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"La vida es esa cosa que parece nuestra, pero que en realidad no controlamos, por eso nos golpea y después, para equilibrar, nos consiente".

Hay días en los que te entra el desespero y ni idea por qué. Te despiertas bien y la mañana promete, pero antes del almuerzo, después de resolver un par de asuntos pendientes, te empieza a doler el pecho, y no es el corazón, al menos no en su acepción fisiológica. Es decir que más que el corazón lo que te duele es el alma, como si el alma quedara en ese punto ligeramente inclinado hacia la izquierda que queda arriba del estómago.

Te duele el corazón, decía, y empiezas a repasar por qué. No sabes qué pasó, qué hiciste mal ni dónde se torció todo, si te habías despertado de buen ánimo, y después del café, justo antes de salir de casa, te sentías imparable. Este iba a ser tu día.

Entonces vuelves a casa, no derrotado, porque mal que bien salvaste la jornada con algo de dignidad, pero sí golpeado, y no hay libro ni película, no hay canción ni mar que te quiten esa costra. No hay a quién echarle la culpa porque esto pasó solo, y en ese caso el único responsable eres tú. En otra época de la vida no te habrías perdonado semejante bajón, pero ya te has cascado demasiado como para seguir recriminándote. Más bien intentas reponerte.

Pero es difícil porque no es que la comida sepa diferente, es que no sabe, ni siquiera el helado. Lo que necesitas es algo que te arrope: una cobija, el chorro de la ducha, el abrazo de alguien, la voz de James Taylor, lo que se cruce primero. Lo intentas todo y ni así. Hoy no hay nada que te salve y solo te queda aceptar que en este día no te hallas. Hoy la vida no es para ti, pero la vida no para, así te sepa a mierda, así que tienes que cargar con ella un rato más.

Te duele la persona que ya no está contigo, el trabajo que no obtuviste, el viaje que te perdiste, lo que sea. Encima ves a la gente en internet y notas que todo el mundo tiene mejor vida. No te despistes. Unos pocos sí, pero los otros, la mayoría, están igual que tú, incluso peor, solo que tapan ese hueco a punta de subir fotos a Instagram.

Te está doliendo pero estás bien, todo va a estarlo, lo sabes, porque esas cosas nos pasan a todos. Es imposible no descarrilarse cada tanto, no puedes pretender ser un zombi que va por la vida siempre igual, sin cambiar de pose y sentimientos. Sabes que volver a la calle tampoco es posible porque ahí no te hallarías ni con tus amigos, al revés, les contagiarías tu estado, así que es mejor dejarlos a un lado. En situaciones como esta todo se trata de ti y no de ellos. El remedio es lidiar contigo mismo, socializar solo sería un placebo. Tampoco es hora de abandonar. El suicidio es el único abandono posible y tú no estás para eso.

También ha pasado que te sientes feliz aunque en el fondo sepas que no estás bien. Llevas unas semanas en racha y tratas de alargarla aún sabiendo que, una vez se acabe, la caída va a ser dura. La vida es esa cosa que parece nuestra, pero que en realidad no controlamos, por eso nos golpea y después, para equilibrar, nos consiente. Luego no pasa nada con ella y más tarde ya es hora de irse a dormir. Entonces solo nos queda volver a tomar el control de ella así sea, repito, prestada. La clave para retomarla es parar, dejar de pensar y limi-tarse a respirar.

Respira, solo respira, que la respiración es la antesala a la sonrisa. Todo va a estar bien, bienvenido de nuevo.

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