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Esa mujer AFP

De Wallis Simpson se ha dicho de todo, pero aún queda más. Mientras que un reciente libro cuenta que era hermafrodita y coqueteaba con homosexuales, la nueva película de Madonna la muestra como una víctima de las circunstancias.

A lo largo de la historia, desde que fuera en 1936 la responsable de la abdicación de Eduardo VIII, Rey de Inglaterra, Wallis Simpson se ha hecho acreedora a un sinnúmero de títulos: “arpía aprovechada”, “trepadora y arribista”, “ramera yankee” y hasta un simple, pero peyorativo “esa mujer”, otorgado por la Reina Madre. De hecho, la mamá de la actual monarca solía llamarla “lo más bajo de lo bajo”. El único calificativo que nunca recibió, pese a ser parte de la nobleza, fue el famoso Su Alteza Real. Han pasado 75 años desde que un rey renunció “por amor”, aunque eso del amor se ha ido desvirtuando, y más de 25 desde que la plebeya americana divorciada murió.

Sin embargo, como si el tiempo se hubiera detenido, los chismes en torno a ella siguen circulando y por estos días despierta tanta fascinación como en su época. Prueba de ello es que en los últimos meses ha habido en su honor una obra de teatro hecha en Londres, titulada ‘The Last of the Duchess’, la novela Abdication, un libro titulado That Woman: The Life of Wallis Simpson, Duchess of Windsor, y, como si fuera poco, una película dirigida por Madonna, W.E. Lo novedoso es que, de alguna manera, varias de estas producciones tratan en parte de limpiar su nombre y no dejarla tan mal parada.

A simple vista, esa no parece ser la intención de la escritora británica Anne Sebba. En That Woman, la autora presenta a una Wallis Simpson obsesionada por su apariencia y por tener más. El libro recuerda su famoso mantra: “Nunca se es demasiado rica, o demasiado flaca”, y cuenta anécdotas que revelan su personalidad fantoche. En 1946, en su primer viaje a Inglaterra junto a su esposo, el ex Rey, unos ladrones entraron a la casa donde se hospedaban y le robaron un lujoso prendedor en forma de ave cuyo plumaje estaba hecho de zafiros y diamantes. La joya, diseñada por Cartier, había sido un regalo de su marido y le habría costado más de 80 mil dólares en los austeros tiempos de la posguerra. Aunque la pareja intentó mantener un bajo perfil, la presencia de la policía alertó a los medios, que no se interesaron tanto por el robo como por el valor de la prenda. Para completar el panorama, cuentan que solía usar una pulsera decorada con una minilibreta de oro en la que anotaba instrucciones para no olvidar.

En otra oportunidad, durante un encuentro con un editor, mostró su necesidad de figurar: “¿Puedes decirme quién es el agente publicitario de Marilyn Monroe? Antes yo tenía a todos los medios alrededor de mí y solía ocupar las primeras páginas. Pero ahora veo que esa Monroe es… pues, es alguien que me está sacando de la escena”. Dicen, además, que en su afán por lucir joven y bella se hizo tantos estiramientos en la cara que difícilmente podía cerrar los ojos, ni siquiera para dormir.

A pesar de estos detalles, en cierta manera Sebba la disculpa y asegura que la Duquesa de Windsor fue víctima de su crianza y entorno. Bessie Wallis Warfield nació en Baltimore en 1896 y al poco tiempo murió su padre, quien era un reconocido comerciante. Al quedar viuda y en dificultades, su mamá buscó apoyo económico en el hermano de su difunto esposo, y prácticamente vivieron de su caridad en su casa. Wallis recordaba las limitaciones de su infancia como lo peor que le había podido pasar. Por eso, interiorizó muy bien la lección de su mamá: ella tendría que depender de un hombre para su seguridad, de manera que debía casarse con alguien con mucho dinero, que le diera prestigio y una posición.

Quizá debido a eso también se sintió orgullosa de casarse antes de los 20 años con el teniente Winfield Spencer Jr. Pero el marido le salió borracho y violento al extremo, algo que también descubrieron sus otras tres esposas, que lo dejaron por su conducta abusiva. Para huir de su desencanto, la joven se habría ido a China, donde, según algunas biografías, habría gozado de su independencia y aprendido de prostitutas asiáticas técnicas orientales para satisfacer a los hombres.

De ser cierto, su víctima habría sido Ernest Simpson, el propietario de una empresa naviera, de origen judío, casado y con un hijo. Se conocieron jugando bridge y desde el primer momento empezaron las invitaciones a almorzar, a cenar y a visitar exhibiciones de arte. Se casaron en 1928. Wallis siempre se defendió de las acusaciones de que era una robamaridos, asegurando que cuando conoció a Ernest su matrimonio ya se había ido a pique. Esa versión nunca fue apoyada por la exmujer del empresario.

Y fue por intermedio del segundo esposo que conoció al que sería el próximo y último, porque, como dicen, “a la tercera va la vencida”. A pesar de ser norteamericano, Ernest sentía una gran fascinación por la monarquía británica y empezó a frecuentar con su esposa fiestas en las que coincidían con el entonces príncipe heredero de Gales. En 1931, la encargada de presentar a Wallis al futuro rey fue la amante de este, Thelma Furness. Lo curioso es que ella también era casada, pero como su esposo estaba de viaje, la etiqueta decía que una mujer sola en un paseo necesitaba tener a una pareja casada de chaperones y le pidió a los Simpson que le hicieran ese favor.

Nadie sabe a ciencia cierta qué le vio el Príncipe a esta mujer divorciada, casada nuevamente, que se acercaba a los 40 y que además no era nada atractiva. Unos dicen que su gracia natural, otros que sus secretos orientales. Sebba explica que el verdadero responsable de toda esta historia fue el heredero: un hombre inmaduro, “un adolescente depresivo, preocupantemente inseguro”, que se encaprichó con Wallis, quien a su vez se deslumbró por el glamour y la opulencia de la monarquía. Ambos habrían aprovechado las constantes ausencias de Ernest para dar rienda suelta a su romance. “Creo que el Príncipe se divierte conmigo, soy como una comedia que lo alivia, nos gusta bailar juntos, pero siempre aparece Ernest merodeando, así que todo es seguro”, le escribió Wallis a su familia en Estados Unidos.

Pero lo que para ella era un juego se convirtió en obsesión para el futuro rey. Sebba, quien tuvo acceso a cartas privadas, cuenta en su libro que Wallis no tenía intención de acabar con su matrimonio, que no estaba interesada en casarse con su amante, y mucho menos se le pasó por la cabeza que Eduardo VIII abdicara al trono. La autora revela que en el fondo él no quería ser rey, no estaba dispuesto a asumir sus responsabilidades y lo dejó todo para seguirla a ella. “Ciertas células en su cerebro nunca crecieron”, confirma una de las fuentes del texto refiriéndose al Duque.

Según el libro, esta historia nunca mereció el título de romance del siglo XX. Relata que en realidad Wallis nunca se enamoró de su tercer marido e insinúa que seguía sintiendo algo por el segundo, por las dulces cartas que le escribía, incluso burlándose del Duque, de su “personalidad petulante”, por lo que lo bautizó ”Peter Pan”.

Por su parte, Madonna trata también en su nueva película de liberar a Wallis de toda la responsabilidad: “Ella fue una de las mujeres más injustamente vilipendiadas del siglo XX. Estaba atrapada como un animal, muy frágil y con mucho temor. Hizo lo mejor que pudo”. La directora del filme se refiere a que Wallis intentó poner fin a su relación antes de que el Rey renunciara al reino, pero luego no hubo marcha atrás. Como si fuera poco, el monarca habría amenazado con suicidarse si ella lo dejaba.

La Familia Real le quitó todo su apoyo al Duque. No solo había decidido casarse con una mujer americana, doblemente divorciada, sino que, por su edad, difícilmente tendría herederos. Pero mientras unos la maldecían, hay quienes hasta hoy aseguran que Wallis salvó a Inglaterra porque evitó que un pelele gobernara el país y especulan que muy seguramente hubiera sido un títere de los nazis, pues ambos simpatizaban con Hitler.

Luego de la abdicación, su vida en pareja se forjó en el exilio, entre París y Nueva York. Ambos insistían en gastar más de lo que podían y, aunque el Duque complacía los caprichos de su mujer, les contó a amigos cercanos que en su aburrida vida se limitaba a ir de compras con ella y a oírle sus cuentos de cómo se iba a peinar o a vestir para una cena. Y así, mientras la Familia Real la culpaba de la prematura muerte del rey George VI, en 1952, pues decían que no había resistido la carga de gobernar que no le correspondía por orden natural, ella le insistía a su esposo que convenciera a su sobrina, la nueva reina (o “Shirley Temple”, como ella la llamaba), para que les diera un subsidio y así poder darse más gusto y transformar sus residencias en palacios reales.

El libro de Sebba toca otro punto polémico: la sexualidad de la Duquesa. Ahonda en el rumor de que ella habría nacido con un desorden conocido como intersexualidad con genitales ambiguos. Se especula que por eso nunca tuvo hijos y hay biógrafos que afirman que nunca tuvo relaciones sexuales con sus primeros maridos. Del Duque se ha llegado a decir que tenía problemas de erección y que ella lo sedujo porque sabía cómo complacerlo. Ese problema físico le habría dado a Wallis unos rasgos masculinos, causando en ella la necesidad de ser extremadamente flaca para mantener una figura esbelta y más femenina. Lo que más despierta suspicacia es la estrecha relación que Wallis llegó a tener con Jimmy Donahue, un millonario homosexual con el que solía coquetear en público. Y es que al parecer estaba tan harta de su marido, que poco le importaba dejarlo en ridículo e incluso lo callaba en las reuniones con amigos o conocidos.

Seguramente el tema Wallis Simpson dará para más películas, novelas y libros, porque aunque existan opiniones divididas sobre si fue la mala del paseo, si fue una víctima o liberó a Inglaterra de un mal rey, lo único que no puede ponerse en entredicho es que cambió el curso de la historia.

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