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La parábola de la marihuana

Revista Fucisa

La parábola de la  marihuana

“Bruja” y “yerbatera” son los insultos más suaves que le han dicho a la doctora Paola Pineda por defender el uso terapéutico del cannabis, que ya es ley en Colombia. Pero para ella, más allá de sus beneficios en la salud, la planta enseña la importancia de combatir estigmas y de una práctica médica más humana

Con la sinceridad que la caracteriza, la doctora Paola Pineda Villegas admite que la marihuana le devolvió el amor por la medicina. No le importa que algunos colegas la miren con sospecha, que una neuróloga la haya llamado “la bruja que traba niños”, que la tilden de “mariguanera” y que insinúen que sus títulos son comprados. Aunque hace rato aprendió a ignorar el qué dirán, por si las dudas decidió colgar en su consultorio los diplomas que la acreditan como médica cirujana de la Pontificia Bolivariana de Medellín, especializada en derecho en el área de la salud y magíster en VIH de la Universidad Rey Juan Carlos de España. Y aclara que no fuma marihuana pero sí toma unas gotas para dormir. “Tengo días difíciles en los que me llegan toda clase de ofensas. Luego recibo el mensaje de una mamá que me dice que su hijo lleva más de una semana sin convulsionar”, comenta. Eso le da más satisfacción que los piropos que pueden leerse sobre ella en distintos medios como que es “la persona más importante del país” y que “está haciendo historia”.

Lo cierto es que con la reciente sanción presidencial, que reglamenta el uso de la marihuana medicinal en Colombia, su nombre es un común denominador entre quienes trabajan con la hierba. “Quizá se debe a que salí del clóset de la medicina cannábica y hablo sin pena porque confío en sus beneficios. No pienso en lo político ni en implicaciones económicas. Es una cuestión de ética darles a mis pacientes buenas herramientas para su bienestar”. De todas maneras, destaca el hecho de que ahora vaya a generarse una mayor competencia, “que es la base de la calidad. La Ley 30 de 1986 ya había abierto la puerta a las aplicaciones terapéuticas y aun así pasaron 30 años de limbo jurídico en los que ningún ministro de Salud le apostó a esto hasta que llegó Alejandro Gaviria. Además, no se permitían más de 20 plantas por cultivo, y me preocupaba quedarme corta de un extracto que estuviera funcionándole a alguien”.

La página web Leafly, dedicada a informar sobre el tema, destacó en un perfil el hecho de que en medio de una industria predominantemente masculina de productores, cultivadores y referentes médicos, ella sea una de las abanderadas de la causa: “El cannabis tiene macho y hembra, y de esta última sale la mayoría de las preparaciones. Por eso, ser mujer en este ámbito tiene una connotación muy simbólica”, manifiesta en plena etapa de reenamoramiento de su profesión. Porque no teme contar que pasó por una de desamor.

Cuando Pineda finalizó sus estudios de medicina viajó a Inglaterra para aprender inglés y pagó su estadía lavando baños, vendiendo perros calientes y cuidando niños. “A veces los médicos tenemos un ego muy grande y estas situaciones enseñan sobre la humildad”, reconoce. A su regreso, desempeñó cargos administrativos relacionados con el VIH en la Gobernación de Antioquia, en el Ministerio de Salud y Unicef. “El sida siempre me ha llamado la atención. Me dolía la población estigmatizada, los homosexuales, los adictos a las drogas… Soy una convencida del respeto por las diferencias, el otro verá con quién se acuesta, o qué se inyecta… ¿Quién soy yo para juzgar? Haciendo la tesis de la especialidad me encontré con casos de personas que habían echado del trabajo, a las que les negaban créditos. Los temores en torno a esta condición son como los que hay hacia el cannabis, están basados en la ignorancia, pura desinformación”.

En esa época empezó a sentirse impotente porque si bien los medicamentos tenían éxito al controlar la infección, quienes acudían a su consultorio padecían neuropatías, tenían falta de apetito o depresión, “y la única respuesta que uno se acostumbró a darles era: ‘Eso es por el virus o por los remedios’. En 2012 atendí a un paciente que vivía con un dolor insoportable y no podía dormir. Probamos con el vademécum completo desde el acetaminofén hasta el tramadol, y nada. Entonces le propuse que ambos nos pusiéramos en la tarea de investigar opciones. En la siguiente cita me dijo que sentía vergüenza de contarme lo que había averiguado. A mí me dio risa porque sabía que se refería a la marihuana. Como en ese momento no tenía idea de dónde conseguirla ni qué receta usar, le sugerí que se preparara un té. A los tres días me llamó feliz, por fin estaba descansando. Yo misma llevaba ocho años tomando clonazepam para combatir el insomnio”.

Fue así como Pineda entró en contacto con varias empresas locales que ofrecían productos elaborados a partir de las variedades de cannabis. “Ella se jugó su prestigio por puro amor a la ciencia”, asegura Julián Caicedo, fundador de la firma Anandamida Gardens, y quien es parte del Grupo Curativa, una iniciativa académica de la cual la doctora hace parte. “Con su respaldo hemos dado un paso adelante. Las nuevas regulaciones traerán más médicos a nuestro lado, porque hasta ahora habían sido muy parcos. Y es que tener miedo era normal. Muchas veces fuimos allanados pero primó nuestro deseo de ayudar”, agrega Mauricio García, de Cannalivio, entidad comprometida con la investigación desde hace 11 años y que invitó a Pineda a ser el apoyo especializado en el debate del Congreso con miras a la legalización.

En ese escenario conoció a las madres de varios niños con epilepsia que habían agotado todos los tratamientos disponibles en el país y se alistaban a viajar a alguna ciudad en Estados Unidos en la que no hubiera frenos al cannabis. A ellas las destaca como las verdaderas heroínas de esta cruzada por alzar su voz, en lugar de resignarse. El agradecimiento es mutuo: “Ella le devolvió la vida a mi hija”, asegura Paola Zuluaga, mamá de Valeria, una pequeña de 4 años que desde mayo de 2015 no ha vuelto a convulsionar. “Ahora pasa riéndose, camina, canta, baila, va al jardín... antes no podía ni sentarse, no expresaba ninguna emoción, vivía dopada con el medicamento. Y yo volví a ponerme pijama porque solía dormir con ropa, lista para salir a urgencias”. Tan grave era la situación que el pronóstico médico era esperar el desenlace fatal y Pineda recuerda que durante las dos horas de la primera consulta, ‘Lele’, como le dicen cariñosamente, no dejó de tener ataques.

“El tabú no me afecta a mí. Las víctimas son los pacientes que se confunden y no saben en quién confiar, si en un neurólogo o en la ‘médica de la marihuana‘. Pero aunque no se trata de curas mágicas, los resultados de muchos son los que finalmente importan. Las prohibiciones no han servido para nada. Para ser un buen profesional hay que ser primero un buen ser humano y con ley o sin ley yo seguiría haciendo lo mismo”.

A cambiar la mala reputación:

“En la universidad no me enseñaron que el cuerpo humano posee el sistema endocannabinoide. Es el encargado de la homeostasis, es decir del equilibrio interno, y está conformado por unos receptores, de manera que la medicina con cannabis le da al cuerpo algo que el mismo organismo tiene”, señala la doctora Paola Pineda. Por eso resulta eficaz en casos de dolores, inflamaciones, insomnio, falta de apetito, epilepsia, y para regular los efectos de la quimio y radioterapia. En 1992 fue aislado un neurotransmisor que se denominó anandamida: “En sánscrito significa ‘felicidad’, ‘tranquilidad’. Lo producen las personas en un estado de balance y tiene efectos muy similares a los compuestos psicoativos del cannabis”, añade su compañero de trabajo Julián Caicedo, creador de la empresa homónima Anandamida Gardens.

“La gran lección que nos da la planta es que aprendamos a trabajar en equipo”, opina la doctora, quien acude a una analogía para explicar su punto: está constituida por varias sustancias entre ellas los cannabinoides como el CBD y el THC, “pero resulta que funcionan mejor cuando están rodeados por sus compañeros. A unos pacientes les va mejor con unas combinaciones que a otros. Por eso creo que la invitación es a que la medicina sea personalizada. Nos acostumbramos a recetarle a todo el mundo 500 miligramos de acetaminofén”.

Advierte que lo más responsable es contar con acompañamiento experto: “Puede bajar la presión arterial y aumentar el ritmo cardiaco, por eso empiezo con dosis mínimas. Se le acusa de causar adicciones, pero nuestro cuerpo no solo produce cannabinoides, sino que cuando se consume marihuana una parte queda guardada en la grasa y al suspender su uso se elimina progresivamente de modo que no se presenta síndrome de abstinencia. En personas muy sensibles es posible que se den crisis de pánico. La buena noticia es que no conlleva ningún daño catastrófico. No ha habido muertes por sobredosis pues no hay receptores en el tallo cerebral”. Las vías de uso son la oral, la tópica y en lugar de fumar recomienda las vaporizaciones. También hay alimentos como el aceite de cáñamo. “Estudios realizados en jugadores de fútbol americano demostraron que el cannabis es un neuroprotector que hace las veces de un segundo casco”, cuenta el doctor Stuart Titus, director de la compañía norteamericana Medical Marijuana Inc., que hace alarde de haber desarrollado el primer suministro de CBD. Hay investigaciones que apuntan a su efectividad para tratar el Alzheimer, reducir el tamaño de los tumores cancerosos sin afectar las células sanas e “incluso se elaboran productos para el bienestar de las mascotas”.

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