El miedo a crecer

Alejandra Martínez /@alejandramarrr/ Lola´s Magazine, 22/2/2018

Cuando la vida se empieza a complicar y el futuro ya depende exclusivamente de nosotras mismas... ¿drama u oportunidad perfecta de cumplir nuestros sueños?

Ilustración: Matilde Tilde - Foto:

La adultez y la libertad de decidir por mí misma me han convertido en la versión más cursi que hasta ahora me conozco. Las frases que antes me parecían clichés porque decían cosas obvias como: vale más tener amigos que plata, o: el éxito no es igual para todos, busca tu camino, ahora las encuentro valiosísimas y de un nivel de erudición que admiro y quisiera alcanzar. ¿Les ha pasado?

¡Qué fácil era la vida cuando sabíamos cómo hacer las cosas bien! Por eso desearía, en el fondo, muy en el fondo de mi corazón –entiéndanme, lo odié– volver al colegio. Sí, aún así, aunque haya sido en su mayoría una pérdida de tiempo y de hojas mal gastadas, de solicitudes planeadas para ir al baño, de faldas a raz de rodillas y de miedos bien infundados por el terrible ego de los profesores.

Pero sigo anhelando esa época. Cuando hacer las cosas bien, claramente, lo significaba ganar el examen, estudiar y obedecer a nuestras mamás. Cuando una tarea llena de sobreesfuerzos era la cima del éxito. Cuando la lucha interna más difícil que debíamos ganar era aprendernos la tabla de multiplicar y las abreviaturas de los elementos químicos. Cuando la premiación más soñada era ganar en las votaciones populares como representante de grupo después de lanzarnos con carteles propagandistas prometiendo el jeanday y la fiesta de fin año a costa de los 500 pesos que cada uno debía dar si tiraba un papel al piso

Esa época en la que las peores amistades que podíamos tener nos enseñaron a pastelear en el examen o a llegar tarde a clase de forma casi desapercibida mientras ellos distraían al profesor. ¡Cuando romper las reglas significaba salir del salón antes de que sonara el timbre del recreo!

Qué sencillo era vivir cuando sabíamos cuál era el siguiente paso, cuando solo había un camino seguro y correcto, cuando era claro qué nos hacía bien y nos hacía mal, cuando las oportunidades eran muchas pero esas que nos convenían las podíamos tomar al mismo tiempo, en el mismo salón y hasta en la misma clase.

Cuando no había egos más allá de tener el cuaderno pasta dura más lindo de la temporada o haber sacado el único 5.0 de la clase. ¡Qué sano saber que no había peor delito que comer en clase! O haber guardado por error el borrador de la niña de al lado.

Qué tranquilizante saber cuál era la mejor decisión entre tantas opciones, el camino correcto entre tantas dudas. Porque ahora, amigas, la vida no se mide por calificaciones ni por exámenes actitudinales. La vida depende de la buena suerte, la suerte que construimos, para tomar la decisión más correcta entre todas las buenas que pudiésemos elegir.

Y entonces entiendo que la vida fue perfectamente diseñada para que cuando estemos grandes, libres de ir al colegio o presentar finales en la Universidad, nos sintamos horrorizados por no tener orden alguno, sin saber qué hacer o a dónde llegar.

Pero ahí está el reto de crecer, de madurar y emprender nuestro camino. Porque, aunque les pueda seguir sonando cursi, la vida nos demuestra que los sueños que guardamos ahora son más posibles que nunca, que soñar es nuestra herramienta más valiosa para construir la vida que deseamos, porque son ellos los que nos guían al lugar que, sin conocerlo, debemos llegar.

Porque cada una de nosotras tiene un destino diferente y eso es lo que nos hace únicas, así que de nada vale comparar los logros de los otros con los nuestros sino más bien buscar nuestra propia definición de éxito mientras nos atrevemos. Equivocarnos y descubrir verdades que desconocíamos. Comernos los miedos, intentarlo y volverlo a intentar. Y darnos cuenta que cuestionarnos es demostrarle a la vida que queremos responder sus preguntas y andarnos el camino, la parte más importante antes de llegar a Ítaca, nuestro destino final.

El miedo siempre –óiganlo bien, siempre– conduce más rápido al error. Entonces, ¡gracias vida por destrozar nuestras certezas! Estamos preparadas para sentir el vacío de no saber dónde iremos a caer.

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