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"El problema radica en que estamos buscando a alguien que nos ame, cuando el secreto es encontrar a quién darle el amor que tenemos."

Un amor que dé ganas de hacerlo todo bien, de no haberse equivocado esta vez y en el que todo parezca una buena idea. Uno que te haga volver a sentir esos nervios que se van perdiendo con la edad y con la gente que pasa por nuestras vidas, como si cada una de ellas se llevara una parte de nuestra inocencia.

Un amor que te haga sentir que tienes 12 años y que nunca has besado o que te lleve más atrás aún y te haga sentir que estás en la calidez de los brazos de tu madre, pero teniendo claro que no es ella, a ver si te ayuda a exorcizar los demonios de la infancia. Alguien que dé ganas de preguntarle no solo cómo se llama, sino quién es. El nombre lo da cualquiera; definirse, en cambio, es muy difícil.

Un amor que dé ganas de oírlo y no solo de verlo mover la boca y asentir porque es lo que toca, sino de verdad ponerle atención a lo que dice. Y concordar o disentir, pero oírlo y recordar todo lo que dice porque es importante, así no lo sea.

Un amor bonito, sano; no perfecto, que eso no existe. Que aguante confesiones fuertes, el peso de las familias, la falta de dinero y la escasez de hijos, o al revés. Uno que dé ganas de sexo, pero no solo de sexo. Que haya risas y te ponga a escribir más de amor y menos de política, y te haga perder la pena y te ponga a dedicar canciones ajenas y a recorrer la ciudad con flores porque hay que entregarlas, y a dar serenatas y a esperar bajo la lluvia si es necesario. Uno que te haga dar ganas de quedarte algunos domingos en pijama y en ciertos sábados ir a matrimonios para celebrar juntos el amor de los otros.

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La mujer que me gusta tiene cuello largo y tobillos gruesos, y ahora parece que de eso se trata el mundo, de que la gente tenga el cuello largo y los tobillos gruesos porque así tiene que ser. Es trigueña, pelinegra, no se maquilla y le bastaron tres palabras en medio de una multitud para que me fijara en ella y el resto de la gente dejara de existir. Tiene los ojos perdidos y con ellos conquista todo lo que mira. Pasa que cuando te gusta alguien de verdad te llena tanto que no te interesa nadie más, porque el corazón es de esas cosas que solo se le pueden dar a una persona. Luego, si ocurre que no se lo puedes dar a quien tanto quieres, toca dárselo al universo mientras se anda por la calle, que muchos lo necesitan.

La otra noche me contó que alguna vez había atravesado un cultivo de arroz a mitad de la noche en una de esas islas del Pacífico Sur, a miles de kilómetros de aquí, años antes de yo conocerla, y me dieron tantas ganas de haber estado ahí. No se lo dije para que no me tomara por loco, pero es que eso es lo que me pasa con ella: me hace dar nostalgia por cosas que ni siquiera tienen que ver conmigo. No le escribo esto precisamente, pero es ella quien me tiene escribiendo así.

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Igual, todo amor es a la larga un capricho, solo que algunos duran cinco semanas y otros, cinco décadas. El amor, este que siento ahora, es subirse por el balcón y meterse por la ventana así haya una puerta, que es por donde suele entrar la gente cuando se las da de racional.

Querer amar y no dar con alguien que nos mueva es también una prisión. Y lo digo porque el problema radica en que estamos buscando a alguien que nos ame, cuando el secreto es encontrar a quién darle el amor que tenemos. Quien se mete con otro no para dar amor, sino esperando recibirlo, no ha entendido nada.

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