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A bordo  del Atmosphere A bordo del Atmosphere

Cómo fungir de ‘descubridor’ en lo recóndito de la Patagonia chilena a bordo del mejor crucero en aguas australes.

 
Después de varios intentos fallidos de ajustar mi itinerario de vuelos, la aerolínea Lan me invitó a reconsiderar mi viaje a la Patagonia chilena proponiéndome llegar en helicóptero al Atmosphere, de la compañía Nomads of the Seas, cuando éste ya se hallaría en su tercer día de viaje después de navegar un largo trecho. Dije que sí, porque el cansancio que arrastraba después de las tareas del año machacaba en mi cabeza la idea de irme justamente ‘a la Patagonia’, ese lugar extremo por antonomasia donde no existiera celular, ni computador, ni nada que me impidiera descansar como lo necesitaba. Durante el vuelo de una hora, entre Puerto Montt y la isla Auchemó, Andrés, el piloto del helicóptero, me mostró los accidentes geográficos de la Costa Sur, que sobrevolamos haciendo un rodeo a partir del seno de Reloncaví, bordeando la parte continental de sucesivas islas, penínsulas y bahías, y observando el contraste entre las aguas y las estribaciones montañosas cubiertas de alerces, raulíes, cipreses y otras especies de la flora patagónica. Durante un buen tramo de la travesía cayó sobre el helicóptero una fuerte lluvia. Para tranquilizarme, Andrés se apresuró a decirme que la nave, uno de los dos Bell 407 que tiene el Atmosphere, era muy estable y seguro, pero, extasiada como estaba viendo el paisaje, había dado por hecho que no iba a pasar nada y disfruté mucho del vuelo sobre un territorio de bosques frente al que las islas emergen como ballenas gigantescas flotando en el mar.

En casa
Pensándolo bien, resultó ideal aterrizar en el helipuerto del yate Atmosphere después de casi veinticuatro horas de viaje desde Bogotá, sobra decir que extenuante, porque la bienvenida de la tripulación fue lo más parecido a un bálsamo reconfortante: ¿una copa de champaña?, ¿un jugo?, ¿un té?, me ofrecían Cecilia y Carolina, dos de las anfitrionas que se encargarían de convencernos a los 19 pasajeros a bordo de que éramos los primeros invitados de honor en un viaje que se podría resumir en las palabras “asombro, belleza, confort”, sin adjetivos rimbombantes.


La primera virtud del yate Atmosphere son las cabinas o dormitorios de dos camas mullidas, dotados de un clóset, una cómoda y un baño confortable. Desempacar las cuatro cosas que llevaba en mi maletín me tomó unos minutos, pero tuve tiempo de bañarme y cambiarme para ‘subir’ al comedor a tomar un coctel que acostumbran ofrecer antes de la cena. Allí conocí a los otros pasajeros, pero me habían destinado a compartir con una familia española, con la que desde el primer instante hubo empatía.
Después de una copa de champaña, pasamos a la mesa. Nos sirvieron una centolla patagónica que atenazamos despedazándola con avidez, mientras contemplábamos, en el atardecer de la primavera novembrina, las suaves ondulaciones de islas próximas que rompían su silueta oscura contra el cielo arrebolado.

Durante el coctel nos habían preguntado qué actividad queríamos hacer al día siguiente. Elegimos una caminata de observación de la naturaleza. Después de un desayuno que puede ser tan frugal o tan abundante como uno quiera, y que incluye frutas, panes, salmón ahumado y otras carnes frías, quesos y huevos al gusto, bañados con una mimosa de Moët & Chandon, o varias tazas de café, nos aprestamos a iniciar la aventura desde la bahía de la isla Auchemó, donde habíamos despertado en medio de un paraje en el que asomaba el volcán Puntiagudo al fondo, y que me trajo la sensación de estar en el lugar más ignoto posible.

El helicóptero nos dejó en un claro de la montaña, desde donde nos desprendimos vestidos con nuestras ropas impermeables y chaquetas de plumas por los senderos del bosque patagónico, de especies de altura media, como la Nothofagus alpina o raulí, y variedades de cipreses que cubren senderos escarpados donde los musgos, como una alfombra sobre las rocas, no son suficientes para evitar uno que otro resbalón. Después de tres horas de caminata, en la que el único animal que vimos fue una lagartija, llegamos a la orilla de un lago de rara belleza, de orillas de arenas negras sobre las que se veía claramente el repliegue de las aguas, donde nos recogió el helicóptero para llevarnos de nuevo al Atmosphere.

Después de almuerzo, abordamos un Zodiac Hurricane, embarcación de rescate exclusiva de los marines norteamericanos. Vale acotar que el Atmosphere tiene características de yate de lujo, buque de guerra y barco de expediciones tipo Calypso, es el yate más grande de Chile y el único del mundo de este tamaño dotado, además, con dos helicópteros propiedad de la compañía. Construído en el astillero Asenav, en Valdivia, se hizo a la mar a fines del año 2006,  para anclar por primera vez en Puerto Montt.
Andrés Ergas, su dueño, es un piloto de helicóptero, experto en pesca con mosca y, desde luego, un apasionado viajero que quiso hacer una embarcación a la medida de sus afinidades, pensando en que los atractivos de la Patagonia chilena se acercaran a los viajeros en lugar de que éstos tuvieran que ‘llegar’ hasta ellos, como en efecto lo hace por mar, aire y tierra, de la manera más expedita en cada caso. Este ‘espíritu’ se expresa en la quintaesencia de la comodidad dentro de la más absoluta sencillez, al punto de que ser pasajero del Atmosphere no exige ninguna vestimenta formal (solamente pantalones cómodos, camisas y chalecos polares), y las medias antideslizantes son el único requisito obligado para caminar en el interior del yate.

La expedición en el Hurricane nos llevó sin rumbo fijo, con la guía de una bióloga marina, a descubrir la fauna patagónica. Volando sobre la embarcación, las gaviotas y los albatros anunciaban la proximidad de otras especies como los patos vapor, que no pueden volar, pero nadan sobre la superficie del agua valiéndose de sus alas, los cormoranes y pelícanos, los delfines y pingüinos. Pero el espectáculo más impactante corrió por cuenta de unos leones marinos que se dedicaban a devorar enormes salmones, y que apenas si se alzaban sobre el agua para zarandear a los peces y despedazarlos ante nuestros ojos atónitos, dejando sus entrañas rosadas a la vista. Gozamos de esa visión fantástica durante unos diez minutos, como si se tratara de una película de National Geographic, y volvimos al barco más que satisfechos.

Al día siguiente remamos en kayak por algunos canales cercanos a las islas Tic Toc. Compartí barquito con Marta Alonso, mi nueva amiga española, ya entrenada en echar remo. Hacia el mediodía, una travesía de una hora en jet-boat por el río Tic Toc, nos llevó a una playa en el confín del lago Trébol. La tripulación del Atmosphere había establecido un puesto de avanzada en esa playa, llamada Cancún, por sus arenas blancas, para preparar el almuerzo, que disfrutamos sentados en sillas de lona roja frente a una mesa de manteles blancos. Nos sirvieron salmón en papillote con papas rústicas y uno de los vinos chilenos de calidad que probamos durante el crucero, entre los que recordamos un Almaviva de Concha y Toro, un Caballo Loco de la línea Premium de Valdivieso, un Cancha Alegre Cabernet Sauvignon de De Martino, y un Clos Apalta de Casa Lapostolle.

El día final amanecimos en una resguardada bahía del fiordo de Quintupeu, en cuyas proximidades nos esperaba una jornada campesina en terrenos de una parcela de los habitantes de la región. Después de comer un asado de cordero y mollejas, preparado por los chefs del yate, Miguel, Marcos y Felipe, remontamos un camino montañoso hasta unos pozos termales donde descansamos un rato.

A la mañana siguiente, cuando nos acercábamos a la bahía de Puerto Montt, una brumosa nostalgia se posaba sobre el recuerdo de los días vividos. Sin duda, habíamos sido los privilegiados pasajeros de un yate premiado como uno de los diez mejores barcos de exploración del mundo por la prestigiosa revista Super Yacht World y catalogado como el mejor crucero en aguas australes por la publicación Condé Nast Traveler.

Ahora que escribo estas líneas, y que sé que en el Atmosphere han viajado ex presidentes, miembros de la realeza y actores como Brad Pitt, no puedo menos que ceder a la tentación de incluir mi nombre al lado de ellos, pero en mi calidad de ‘ilustre desconocida’.


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