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De Budapest a Cracovia. El espejismo del "lago verde"

Lila Ochoa

De Budapest a Cracovia. El espejismo del "lago verde" De Budapest a Cracovia. El espejismo del "lago verde"

Un recorrido por Hungría, Eslovaquia y Polonia, al encuentro de la historia, la naturaleza, los vinos y la deliciosa gastronomía de cada región.

 
Revista Fucsia
 
Compartí, en septiembre del año pasado, un recorrido por los paisajes, la cultura, la historia y la realidad contemporánea de estos tres países de Europa Central con un grupo de australianos, canadienses, estadounidenses, españoles y mexicanos.

El periplo se inició en Budapest, cuya arquitectura barroca, rococó, neogótica y Art Déco permanece intacta. Compuesta originalmente por tres poblados, Buda, Obuda y Pest, la ciudad tiene más de dos mil años. Ocupada por Augusto durante el Imperio Romano, fue fortificada para protegerla del ataque de los Bárbaros. En el siglo XIII, cuando el rey Bela IV construyó su castillo, pasó a ser capital del reino de Hungría.
 
Conocida como ‘La perla del Renacimiento’, fue destruida por los turcos en los siglos XVI y XVII.

La última invasión a Hungría, seguida de la conquista de los Habsburgo, la integró al Imperio Austriaco hasta comienzos de la Primera Guerra Mundial, cuando se desintegraron las Casas Reales europeas y desapareció la monarquía. De esa época quedan palacios, iglesias, plazas, monasterios y un legado cultural muy amplio. En el siglo XIX (1873), Buda y Pest fueron unidas por un puente para constituir la moderna Budapest.

Caminata citadina

La primera caminata empezó en Buda y terminó en las murallas de Pest. La mezcla de culturas de Oriente y Occidente le da un carácter especial a la ciudad. En el mercado antiguo, una estructura metálica de cúpula de vidrio, las mujeres nos volvimos locas con los bordados y el cristal, pero no pudimos comprar mucho, pues en el paso de la economía comunista a la capitalista los aquincenses todavía no están familiarizados con las tarjetas de crédito. Almorzamos en un restaurante donde probamos por primera vez el famoso vino Tokay, color ámbar, dulce y exquisito. Visitamos el castillo de La Colina, reconstruido después de la Segunda Guerra Mundial, y la Estatua de la Libertad, la segunda en el mundo después de la de Nueva York. Me emocionó recorrer las calles y plazas que Sandor Marai describe en libros como El último encuentro y La mujer justa.

La zona vinícola del Tokay

Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, aquí se produce desde el año 1600 el vino dulce Aszús Tokay, cuyo color y sabor suscitaron el rumor de que contenía oro y de que, por lo tanto, debía de haber presencia de este mineral en los viñedos. Cuentan que el alquimista Paracelso viajó a Hungría para investigar la veracidad de esta leyenda que acompaña al vino favorito de Luis XIV, de Pedro El Grande de Rusia, de Federico de Prusia y de los Habsburgo de la Corte de Viena.

Almorzamos en las cavas de un viñedo. Nunca había estado en una y, aunque me pareció fascinante, me impresionó el olor a humedad y las telarañas. Probamos un exquisito gulash hecho por Ilonka, la dueña del establecimiento, acompañado de vinos blancos dulces, ácidos y espumosos de la producción local.

Al final de la tarde nos esperaba el Grof Degenfeld, una mansión del siglo XIX restaurada, que funciona desde 1990 como un hotel de lujo. Sus dueños, aristócratas austrohúngaros, fueron una de las primeras familias que produjo el Tokay y pioneros del renacimiento de la tradición vinicultora después del régimen comunista.

Esa noche comimos en el mejor restaurante de la región, la casa particular de los Degenfeld. Al día siguiente, muy temprano, iniciamos el ascenso al monte Tokay. Al cabo de dos horas llegamos a la cumbre, desde donde la vista de la planicie húngara es infinita. Los recolectores empezaban a coger las uvas que, mezcladas con el vino nuevo, reposan en barricas de madera para que surjan los componentes que le dan el sabor y el color dorado que lo caracteriza.

Las montañas Tatras

El tercer día viajamos por una moderna autopista hacia Eslovaquia, cuya frontera con Polonia está demarcada por las montañas Tatras, de la cadena de los Cárpatos. Pasamos cuatro días en esta región de montañas y bosques de pinos y abetos. La amabilidad de los lugareños es proverbial, tantos años de fronteras cerradas han hecho de ellos personas abiertas y nuestro grupo, bastante heterogéneo, les causaba curiosidad.
Almorzamos en un refugio de montaña cuya especialidad es la cocina rústica, antes de internarnos por un camino que bordea la montaña, en un bosque salpicado de cascadas de agua transparente y cantarina. Después de tres horas llegamos a la cumbre, Skalnate Pleso. Era la primera vez que escalaba una montaña y me sentía conquistando el Himalaya, aunque solamente subimos 600 metros. Luego bajamos en una góndola hasta el pueblito de Tatranska Lomnica (capital de los Tatras), donde se encontraba nuestro hotel.

Ese día me hice a una gran amiga, Carmen. De origen cubano, vivió en Venezuela y hoy reside en Verbier, una estación de esquí suiza. Al día siguiente hicimos tal vez la caminata más exigente, nueve horas en el Parque Nacional de las Tatras. La meta era llegar al lago verde y, asustada, le pedí a Carmen que me acompañara en caso de que me sintiera sin fuerzas para continuar, cosa que no pasó, pues logramos llegar a la meta. Dogan, un eslovaco rubio parecido a Brad Pitt, fue nuestro paciente guía y nos ayudó a alcanzar el lago encantado.

Según la leyenda, una esmeralda gigantesca brillaba en la cumbre de la torre Goshawk y muchos habían intentado llegar hasta ella. Un joven que se le había prometido a su novia como regalo de boda llegó a la cima, pero, cuando tocó la esmeralda, el espíritu de la montaña se sacudió y el joven cayó, con ésta, al lago. Dicen que la piedra brilla desde el fondo, dándole al agua su maravilloso color verde.

Las palabras se quedan cortas para describir el bosque, los ríos, los colores del follaje. El camino atraviesa campos de trigo y conduce a un bosque que yo llamé ‘de Blanca Nieves’, pues había hongos rojos con puntos blancos, y musgo cubierto de gotas de agua que brillaban como diamantes bajo el sol, pinos gigantescos y helechos que parecían de encaje.

Al cabo de tres horas llegamos a la cima del Zelené Pleso, el ‘lago verde’, el más grande de la parte alta de las Tatras. Celebramos con una cerveza fría y almorzamos en un refugio construido en 1897. Habíamos tenido la suerte de ver los picos nevados que suelen permanecer cubiertos por la niebla. Al regreso nos esperaban nuestras guías con una paleta Magnum de vainilla recubierta con chocolate, como premio a nuestra ‘proeza’. Comimos pollo asado en un restaurante en medio del bosque, donde un grupo de músicos gitanos nos deleitó con sus canciones.

Zakopane

El quinto día caminamos desde Chocholow hasta Zakopane, capital montañesa de Polonia. Descubierta en el siglo XIX por un médico polaco, era la favorita de los artistas y la bohemia. La arquitectura de la región, de troncos de madera amarrados con lazos de lana y hendiduras rellenas de musgo, es parte de su legado cultural. Polonia, dividida por los rusos, los prusianos y los austriacos, tuvo que soportar el embate final de los alemanes durante la Segunda Guerra. Pero Zakopane, donde se refugiaban los polacos a renovar fuerzas en su lucha por la independencia, mantuvo la esencia del país.

El almuerzo fue un picnic en una casa de la región, consistente en salchichas a la brasa, ensaladas, frutas y queso ahumado, especialidad de la región. Nos quedamos en el hotel Belvedere, en cuyo centro de masajes practican el de la ‘gota de aceite’, que cae sobre el cuerpo gota a gota, produciendo una sensación deliciosa. El último día recorrimos el parque nacional y visitamos a los artesanos que elaboran el queso ahumado.

Auschwitz

De regreso a Cracovia paramos en Auschwitz. Está última parte del viaje fue para mí una experiencia muy dura. Desde muy joven he estado obsesionada con la historia de la Segunda Guerra Mundial, pues los profesores del colegio alemán donde me eduqué fueron protagonistas de esta guerra, unos como soldados, otros como civiles.
Las imágenes de La lista de Schindler me persiguieron durante el recorrido. Cada casa es un museo en honor a los judíos belgas, húngaros, italianos… Imposible, en el recinto dedicado a los niños, evitar las lágrimas ante las fotografías de miles de ellos, muertos de hambre. Creo que todo ser humano debería pasar una vez en la vida por esta experiencia. No bastan las películas ni los libros, hay que ver las cámaras de gas, las celdas de castigo, los campos desolados a donde llegaban los trenes con su ‘carga’ humana.

Cracovia

Es el ‘alma’ de Polonia, la antigua capital, allí hay una muestra de arquitectura de los periodos de su historia: una muralla del Medioevo al lado de una iglesia del Renacimiento que colinda con un palacio barroco. Situada en un lugar rocoso, tiene una vista maravillosa del río Vístula. La tumba del santo patrón del país, Estanislao, asesinado por el rey Boleslav El Calvo, descansa en el centro de la catedral de Wawel, donde eran coronados y enterrados los reyes polacos.

El hotel Copernicus, del grupo Châteaux–Relais, es el mejor de la ciudad, una joya arquitectónica restaurada para que el huésped la disfrute. El recorrido de la ciudad empieza en la Plaza Rynek Glowyny, de la Edad Media. Allí, en la Sukiennice o Lonja de las Pañerías, vendían sus productos los mercaderes. Coches de caballos con cocheros vestidos a la usanza de la época y mimos y cantantes espontáneos se mezclan con los estudiantes y los turistas en este lugar repleto de cafés y restaurantes. En el Wierzynek, el más antiguo de Europa, Mikolaj Wierzynek preparó en 1346 el banquete de bodas de la nieta del rey Casimiro El Grande. Sus salones ostentan candelabros, viejas armaduras y relojes antiquísimos.

Otra visita obligada es la del Palacio de los Príncipes Czartoryski, hoy museo, donde se puede ver ‘La dama del armiño’, de Leonardo da Vinci. Para mi gusto, mucho más bello que la ‘Mona Lisa’.


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