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Es una característica que vemos en otros. ¿Pero qué tanto la tenemos nosotras?

Por Carolina Alonso*. 

Esta es una de esas características que nos cuesta mucho trabajo reconocer en nosotras. Vemos con facilidad cómo otras mujeres manipulan, no sólo a sus parejas, sino a sus hijos, compañeros de trabajo, incluso a sus amigos… Pero ¿yo? Mmmmm…

Comencemos por decir que a muchas de nosotras nos enseñaron que manipular es la única manera de lograr que los otros satifagan nuestras necesidades y deseos. No es que nos hubieran dado instrucciones explícitas, claro; sin embargo, vimos cómo nuestras madres, tías, jefas, profesoras, amigas actuaban e, incluso, pudimos ser el objeto de su manipulación. Así que asumimos que esta es la manera.Creo que hay dos creencias muy dañinas y falsas en la base de este comportamiento:

1. El otro no es feliz haciéndome feliz.

2. No merezco recibir lo que necesito.

Examinémoslas de cerca: 

Los seres humanos estamos “cableados” para amar y, esencialmente, cuando contribuimos a la felicidad de otra persona estamos amando. Por lo tanto, nos hace felices —a todos, hombres y mujeres— hacer felices a otros. El problema está en que nos estropeamos por el camino… Piensa en ti, en cómo te sientes cuando ayudas a alguien, cuando das un regalo, cuando cuidas de los pequeños detalles para que las cosas salgan bien.

A veces pasa que los otros no lo agradecen, no lo aprecian; entonces nos duele, porque ponemos nuestra felicidad no en el acto de dar, sino en la manera como los otros responden. Lo mismo nos sucede a todos, entonces dejamos de dar por la felicidad de dar: en consecuencia, fortalecemos esa creencia de que no somos felices haciendo felices a otros.

En cuanto al merecimiento hay mucho que decir, sin embargo, aquí sólo traigo esta reflexión: si no puedo decirle a otra persona lo que necesito clara y explícitamente es porque tengo miedo de su reacción: no tanto de su negativa, sino a que juzgue que mi necesidad no es importante, no es valiosa, no es digna de ser satisfecha. Tememos esta reacción porque nos identificamos con nuestras necesidades y, por lo tanto, si el otro las juzga no valiosas, insignificantes o indignas es como si fuéramos nosotras. Entonces no nos arriesgamos, preferimos manipular para no sentirnos expuestas.

Tú y yo y el 99% de la humanidad manipulamos. Podemos aprender a no hacerlo, a pedir abiertamente lo que queremos, si aceptamos que necesitamos aprender. Manipular es apelar a la culpa del otro, es ocultar nuestros intereses y hacer creer al otro que sólo nos importan los suyos. La manipulación genera rabia, impotencia, desconfianza y decepción; a largo plazo, alimenta el resentimiento y hace que nos alejemos de quien nos manipula porque creemos que es la única manera de impedir que siga haciéndolo. No existe la “buena manipulación”, en todo caso se trata de un engaño al otro y a nosotras mismas. Cuando manipulamos sentimos miedo de ser descubiertas, como cuando mentimos de cualquier otra manera.

Ahora es tu turno, recuerda que sólo aprendemos cuando actuamos. Te propongo algo simple (no fácil):

1. Obsérvate durante una semana, observa tu manera de pedir. Date cuenta si usas una voz, una mirada, unas frases, unos gestos que, sutilmente, hacen sentir culpable al otro, sea quien sea.

2. Observa también qué te pasa cuando te sientes manipulada, cómo reaccionas, qué piensas. Observa y obsérvate con amorosa curiosidad. Este es el primer paso: ¡Ver! No podemos cambiar algo que no vemos.

*Sobre Carolina Alonso: Escritora, conferencista y coach. Experta en temas de amor y relaciones. Para más información, visita su página web . Síguela en Facebook aquí, en Twitter aquí y en YouTube aquí

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