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El fantasma de la virginidad

Revista Fucsia

El fantasma de la virginidad virginidad

Ahora que el mundo vuelve a celebrar el nacimiento de Cristo de una virgen, resulta propicio hablar del misterioso tabú de la castidad femenina.

 
“Un recién casado turco disparó a su esposa en su noche de bodas y luego trató de suicidarse, tras dejar una nota en la que acusaba a su mujer de no ser virgen”. La noticia es de junio pasado y registra tan sólo uno más de los frecuentes ‘asesinatos de virginidad’ que se comenten en el ámbito del islamismo fundamentalista, para el cual no llegar virgen al matrimonio significa una vergüenza, para la mujer y su familia, que sólo se paga con la muerte. Pero tal exigencia no sigue siendo exclusiva de las culturas del Medio Oriente. Por los días del crimen turco, Francia, cuna de los derechos humanos y las vanguardias, era escenario de una agria polémica jurídica, luego de que un juez favoreció a un marido que pidió el divorcio porque en la noche de bodas descubrió que su esposa no conservaba su virginidad. La decisión fue tildada de discriminatoria por sus críticos, dado que no se puede probar que un hombre miente sobre su castidad. Además, adujeron que el hecho supone una “inaceptable regresión del derecho y de la dignidad de la mujer”.

Pese a esos justificados argumentos, el tabú del himen intacto sigue siendo poderoso, al punto de que Raffaella Fico, una modelo italiana de 20 años, también fue noticia este año cuando ofreció su virginidad por la friolera de un millón de euros, más de tres mil millones de pesos. La virginidad está tan cotizada, que hasta la de los hombres, que ayer sólo causó indiferencia, hoy también se ofrece como un caro bocado sexual. Para la muestra, la reciente noticia de que la castidad de los hermanos Jonas, un famoso trío de jóvenes cantantes que han publicitado su deseo de llegar vírgenes al matrimonio, está en venta por 10 mil dólares.

¿Y no se suponía que la revolución sexual, con el auge de los anticonceptivos y espíritu de libertad, le había rebajado el estatus a esa condición que por años coartó el disfrute sexual de las mujeres? En buena medida sí. Para no ir muy lejos, la Colombia de hoy se escandaliza con la edad cada vez más temprana con que los y las adolescentes inician su vida sexual, sin casarse, antes de los 15 años. En nuestro medio, en general, la virginidad después de cierta edad es considerada una señal de inmadurez y hace años se extinguieron las novias que llegaban ‘intactas’ al altar, un prejuicio que ahora suena a chiste flojo.

La medicina, por su parte, ha revelado la verdad acerca del himen de la mujer, esa membrana que cubre la entrada de la vagina y que es la fuente del mito. En condiciones normales, esta telilla se rompe en la primera relación sexual con penetración, pero su rasgadura también puede darse por accidentes, ciertos ejercicios e incluso de manera espontánea. El grosor y elasticidad del himen varía en cada mujer, de manera que los hay tan frágiles como para romperse solos o tan resistentes como para permanecer incólumes tras el primer coito y los partos, caso que se conoce como ‘himen complaciente’.
Aun así, la integridad del himen sigue siendo objeto de culto, al punto de que en el execrable negocio de la trata de mujeres, las vírgenes son las más caras. Y son cada vez más las que acuden a su reconstrucción en el quirófano para que sus futuros esposos no las rechacen o por cumplir la fantasía de una segunda pérdida de la virginidad. El poder del himen incorrupto, valga decirlo, es tan grande que el cristianismo adora a un Mesías que nació de una virgen, María, un acontecimiento que justamente se celebra por estas Navidades. Por esa condición de pureza de su cuerpo, la madre de Jesucristo es el centro de una gran devoción por parte de millones de fieles católicos en todo el mundo.
Sin embargo, esta latente obsesión por el estado virginal no tiene mucho que ver con imitar a María, sino con rasgos universales de la naturaleza humana que han permanecido grabados en la especie, pese a los drásticos cambios que se han operado con los siglos. Como lo explica el doctor Gilbert Tordjman, ex presidente de la Asociación Mundial de Sexología y conocido como el ‘Papa del sexo’, el hombre siempre tuvo la preocupación de canalizar su impulso sexual, para mantener a la sociedad a salvo de sus propios instintos violentos. Ya desde las rudimentarias primeras civilizaciones, las prohibiciones religiosas y familiares, dice el especialista, surgieron como la respuesta para controlar el desenfreno y la preservación de la virginidad de las mujeres fue una herramienta perfecta para mantener el orden, la continuidad de las razas y la supremacía del hombre. Pero para darle peso a esta regla, había que revestir a la virginidad de un halo mágico y emparentarlo con esa obsesión de pureza que en mayor o menor medida siempre ha afectado al ser humano. En la Grecia clásica, el papel protagónico de las vírgenes como medios para agradar o apaciguar la furia de los dioses, es legendario. Hoy no cabe duda de la sangrienta costumbre de sacrificar muchachas puras en los templos o en ocasiones siniestras. La más conocida de estas vírgenes ofrecidas a una deidad es Ifigenia, hija del rey Agamenón, quien tuvo que ofrecérsela a la diosa Artemisa para que desatara los vientos que necesitaba para que sus navíos partieran a batallar a Troya.
Pero, en la vida real, el punto álgido de la virginidad ha sido siempre con quién, cómo y cuándo se pierde, así como los terribles castigos que por siglos se impusieron a quienes infringieran esas leyes. En la antigua Roma, por ejemplo, los padres comprometían a sus hijas desde niñas y vigilaban con celo que llegaran puras al lecho de sus maridos, a quienes muchas veces no conocían hasta esa primera noche. La virginidad era tan importante en el matrimonio, que si una hija ya prometida era abusada antes de la boda por otro hombre, su padre no sólo mataba al agresor, sino también a ella, porque ya resultaba imposible entregarla a una familia respetuosa de las tradiciones. Y en caso de que otro hombre quisiera obviar su violación y casarse con ella, la pareja estaba obligada a vivir fuera de la ciudad.

Con la extensión del cristianismo la sobrevaloración de la virginidad, con el ejemplo de María, se hizo más rotunda. En la Edad Media ser virgen era más importante que ser esposa o madre, y se implantó la creencia de que la felicidad de los amantes se paga con un implacable sentimiento de culpa. “Durante siglos —dice Tordjman—, esa moral que planteaba la castidad como virtud iba a obligar a millones de seres a vivir odiándose a sí mismos, a enquistar su semilla sexual en una roca estéril de vergüenza, asco y neurosis colectiva”. Todo eso cambió con el auge de la información, la anticoncepción eficaz y los estudios sexológicos que han contribuido a renovar las costumbres. Desde la revolución sexual de los años 60, cualquiera puede acostarse con quien le plazca, sin temer ningún reclamo de la sociedad, siempre y cuando compre, trabaje y produzca mucho. Pero, ¿significa eso una total liberación de los prejuicios del pasado? Para el ‘Papa del sexo’ la respuesta es no, debido a que el inconsciente colectivo reproduce sus huellas. Así, de sur a norte y de este a oeste, concluye Todjman, “la virgen desencadena un fantasma de pánico. La virgen, venenosa por su sexo, el mal constantemente agazapado bajo la inocencia, continúan obsesionando al espíritu del hombre”. Y es esa la explicación de los ‘asesinatos de virginidad’, los clubes antisexo premarital, las ventas de castidad y las reconstrucciones del himen que hoy tienen patas arriba a la tan cacareada apertura sexual.

Cuando la virginidad no importa
Pese a que es la norma general en gran número de culturas, no siempre la virginidad es una condición sine qua non para el matrimonio, lo cual demuestra lo relativo de su valor:
= Antes de casarse, las mujeres coniagui de Senegal tienen derecho a tener un amante en cada pueblo (su nación consta de 80) y a dormir fuera de la casa de su familia dos noches cada 15 días.

= En la nación gouin de Burkina Fasso, también en África, la muchacha soltera debe demostrar que es fértil antes de casarse con su prometido. Para eso, debe escoger un muchacho de su gusto y tener uno o dos hijos con él, tras lo cual podrá entonces ser recibida en casa de su esposo.

= Los kraho de Brasil creen que la primera menstruación es fruto de la primera relación sexual, de manera que sus adolescentes son desfloradas a temprana edad para poder casarse y tener hijos.
 

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