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“Ojalá, dentro de 100 años, ya no estemos hablando de violencia sexual o de feminicidios”: Júlia Salander

Entre datos y feminismo, la autora analiza cómo el machismo sigue presente en las relaciones, las redes sociales y la vida cotidiana.

Júlia Salander y la radiografía del machismo contemporáneo
Júlia Salander y la radiografía del machismo contemporáneo - Foto: Cortesía

Por: Valentina Díaz

Júlia Salander es politóloga, analista de datos y activista feminista digital. Su trabajo ha logrado unir el análisis estadístico con el feminismo, demostrando con cifras las problemáticas actuales contra las que el feminismo lucha, como la violencia sexual, la desigualdad y la revictimización. También, se ha consolidado como una voz crítica frente a las dinámicas patriarcales que aún persisten en la sociedad y las redes sociales.

Es la autora de dos libros basados en datos y feminismo, siendo el primero “Tu argumentario feminista en datos” y el último: “Fuego al machismo moderno”. En entrevista con Fucsia habló sobre la presión estética, la educación sexual, el amor romántico y los desafíos que enfrenta el feminismo en la era digital.

¿En qué momento te interesaste por el feminismo y cuándo viste la oportunidad de unir este movimiento con los datos?

Yo creo que el feminismo nos interpela mucho a todas, algunas de manera más consciente que otras. En mi caso, desde que era adolescente empecé a notar detalles en el colegio: los hombres se comportaban de forma distinta a las mujeres, tenían ciertas actitudes o dinámicas diferentes. No digo que fueran buenas o malas, simplemente distintas. Eso me llamaba la atención y pensaba: ¿por qué ellos están más centrados en el deporte, en sus ambiciones, en sus videojuegos?

Poco a poco fui viendo que esas diferencias muchas veces implicaban una desigualdad. Lo de ellos se elevaba y lo nuestro se ridiculizaba. Por ejemplo, el color rosa. Desde niñas nos han inculcado que el rosa es nuestro color, pero cuando llegas a la adolescencia, si a una mujer le gusta el rosa, en España le dicen que es una cursi. Entonces, cuando eres adolescente, lo que está de moda es rechazar el rosa, y cuando lo haces eres guay. Eso me petaba la cabeza: ¿cómo puede ser que lo que antes me definía y era parte de mi identidad ahora, al llegar a la adolescencia, tenga que rechazarlo?

Analizando esto, pensé: aquí hay machismo detrás. Lo que intento con los datos es demostrar lo que digo. A las feministas muchas veces se nos dice que somos emocionales, que hablamos desde la subjetividad o desde la opinión. Entonces, como se me está negando lo que estoy diciendo, lo demuestro con datos, uniendo la teoría y esas ideas que tenemos en la cabeza con una realidad tangible. Si estoy hablando de feminicidios, te lo voy a dar en datos; si hablo de violencia sexual, te lo voy a dar en datos. Así, de alguna forma, estoy demostrando que lo que digo es real.

Hablemos de la frase: “El feminismo no es una reacción irracional, sino una respuesta racional a siglos de opresión”. ¿Qué formas de opresión consideras que siguen afectando hoy en día a las mujeres después de tantos años de lucha?

Yo creo que hay muchas. Desde la violencia sexual hasta la forma en que nos han educado sexualmente a las mujeres. Parece que el sexo siempre gira en torno a ellos, a su deseo, y suele suceder que, cuando ellos se corren, ya está: el sexo ha acabado. Si tú disfrutas, es algo secundario.

También está la presión estética. ¿Cómo puede parecer que lo más importante de nosotras es nuestra carta de presentación? Esto a mí me fascina mucho. La estética puede ser importante, pero no es lo más importante. Yo quiero que se valore a las mujeres por su inteligencia, por su talento, por su creatividad; pero siempre se pone el foco en cómo vamos vestidas, cómo nos hemos maquillado o peinado. En ellos no pasa eso. Ellos siempre van en traje y no se les exige de la misma manera. Cuando vemos a mujeres brillantes en cualquier medio de comunicación, parece que lo más importante es cómo se ven. Y dices: bueno, sí, puedes hablar de ello, pero hablemos también de su talento, de por qué están en esa alfombra roja, de lo que han logrado.

Júlia Salander y la radiografía del machismo contemporáneo
Júlia Salander y la radiografía del machismo contemporáneo | Foto: Cortesía

Para mí, ahí es donde estamos dando más pasos hacia atrás. Vemos a chicas jóvenes totalmente obsesionadas con la delgadez, con el skincare, con las operaciones estéticas, con el bótox, con el ácido hialurónico, usando filtros de Instagram o de TikTok. Están tan acostumbradas a deformar su cara que ya no se reconocen en el espejo.

¿Crees que el algoritmo y las redes sociales están impulsando o generando un retroceso frente a lo que ha logrado el feminismo?

Yo creo que ambas cosas. Para mí, las redes sociales son un canal donde se democratizan muchas ideas, porque antes dependíamos únicamente de los medios tradicionales. Ahora cualquiera puede hablar desde su casa y viralizar un mensaje. Sin embargo, también se sigue exigiendo mucho más a las mujeres en lo estético. Vemos creadoras hablando de historia o literatura mientras se maquillan, como si su imagen fuera tan importante como lo que dicen. En cambio, a los hombres no se les exige esa “carta de presentación”.

En redes vemos discursos muy polarizados: desde mujeres con discursos del sugar daddy o de la llamada tradwife, hasta discursos feministas. A mí la libertad de expresión me encanta, y también que existan distintas opiniones, pero sí creo que es importante cuestionar qué mensaje se les está dando a las niñas.

Yo siempre invito a preguntarnos quiénes somos, qué queremos y qué nos gusta realmente, sin poner el amor romántico o el hecho de tener pareja como el centro de nuestra vida. Está bien que algunas personas quieran casarse o tener hijos, pero no debería ser la prioridad obligatoria para todas las mujeres.

Hablemos de esta frase de tu libro: “Las mujeres, a fregar”, y de ese patrón en el que el hijo reemplaza a su madre por su esposa. ¿Cómo crees que se logra romper ese ciclo? ¿Por conciencia individual o por un diálogo sobre las dinámicas de pareja?

Creo que es importante lograrlo en muchos aspectos, pero hay uno crucial: es imposible que tengas deseo sexual, o cualquier tipo de deseo hacia tu pareja, si la tratas como si fueras su madre. A las mujeres nos han enseñado a maternar a nuestros novios, pero eso puede llevar la relación al fracaso. Piensas en esos hombres que muchas veces tienen empresas, que son exitosos, pero te dicen: “No sé poner una lavadora”. Hombre, amor, claro que sabes poner una lavadora: tienes una empresa. ¿Cómo no vas a saber poner una lavadora?

Yo abogo por la igualdad en todos los aspectos. Primero, por la carga que tenemos las mujeres, incluida la carga mental. Vamos detrás de ellos diciendo: “Oye, acuérdate de fregar los platos, de barrer el suelo”. Yo no soy tu secretaria. Yo no soy tu agenda personal.

Ahora, ¿cómo se consigue? Es más complicado, porque muchas veces viene desde la educación. Muchos hombres están reproduciendo esos patrones porque los han visto en su casa, en sus padres. Considero que, a nivel generacional, va a costar, porque es un cambio muy profundo en la sociedad. Lo primero será inculcar que los hombres son responsables de su casa. Luego, tener conversaciones. No quiero poner el peso en las mujeres, pero si yo estuviese conviviendo con una persona que nunca hace las tareas del hogar, hasta luego, Maricarmen. Las mujeres suficiente tenemos con nuestras cosas como para tener que encargarnos, además, de las tareas que les corresponden a ellos.

Si temas como la menstruación o el deseo femenino siguen siendo tabú, ¿crees que la crianza puede cambiar esta percepción? ¿Por dónde debería empezar esta conversación?

Me parece muy relevante tener educación sexual en todas las edades, no solo en las escuelas, sino también en casa. Pero esto es complejo porque, si las familias tienen esa responsabilidad de educar sexualmente, pero ellas mismas no han recibido educación sexual, yo no le puedo exigir a mi madre o a mi padre que me eduquen sexualmente si ellos tampoco recibieron esa educación.

Además, educación sexual no significa “te voy a enseñar a hacer una mamada”. Muchas veces pasa eso: no se entiende bien el concepto. Para mí, educación sexual es hablar de consentimiento, de infecciones de transmisión sexual, de precaución, de deseo.

El deseo de las mujeres siempre ha estado invisibilizado. Hasta hace muy poco ni siquiera se hablaba de cómo estimular el clítoris. Hay que hablar desde pequeñas de la menstruación, de la sexualidad, de la menopausia. ¿Cómo puede ser que las mujeres no tengamos ni idea de qué es la menopausia? Y ojalá todas lleguemos a tenerla, porque significa que estamos vivas y que hemos llegado hasta ahí. Cuando se piensa en la menopausia, automáticamente hablamos de sofocos o de que ya no tienes la regla, pero no: implica un cambio en nuestro cuerpo a nivel hormonal y muchas otras transformaciones.

Sobre la revictimización, ¿qué falta para dejar de culpar a la víctima con frases como “ella lo escogió” o “ella se vistió así”, y cómo amplifican las redes sociales este problema?

Yo creo que hace falta un cambio de concepción. A nadie le gusta verse como víctima, y eso hace que muchas mujeres no contemos las violencias que sufrimos por miedo a ser juzgadas, a que no nos crean, por culpa o por vergüenza. Por eso, lo primero es hablar, cuando puedas, como puedas y con quien puedas. Encontrar un espacio seguro hace que te sientas menos sola y menos culpable, porque no va de nosotras, no va de ti, no va de mí: va de algo estructural. Cuando vemos que nos ocurre a todas, eso te quita mucha culpa. Dices: vale, la culpa no era mía y no estoy sola.

Para mí, que exista Gisèle Pelicot es muy relevante, pero no todas vamos a tener el coraje o las herramientas. Las mujeres debemos hablar, aunque sea entre nosotras. No hace falta hacerlo público ni denunciar, pero sí es importante poder decir: “Oye, en el trabajo mi jefe me ha hecho esto”, “mi amigo hizo esto” o “alguien me tocó sin mi consentimiento”.

Cuando nosotras empezamos a hablar, nos damos cuenta de que a todas nos han pasado cosas. Yo no conozco a ninguna mujer que no haya sido violentada por un hombre. Es que no la conozco. Ojalá la conociese. Luego dices: vale, si a todas nos han pasado cosas, pero ninguna conoce agresores, no me salen las cuentas. ¿Dónde están ellos?

Si las ideas patriarcales están tan arraigadas tanto en hombres como en mujeres, porque también hay mujeres machistas, ¿consideras que es posible desaprender el machismo en adultos de 40 o 50 años? ¿De qué manera?

Yo confío al 100 % en que todo el mundo puede desaprender y, asimismo, aprender cosas nuevas. El machismo no está en nuestro ADN ni en nuestra biología. El machismo lo hemos aprendido. Es una mierda, pero también hay una parte positiva: si yo lo he aprendido, también lo puedo desaprender. Tengo mucha esperanza en que siempre se pueden aprender otros valores y otras formas de mirar el mundo.

Sí es cierto que, en hombres y mujeres de 40, 50 o 60 años, cuesta más, porque eso ya está muy incrustado. Pero me niego a pensar que no hay un cambio posible. Me niego a pensar que esas personas van a ser así toda la vida. No infantilicemos a la gente mayor: si han aprendido valores machistas, también pueden aprender valores feministas, valores de igualdad, de libertad y de respeto hacia las mujeres.

Para finalizar: ¿consideras que, en las próximas generaciones, tal vez dentro de 100 años, todo lo que se está haciendo actualmente desde el movimiento feminista —incluido tu trabajo, porque también estás dejando una huella muy importante— va a tener una gran importancia? ¿Crees que se verá ese cambio que se está buscando hoy en día?

Ojalá.

No te sé responder, pero me encantaría que dentro de 100 años este libro no hiciera falta, y que tampoco hiciera falta hablar de estas cosas. Que habláramos de otras, también muy interesantes. A mí me encantaría que no hiciera falta el movimiento feminista. Ese es realmente mi objetivo: que el movimiento feminista deje de tener sentido porque ya estemos en igualdad.

Entonces, toda esta lucha y todas estas conversaciones no serían necesarias. Hablaríamos de la Taylor Swift de ese momento, de literatura o de poemas. ¿Sabes? Que todo esto que estamos haciendo ahora ya no haga falta. Hace 100 o 200 años, la lucha era por el voto de las mujeres, por la educación. Ahora ya no hablamos del sufragio femenino porque es un derecho que ya hemos conseguido.

Ojalá dentro de 100 años ya no estemos hablando de violencia sexual ni de feminicidios. No sé si lo llegaremos a vivir, pero al menos, si no somos nosotras, que sean nuestras hijas o nuestras nietas.