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"Lloro al ver tanta belleza y tanta inocencia juntas. Lloro también porque hay niños que a los cuatro años han conocido todas las barbaridades de este mundo".

Tengo una sobrina que es toda feliz. No sé cómo hace, pero se ríe todo el día. La metes en un charco y para ella es un océano. Juega y se ríe sola y se emociona como si estuviera enfrentando olas y animales mitológicos. Navega por sus cuatro años y se divierte con una tapa de gaseosa. La llevamos a conocer Nueva York y para ella fue como si estuviera en el patio de su casa, donde recoge basura que vuelve juguetes. Ni siquiera cosas completas, apenas pedazos de ellas es todo lo que necesita para ser feliz.

Pone a pensar en qué momento perdemos el gusto por lo sencillo y cuándo le pasará a ella. No es solo que haga una fiesta con lo que sea, sino que vive en la ignorancia, en el buen sentido de la palabra. Ignora que el mundo es un lugar difícil y que la gente hace daño. Tampoco conoce la muerte, lo más cercano a ella que ha enfrentado es una hoja que arrancó de un arbusto y que se la llevó un ventarrón luego de tenerla un rato en su mano. Lloró largo y nada pudo consolarla; todavía tiene un buen tiempo para aprender a lidiar con la pérdida.

---Adolfo Zableh Revela también 4 mitos del sexo---

Se hace amiga de todos y el mundo la quiere porque es para derretirse. Sonríe y se entrega, solo da, por eso se la pasa recibiendo. Recibe también porque está en formación y los niños de su edad necesitan mucho, pero en su naturaleza existe el dar, ser feliz, reír, no calcular.  

Me pregunto si todos los niños son como ella, sería una dicha. Iguales o no, luego crecen y de adultos se vuelven amargados y racistas, clasistas y errados, llenos de miedo. Es ahí cuando los humanos empezamos a hacer daño, como si algo se rompiera. Mientras tanto, el mundo de mi sobrina es su madre y su padre, sus abuelas y su tío, también la silla de atrás del carro de la casa, segura como un trono desde donde gobierna su mundo. Va a una guardería por las mañanas, tiene un uniforme de fútbol de Brasil, se lo pone y coge una pelota pero juega con la mano. No sabe nada y está aprendiendo todo. Todo es nuevo, todo es bello. 

Cuando el sexo se va al carajo, otro artículo de Zableh que nos da mucho que pensar.

Ríe y habla con desfachatez. Se siente capaz de lo que sea y no le teme a nada, nada para ella es imposible, lo malo aún no la alcanza. Solo dice la verdad y habla y entiende literal. Confunde las palabras y es generosa cuando quiere, no hay en ella un ápice de malicia, es vulnerable a las cosquillas. El pelo se le va a la cara porque le está creciendo y se pone roja cuando se agita. Su plato preferido lleva fríjol y arroz y le llama “arroz con frijolitos”, con esa voz fina y fluida, ese lenguaje básico.  No conjuga bien muchos verbos y verla construir ideas es fascinante. Dice lo que piensa, hace reír y no se da cuenta de nada. Es verla y entender que la vida es frágil, y también que es un milagro.

La quiero mucho pero solo se lo digo cuando estamos solos. La veo y a veces me dan ganas de llorar. No por lástima, sino porque esa pureza se va a ir en algún momento. Lloro al ver tanta belleza y tanta inocencia juntas. Lloro también porque hay niños que a los cuatro años han conocido todas las barbaridades de este mundo. Me hace pensar en mí y en mi hermana, su madre, cuando éramos niños, y de corazón deseo que le vaya mejor que a nosotros. Que le vaya bien, a ella y al resto de niños, que no sean carne de cañón ni motivo de pelea entre los padres, que no sean la excusa de los políticos para ganar votos ni víctimas perfectas para el maltrato de los adultos.

Quiero disfrutarla ahora, en la pureza de su niñez, cuando no conoce la maldad y cree que el mundo está ahí para hacerla feliz. Quiero ver la vida desde sus ojos, mirar lo que ella mira, a ver si entiendo algunas cosas. Esa felicidad plena que se nos termina escapando, yo quiero eso. 

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