menor de tres hermanos, era algo infantil, al punto de que vivió con sus padres hasta los 30. “Estaba casada con ellos”. Entonces decidió darle un vuelco a su vida y a su carrera.

Después de Poderosa Afrodita, de Woody Allen, y de conseguir reconocimiento y su primera nominación a los premios de la Academia con Las alas de la paloma, cambió por completo la percepción que el público tenía de ella con El club de la pelea. “La rosa inglesa se convirtió en una americana perturbada”, explica en The Observer el crítico Simon Hattenstone. El filme fue abucheado en su estreno en Venecia, pero su mamá, que lee los libretos para ayudarla a preparar los personajes, le advirtió certeramente que sería una exitosa cinta de culto.

La actriz no ha dejado de arriesgarse y piensa que con los años su trabajo ha mejorado, así como su vida personal, porque se siente más sexy y satisfecha con su imagen. Aunque las críticas a su estilo aún le molestan, no teme dar rienda suelta a sus fantasías combinando prendas de Vivienne Westwood con extravagantes accesorios y hasta lanzó su propia línea de ropa. Precisamente por ese carácter el diseñador Marc Jacobs la eligió para protagonizar una de sus campañas. Después de todo, Helena Bonham Carter escogió la actuación para sentirse libre. Libre no solo para poder transformarse en muchos personajes sino para lograr el papel que mejor sabe interpretar: ser ella misma.

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