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El discreto hechizo de las feromonas

Arnoldo Mutis

El discreto hechizo de las feromonas feromonas.

A través de su olor casi imperceptible, las feromonas masculinas encienden en la mujer la pasión por un hombre y regularizan su ciclo menstrual.

Llego a París mañana en la noche. ¡No te bañes!”. Así le decía en una nota Napoleón Bonaparte a su ardiente esposa Josefina, con quien compartió uno de los amores más arrebatados de la historia. El curioso mensaje sugiere que el emperador francés encontraba excitantes los olores naturales de su mujer y es evidente que en ello no fue nada original. Crudos testimonios callejeros aseguran que el buen sexo no huele a rosas, sino que apesta, mientras que Sartre creía que inhalar el aroma del cuerpo del amante era la mejor manera de fusionarse con él o ella, a través de su más secreta sustancia.

En fin, en el etéreo campo de la poesía, las relaciones entre olfato y sexo son una cuestión resuelta por la magia y la metafísica, mientras que para disciplinas científicas como la química, la genética, la biología, la sicología y la sexología constituyen todavía un misterio y no por falta de investigación. Todas estas disciplinas han producido múltiples estudios al respecto, pero ninguno ha logrado ser tan contundente como los que ya han demostrado que el amor a primera vista existe. Para entender porque no es tan fácil confirmar una teoría del “amor al primer olfateo”, hay que recordar que el sentido que reposa en la nariz es uno de los más complejos del cuerpo humano. Mientras que en la recepción de la luz actúan 300 genes, en la percepción de los olores actúan mil, cuyos secretos apenas empiezan a develarse.

El caso es que el olor corporal es poderosamente erótico y ello podría tener una comprobación indirecta en el hecho de que aquellos que sufren de falta de olfato o anosmia, se quejan también de carencia de líbido. El olor sería tan clave en el amor y el sexo, que se cree también que la costumbre moderna del baño diario es en parte la culpable de que haya tanta gente sin pareja y tantos divorcios: con el agua y el jabón se van las impurezas, pero también esos aromas naturales de los cuales dependen la atracción y la ligazón afectiva.

Tales emanaciones corporales que encienden la pasión, según sus defensores, se llaman feromonas, sustancias activas que al ser liberadas por un individuo tienen la capacidad de generar respuestas sicológicas o de comportamiento en otro de su misma especie, de acuerdo con el doctor Charles Wysocki, del Monell Chemical Senses Center, de Estados Unidos. Se descubrieron hace medio siglo y su presencia está perfectamente documentada en los animales. Los ratones machos, por ejemplo, según un estudio de la Universidad de Indiana, secretan una feromona que atrae a las hembras y repele a sus congéneres. Pero en la fauna, estas sustancias no sólo contribuyen a la reproducción, sino también a la supervivencia.

El mismo estudio observó que las ratas producen una feromona con la cual le indican a sus crías qué es comestible y qué es venenoso. Además, la inteligencia de las flores de la que habló bellamente el literato Maurice Maeterlinck, también es cuestión de feromonas, pues con ellas atraen a las abejas para que faciliten su polinización.

De todo ello se tuvo noticia por primera vez hace 50 años y en 1971 empezó a tomar fuerza la creencia de que las feromonas también rigen los ímpetus sexuales de los seres humanos. En ese año, la investigadora Martha Clintock, de la Universidad de Chicago, concluyó que los ciclos menstruales de las mujeres que viven o trabajan juntas tienden a homologarse, al parecer debido a la interacción de sus feromonas.

Desde entonces, se abrió paso un campo tan fascinante de acción que hoy las supuestas feromonas humanas, aisladas o sintetizadas en laboratorios, se venden en forma de perfumes, velas aromáticas y otros productos, cuyos fabricantes aseguran que vuelven irresistible al que los usa. Pero si las feromonas en hombres y mujeres existen, la verdad es que no hay que comprarlas, porque de acuerdo con varios estudios el cuerpo las produce de manera generosa y con una eficacia desconcertante.

En especial, se ha estudiado cómo actúan sobre la mujer las feromonas masculinas producidas por las glándulas apocrinas, ubicadas en la axila. De allí se liberan a través del sudor, el cual, pese a su mala fama, sería el responsable de tantas dichas femeninas. En primer lugar, estas sustancias, a base de la hormona testosterona, despiertan en la mujer el magnetismo hacia el varón, bajo criterios en los que nada tienen que ver ni el monto de su cuenta bancaria ni su parecido con Johnny Depp. Se trata de razones que datan del tiempo de la humanidad primitiva, cuando las mujeres se sentían cautivadas por hombres sanos, que no fueran de su núcleo familiar (padres o hermanos), pero con características genéticas similares a las suyas, para asegurar una buena prole y la supervivencia.

Toda esa información, al parecer, viene resumida en las feromonas, pero esa no es su única bondad. Aunque a muchas de ellas les cueste reconocerlo, los hombres son buenos para la salud de las mujeres, en la medida en que sus feromonas mejoran su fertilidad, estabilizan sus ciclos menstruales y aligeran los síntomas de la menopausia. Así lo concluyen los estudios de especialistas como la bióloga y endocrinóloga Winifred Cutler, una de las más destacadas investigadoras sobre estas sustancias, que dejan claro por qué se dice que, definitivamente, la atracción entre un hombre y una mujer es cuestión de química.

Pero el buen funcionamiento de esa química no depende de aguzar de manera forzada el olfato, ni de tratar de rastrear palmo a palmo el olor de la persona que se pretende o se ama. Lo misterioso del mundo de las feromonas es que su olor no se experimenta de manera consciente. Como lo explica Cutler, el ser humano cuenta en la nariz con el órgano vomeronasal, que es el único capaz de percibir las sutiles estimulaciones de estos extractos. De allí el olor viaja a la región límbica del cerebro, la llamada silla de las emociones, responsable de los deseos sexuales.

Sin embargo, los escépticos de las feromonas insisten en que el órgano vomeronasal se atrofió en el hombre hace millones de años, argumento que de todas formas no desanima a todo un ejército de científicos que pronto espera demostrar que, contrario a lo que se cree, en cuestión de amores lo que prima no es lo que se ve, sino lo que huele.

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