
El café que no fue
Por Redacción Fucsia
Sobre el duelo que nadie nombra: el de los amigos que se van sin aviso y el de los encuentros que no alcanzaron a ser.
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Por: Martha Abdallah Pastrana - Club Indómitas
“Cada amigo representa un mundo en nosotros, un mundo que posiblemente no nace hasta que llegan, y sólo gracias a este encuentro nace un nuevo mundo”.
— Anaïs Nin
Teníamos un café pendiente desde hacía mucho. Siempre había algo: una quimio, una audiencia, un viaje. Hasta que hace unos días le escribí preguntándole cuándo. Me respondió que pasara por su casa, que él invitaba. Siempre nos habíamos visto en cafés. Ese día dijo su casa. Estaba con respirador. Yo supe que eso era diferente. Le dije que sí, que me avisara, que yo llegaba. No respondió más. Ese fin de semana murió.
El funeral ocurrió dos días después. Y yo estoy aquí, con ese ‘cuándo sin respuesta’, cargando un duelo que no tiene nombre oficial, que no aparece en ningún protocolo de condolencias, que nadie viene a sostenerte porque para el mundo ese dolor no ocupa un lugar preciso. Era mi amigo. Y resulta que para eso no hay estructura.
Ese es el duelo del que no se habla. El de los amigos. El de las personas que construyeron contigo una versión de ti misma que no existe con nadie más, que guardan memoria de quien fuiste antes de que te construyeras del todo y que un día simplemente no están y el mundo sigue girando, como si nada hubiera perdido su eje.
La muerte de un padre o una madre tiene un ritual, un nombre, tiene familia que te abraza y una estructura social entera diseñada para recibirte. La de un amigo no tiene nada de eso. Y, sin embargo, un amigo muchas veces sabe de ti lo que tu familia nunca supo, guarda versiones tuyas que nadie más conoce, estuvo presente en los momentos en los que por fin dijiste en voz alta lo que necesitabas decir.

Los conocí en los noventa en la Universidad. Éramos estudiantes de Derecho, con toda la energía y la ingenuidad de creer que íbamos a cambiar algo. Algunos apenas fuimos compañeros de clase, si acaso. Y luego la vida nos fue llevando por caminos distintos, como siempre hace, y esos vínculos se diluyeron en el ritmo de lo cotidiano. Nos fuimos convirtiendo en versiones más complicadas de nosotros mismos. Y quedamos en ese lugar vago donde quedan muchas cosas importantes: pendientes, suspendidos, guardados para después.
Hasta que llegó la pandemia y el después se acabó de golpe.
Primero fue el grupo de WhatsApp: recetas, noticias, el intento colectivo de no volvernos locos en el encierro. Y luego, cuando por fin se pudo, el primer encuentro. Nos sentamos y fue raro y fue exacto al mismo tiempo. El encierro nos había quitado las ganas de fingir. De repente, hablábamos de política sin pelos en la lengua, de los padres que se estaban yendo, de los hijos que ya tenían sus propias historias, del trabajo que, a veces, pesaba más de lo que queríamos admitir. Y de salud mental, que antes era conversación prohibida entre nosotros y de pronto era lo más natural del mundo. Nadie se escandalizó. Nadie cambió el tema. Simplemente hablamos como no lo habíamos hecho en décadas.
Esos almuerzos se volvieron un ritual. Y como todos los rituales verdaderos, se volvieron necesarios.
He perdido varios amigos a lo largo de los años y cada vez el duelo tiene una textura distinta.
Mi mejor amiga era del colegio. Compañera de aventuras, de las de verdad. A pesar de su enfermedad, siempre estaba alegre, con una energía que no pedía permiso. Ese duelo fue distinto porque yo conocía a su familia y su familia me conocía a mí. Todavía nos hablamos. Hay algo que duele de manera especial en eso: ella no está, pero el hilo sigue jalando desde los dos lados. Presencia y ausencia en el mismo lugar.

Luego está él. Otro amigo. Cultísimo, políglota, con grandes cargos públicos a sus espaldas. Se veía viviendo hasta los ochenta con energía de sobra. La última vez que hablamos me contaba que quería volver con su esposa, una arpista que había dejado su país para seguirlo, pero que nunca terminó de amoldarse. Ese amor pendiente era de lo que hablábamos. Su funeral fue en otra ciudad y fui sola, sin conocer a nadie, a despedirme en un lugar donde nadie sabía bien quién era yo para él ni él para mí.
Y luego está otro más, con quien compartí muchos encuentros de trabajo y viajes. En el último momento quiso ir a ver a Charles Aznavour, ya muy mayor, en uno de sus últimos conciertos. Lejos de los micrófonos y las reuniones formales, se veían otras partes de él. Jugaba cartas, tomaba buen vino, se reía con ganas. Viajaba con ropa vieja que iba dejando en el camino para hacer espacio en la maleta, espacio que llenaba con camisas hechas a la medida en una sastrería en París, donde guardaban sus medidas en un cuaderno. Se movía por la ciudad en transporte público, sin seguridad, sin protocolo. Cuando murió, el país lloró a una figura pública. Yo guardé ese otro retrato.
Y está el del café. Hablábamos de lo que queda después, de cómo dejar las cosas bien para la familia. Alcanzó a hacer un último viaje con los suyos antes de que todo se acortara demasiado. Hay personas que saben exactamente lo que importa cuando el tiempo se acorta. Él era una de esas.
Lo particular de casi todos estos duelos es lo mismo: llegar y ser casi una extraña. La familia recibe las condolencias, abraza a los conocidos de siempre y tú estás ahí, con un dolor perfectamente real, pero sin lugar asignado. Los conocías a ellos, pero no a sus familias. Los habías oído hablar de sus hijos con un orgullo que llenaba cualquier habitación, pero no los habías visto crecer. Eras parte esencial de una versión de ellos que su familia sólo conocía de oídas. Y eso crea una soledad muy particular en medio de una sala llena de gente que también sufre, pero con otro mapa, con otra historia, con un derecho al dolor socialmente más reconocido que el tuyo.
No hay licencia para esto. No hay ritual establecido. No hay nombre preciso para lo que sientes. Y sin embargo ahí está, es perfectamente real.
Lo que me queda no es una conclusión ordenada ni un aprendizaje que quepa en una frase. Es algo más simple y urgente: responde el mensaje. Propón la fecha. Di el miércoles, di el jueves, di esta semana. No porque la vida sea corta, frase que ya no le dice nada a nadie, sino porque a veces el silencio después de un ‘¿cuándo?’ se vuelve definitivo, sin drama, sin aviso, sin que te dé tiempo de hacer nada distinto.
El café no fue. Pero el de esta semana todavía puede ser.
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