
El amor que me hizo segura: lo que aprendí de mi papá
Por Redacción Fucsia
En este mes del padre, vuelvo al origen de mi historia para honrar el amor que me formó desde que era niña: el de mi papá.
--------------------------
Por: Nathalia López - Club Indómitas
Mucho antes de tener voz propia, el eco de la suya ya me hacía sentir capaz. Hay certezas que nos salvan antes de saber que las vamos a necesitar y, para mí, esa seguridad nació con mi papá. Y si hay algo que he entendido con los años, es que el amor de una hija hacia su padre no se puede medir. No cabe en palabras, ni en recuerdos, ni siquiera en la distancia de los años. Es un amor que no se explica. Se siente. Y se queda en el alma.
Cuando pienso en mi infancia, no recuerdo discursos largos ni lecciones estructuradas. Recuerdo algo mucho más poderoso: la forma en la que mi papá me hablaba. Siempre había una frase que se repetía, casi como un mantra: “tú puedes”, “si te lo propones, lo logras”. Pero nunca fue desde la exigencia ni desde la presión. Era una certeza dicha con amor. Con calma. Con una confianza tan bonita que uno termina creyéndose capaz sin cuestionarlo demasiado. Y así, sin darme cuenta, crecí con una voz interna que todavía me acompaña, una voz que aparece cuando dudo, cuando tengo miedo, cuando algo parece más grande que yo… y que me recuerda que puedo.
Con los años he logrado ponerle nombre a algo que antes solo sentía: el amor de una hija por su padre es incalculable. No se compara, no compite, no se reemplaza. Es un amor que evoluciona, que madura, pero que nunca desaparece. Y deja huellas invisibles en cómo nos vemos, en cómo nos hablamos en silencio, en lo que permitimos y en lo que no. Porque, aunque no siempre lo hagamos consciente, ese primer vínculo se convierte en una referencia emocional. Incluso en la forma en la que entendemos el amor cuando crecemos: no como una copia, sino como una sensación… la de volver a ese lugar donde nos sentimos seguras, vistas, importantes.
Hoy, como mamá, hay una escena que me conmueve de una manera que no sabía que era posible. Ver a mi hija correr hacia su papá cuando llega. Ver cómo se le iluminan los ojos, cómo se derrite en su presencia, cómo lo abraza como si el mundo pudiera detenerse ahí. Es un amor absoluto, puro, intacto. Y sí, podrían darme celos. Pero en mí ocurre lo contrario. Lo entiendo. Lo siento. Porque yo conozco ese amor. Lo viví. Lo sigo sintiendo. Me llena el alma porque sé que en ese momento se está construyendo algo que no se ve hoy, pero que la va a acompañar siempre: la certeza de ser profundamente amada.

También entendí algo que mi papá me enseñó sin necesidad de explicarlo demasiado: la gratitud. Esa forma de vivir reconociendo lo que sí estuvo, lo que sí fue, lo que sí nos formó. Y hoy, desde ese lugar, elijo dar gracias. Gracias por la figura paterna que tuve, por ese amor presente, respetuoso, bonito. Porque sé que, tristemente, no todas las mujeres pueden decirlo. Y reconocerlo también es un privilegio.
Doy gracias porque conozco de primera mano lo que es sentirse así de querida. Doy gracias porque hoy mi hija tiene una figura paterna maravillosa que la va a marcar en la vida con seguridad, con amor, con esa misma suavidad firme que a mí me formó. Y doy gracias porque el regalo más grande que me dio mi papá, además de su amor incondicional, fue algo que no se ve, pero que lo sostiene todo: mi seguridad.
La vida avanza. Cambiamos, crecemos, construimos nuestras propias historias. Pero hay algo que permanece. Seguimos siendo hijas. Y, de alguna manera, seguimos habitando ese primer amor que nos enseñó, sin palabras, cómo se siente ser vistas, cuidadas y valoradas.
Porque al final, lo que un padre siembra en el corazón de una hija… es lo que ella usará para pararse frente a la vida.
-
Las opiniones expresadas en este espacio pertenecen exclusivamente a su autor y no reflejan necesariamente la postura editorial ni los valores de Revista Fucsia.




