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Islas Galápagos. Tras los pasos de Darwin

Revista Fucsia

Islas Galápagos. Tras los pasos de Darwin Fotos: María Cristina Lamus/11

La naturaleza y la fauna excepcionales de estas islas no dejan duda de que es uno de los paraísos que aún quedan en el mundo.

Tan sólo dos semanas en tierra, entre el 15 y el 30 de septiembre de 1835, lapso suficiente para que su piel se ardiera bajo el sol penetrante del equinoccio, que golpea como un hierro candente la negra lava de las Islas Galápagos, días que él mismo señaló como “increíblemente calientes”, le valieron a Charles Darwin, en ese momento un joven de 26 años, un acervo de observaciones y conocimientos tal, que formaría parte fundamental de El origen de las especies (1859), un libro que develó para el mundo la sorprendente vida animal que palpita no solo en este, uno de los más bellos parajes de la Tierra, sino en varios puntos del océano Pacífico que Darwin recorrió en el ‘Beagle’, un barco al mando del capitán Robert Fitzroy, en una larga expedición que duró cinco años.

En efecto, el naturalista británico estuvo solamente unos días allí, pero es como si su transpiración se hubiera convertido en un torrente de ideas que inundaron su mente y legaron a la posteridad la teoría de la evolución de las especies a partir de la selección natural. Y aunque su argumentación se basa en nociones extraídas de algunas disciplinas científicas de la época, sus observaciones desempeñaron un papel importante en la elaboración de un modelo propio de los mecanismos de transformación de los animales. Hoy, casi dos siglos después, el asombro y una obligada reverencia acompañaron nuestra navegación por las Islas, situadas a 1.000 Km. de las costas de Ecuador, para observar las especies que, a contrapelo de la ‘civilización’, permanecen en su primitivo hábitat obteniendo de su entorno únicamente el alimento que necesitan para sobrevivir y ofreciéndonos a nosotros, los humanos, la lección de su naturaleza apacible e inocente.

A bordo
Después de un vuelo de hora y 40 minutos desde Quito hasta la isla San Cristóbal, partimos del muelle para embarcarnos en la Motonave Santa Cruz. Un león marino que descansaba sobre el deck de madera se encargó de hacernos los minutos de espera más amables, lo mismo que sus compañeros de grupo, que acompañaron con su presencia nuestro abordaje de las lanchas que nos llevarían hasta el barco.

La Motonave Santa Cruz, de la compañía Metropolitan Touring de Quito, lleva más de veinte años de travesía. Personalmente, había estado hace exactamente dos décadas a bordo de esta embarcación y me resultaba familiar.

Esta vez, por fortuna, visitamos algunas islas diferentes a las que conocí en esa ocasión, cuando solo se permitía la visita de 40 mil personas al año y había muy pocas de éstas abiertas al turismo. Hoy pueden llegar hasta sus parajes desolados 69 mil visitantes anuales, hay más de 50 sitios terrestres que se pueden visitar y otros tantos marinos, pero bajo medidas de conservación que cumplen celosamente las autoridades del Parque Nacional Galápagos, creado por el Gobierno ecuatoriano en 1959.

Tras los pasos de Darwin
El primer acercamiento de esa tarde nos llevó en pequeñas lanchas a una playa cercana, Cerro Brujo. Mientras navegábamos, contemplamos sobre las aguas grisáceas un cono de toba o ceniza compactada llamado León Dormido. Lo espléndido del paisaje nos hizo echar atrás 176 años para imaginarnos a Darwin descendiendo del ‘Beagle’ con la sensación de mareo que lo acompañó todo el tiempo mientras navegaba. Pero, consciente de estar tocando uno de los lugares más hermosos de la Tierra, no ocultaba su asombro al descubrir la superficie de aspecto lunar que describiría en varios de sus escritos: “29 de septiembre: doblamos la extremidad suroccidental de la isla Albemarle (Isabela), y al siguiente día estaba calmado entre esta y la Isla Narborough (Fernandina). Las dos están cubiertas por inmensos diluvios de lava negra que han fluido desde los bordes de las enormes calderas, como cuando una olla desborda su contenido cuando este hierve o ha salido expulsado desde pequeños orificios en los flancos, y en su descenso se ha esparcido por millas sobre la costa marítima”.

Inútil tratar de describir tan fielmente como Darwin esta naturaleza desprovista que, a pesar de que no muestra la menor intención de acoger (él la describió como “miserablemente estéril”), sirve justamente de abrigo a varias especies de aves, lagartos, otros reptiles y mamíferos que han encontrado en sus rugosos pliegues un buen lugar para vivir. Causa perplejidad ver a los animales conviviendo en un medio aparentemente inhóspito, al que se han adaptado mediante la selección natural, es decir, buscando la manera de sobrevivir al clima, la topografía y las condiciones propias del entorno.

Los pinzones, una de las especies menos llamativas, no solo por su modesto tamaño, sino por la ausencia de colorido, fueron coleccionados por Darwin especialmente en la isla de San Cristóbal y lo llevaron a concluir más adelante, con la ayuda del ornitólogo John Gould, que las 14 especies que habitan en las Galápagos se habían transformado a partir de una semejante, llegada del continente, y lo habían hecho en función de los problemas hallados, de allí su fisonomía y hábitos diferentes en la superficie insular. La acotación de nuestra jefa de expedición, Vanesa Gallo, de que la evolución de los pinzones aún continúa, confirma teorías que se desarrollaron anteriormente y de manera simultánea a las de Darwin.

Pues ya en 1813, tres médicos británicos habían rechazado la idea de la herencia de los caracteres adquiridos. Dos de ellos, Prichard y Wells, no eran muy conocidos, pero el tercero, William Lawrence, provocó un escándalo en la Inglaterra puritana con la teoría vertida en su libro, Lectures of Physiology, Zoology and Natural History of Man (1819), de que todas las razas humanas provienen de mutaciones del mismo tipo de las que se dan en las camadas de conejos. Su afirmación de que las crías pueden mejorar o arruinar la raza, se acompañaba del incisivo comentario de que las familias reales podían constituir un buen ejemplo de ello.

Charles Darwin
describió algunos reptiles: “Las rocas en la costa (en Fernandina)estaban invadidas de grandes iguanas negras, de entre 3 y 4 pies de largo, y en las montañas, una especie similar, fea, de color café-amarillento, era muy común”.

Lo fascinante de las Galápagos es que sobre el terreno el viajero puede constatar el concepto de la selección natural que se evidencia en especies que llaman la atención por su colorido y hábitos de supervivencia. Las iguanas marinas son excelentes nadadoras porque el alga más sápida está a cinco metros de profundidad, y pueden permanecer bajo el agua durante 15 minutos, incluso más tiempo los machos, en busca de alimento. El piquero de patas azules sufrió una mutación que hizo que sus extremidades adquirieran ese color, a partir de esta singularidad atrajo a la hembra y estas se volvieron más azules de manera progresiva.

Después de recorrer por carretera una parte de la isla de Santa Cruz, en la que el verdor aparece como algo inédito frente al paisaje que habíamos visto durante los últimos cinco días, en la Estación Científica Charles Darwin nos esperaban las tortugas gigantes de Galápagos. Ejemplares como Diego, que a sus 120 años sigue dando vástagos tipo montura, o como George, al que ni científicos, ni experimentos, ni unas atractivas tortugas, llamadas Georgina y Georgette, han disuadido de su empecinada decisión de no reproducirse, nos obligan a dar marcha atrás y buscar en la lentitud con la que las especies que habitan las Galápagos han mutado, las plausibles teorías de Darwin acerca de la selección natural.

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